En 6º el de Filosofía -César Rodríguez Docampo- nos enseñó no solo los silogismos que tenían que ver con Sócrates y la mortalidad de los seres humanos, sino el porqué de esa muerte para la libertad de expresión. Y este mismo profesor que, luego, sería alcalde de Campillos, nos puso como libro de texto en Preu la Historia de la Filosofía de Laín Entralgo y Julián Marías. ¿Cómo no le voy a reconocer a este Maestro, y excelente escritor, mi propia vocación? Recuerdo nítidamente tres clases. 1) Sócrates y la duda: "déjame que lo piense"; 2) el existencialismo francés a través del cine italiano de la época, y 3) y, sobre todo, que, según Zaratrusta, ypor boca de Nietzsche, Dios había muerto (1967).
Julio Quesada Martín. Campillos:Esparta y Atenas. Diario Sur, 2.Agosto. 2021.
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Colegio San José (Campillos). Alumnos de Griego de D. César Rodríguez Docampo. COU 1964-65.
CLASE DE GRIEGO EN EL COLEGIO SAN JOSÉ
Al cabo de los años…
Hablando de empresas de capital no fungible y
asalariados no podemos olvidar al “buque insignia” de Campillos en aquellos
momentos. Me refiero al “Colegio San José” y sus “argonautas”, los hermanos Macías.
Sí, he dicho argonautas (según la mitología griega, fueron aquellos héroes que
capitaneados por Jasón, se embarcaron en la nave Argos, en busca del vellocino
de oro).
El colegio
San José publicitó a Campillos en toda España y parte del extranjero. Creó
riqueza, originó puestos de trabajo y, lo más importante, propició que los
hijos de las clases menos pudientes pudiesen cursar una Enseñanza Media de alto
nivel, sin salir del pueblo ni costarles nada.
Muy lejos, a
cientos y cientos de kilómetros de Campillos, el Colegio tenía su leyenda: Que
si era un correccional; que si había una
hoja de castigos y se repartían en vez en cuando bofetones. Pero acontecía que
muchos padres eran eso precisamente lo que ellos buscaban.
Por aquel entonces la Enseñanza Media consistía en
un bachillerato de seis años con dos Reválidas más el Preuniversitario con otra
prueba para ingresar en la Universidad, prueba bastante más dura y exigente que
las actuales pruebas de selectividad.
Eran otros tiempos de más seriedad y responsabilidad
en la enseñanza. Cómo he dicho, para aprobar el Bachillerato superior era
necesario superar dos reválidas con un nivel de exigencia muy fuerte, especialmente
en asignaturas como el latín y las matemáticas, que se hacían difíciles de
aprobar.
Ahora bien, unos padres quieren que sus hijos
superen todos los escollos y vayan preparados a la Universidad, y entonces, por lógica, buscan un nivel de
exigencia, no coladeros. Los padres saben bien que a sus hijos el día de mañana
les espera una sociedad muy competitiva, donde, el que se quede atrás, es
comido por los lobos. Entonces, esos padres que buscan lo mejor para sus hijos
se preguntan: ¿ Dónde se trabaja ? ¿ Dónde exigen? ¿Dónde hay que esforzarse?
¿Dónde te zurran sino rindes? ¿En Campillos? ¡ Pues venga Campillos! (…). En
aquellos tiempos, además, en todos los pórticos de los centros de enseñanza,
más o menos explícito, existía un lema que decía: “La letra con sangre entra”. Y
yo pienso que, sin este espíritu de trabajo y sacrificio, los más grandes
edificios y logros de la cultura humana serían inconcebibles.
El Colegio San José de Campillos, en las décadas de
los sesenta y setenta, llegó a ser uno de los colegios de más prestigio en todo
el suelo español. Hablo con las tablas de la Ley Oferta-Demanda en las manos.
Con 2.500 alumnos internos procedentes de todas las partes de España: de
Andalucía, Valencia, Madrid, Cataluña, Castilla La Mancha, Extremadura,
Salamanca, etc.
Un 60% de las mejores familias de Madrid hacia abajo
solicitaban plaza en el Colegio San José de Campillos. Si para ellos Campillos
entonces era lo mejor, es que era lo mejor para ellos, y eso habrá que
admitirlo, sin desdeñar otra forma de enseñanza.
La serie de debates La Clave, que en TVE dirigía y
moderaba José Luis Balbín, dedicó uno de sus programas al Colegio San José de Campillos.
Este hecho, en cuanto a fenómeno sociológico ya en sí significa un
reconocimiento a nivel nacional. Casi todos los ministros de Franco, por
aquella época, tuvieron a alguno de sus hijos estudiando en Campillos. La
aristocracia de Málaga, Sevilla, Granada, Córdoba, Jaén, Madrid, etc. enviaba a
sus hijos a Campillos. En Campillos estudió Manuel de Braganza Orleáns, primo
de nuestro Rey; Manuel Marín, Presidente del Congreso de Diputados; el
periodista y presentador de TVE, y ahora Antena 3, Matías Prat, hijo; los hijos
de Solís; de Girón de Velasco, de León Herrera y Esteban (Carlos Herrera Santamaría).
Las mejores familias de Jerez tuvieron a sus hijos en Campillos: Los Valdespino,
Guerrero Pemán, Antonio y Gabriel Seijo Navarro, Bertín Osborne, así como su
primo Pablo Pérez de Guzmán Osborne, descendiente de Guzmán El Bueno y diez
veces más adinerado y aristócrata que Bertín. En el Colegio San José de Campillos
estudió Mizzian Amur, hijo del General Mohamed Ben Mizziam, el general moro de Franco que fue Capitán General
en La Coruña, después en Las Canarias, y
luego con Hassan II cuando la independencia de Marruecos.
En Campillos estudió Joaquín Fernández-Crehuet Navajas,
hoy catedrático de Medicina Preventiva e Historia de la ciencia en la Universidad
de Málaga; Emilio Calatayud, Juez Magistrado
en Granada; Julio Quesada Martín, catedrático de Metafísica de la Universidad
Autónoma de Madrid, y los hijos de la aristocracia andaluza y militar de media
España. Bastaba con pararse unos instantes la entrada del colegio los sábados
por la tarde: un sin fin impresionante de coches de lujo, coches militares con
banderines y matrículas del Ejército de Tierra (ET) y FN (Fuerzas Navales).
Estudiar en
campillos era un lujo caro, incluso para conseguir plaza muchas veces se
precisaban buenas recomendaciones. Aquello de que los padres enviaban a sus
hijos como castigo para que los enderezasen, tenía bastante de mito. Yo tuve
mis clases muchísimos alumnos, extraordinarios alumnos en educación, conducta y
saber. De todas partes, desde Algeciras hasta Salamanca y Valladolid. Y me
consta que, muchas veces, eran los alumnos quienes solicitaban estudiar en Campillos
conscientes de que allí se formarían mejor para triunfar después. Recuerdo dos
casos entre otros muchos: José María Valderrama Vega, hijo de Juanito Valderrama
y actualmente secretario del Ayuntamiento de Torre del Campo (Jaén), porque su
padre andaba siempre por esos otros mundos sin frenos en las ruedas, a su
antojo, cual si fuera “El Emigrante” de su canción, su hijo José María -así me
lo dijo él- solicitó ir a Campillos, casi contra la voluntad de su padre, y
después de treinta y tantos años guarda los mejores recuerdos del centro, del
profesorado y compañeros.
Carlos
Herrera Santa María, hijo de D. León Herrera y Esteban, General Jurídico Militar
del Ejército del Aire, entonces Director General de Empresas y Actividades Turísticas
con Manuel Fraga, después Director General de Correos y Ministro de Información
a la muerte de Franco, es otra muestra de un alumno que, pudiendo estudiar en los
mejores centros de Madrid, él mismo solicitó en casa que lo enviasen al Colegio
San José de Campillos. Carlos Herrera tiene un hermano gemelo que se llama León
y que por aquel entonces lo superaba académicamente; y entonces Carlos, para no
quedarse atrás, él mismo le dijo a sus padres que lo mandasen a Campillos. Carlos
Herrera Santamaría hizo Derecho, trabajó como jurista del BBV y acaba de
jubilarse muy joven, como es común en la Banca. Dice tener recuerdos entrañables
del Colegio San José. No comparte la idea de que el colegio fuese un
correccional. Afirma que en Campillos sí pasó algo de frío, pero que allí le
enseñaron a estudiar y que, si volviese a revivir, volvería a Campillos.
Se cuenta que
una vez se acercó un padre a Campillos para ver a su hijo un sábado por la
tarde. El hijo estaba castigado por culpa de uno o dos suspensos. En el colegio
San José de Campillos, las notas eran semanales. Pues bien, cuando ese padre
llegó al colegio, saludó a don José y solicitó ver a su hijo, el director le
dijo que no podía ser.
-
¿Cómo?
¿Que yo no puedo ver a mi hijo?.
-
No, y lo siento -le respondió el Director-. Su
hijo está castigado porque tiene dos suspensos.
Aquel padre se fue algo disgustado. Por el camino
hacia su casa, los fue pensando más despacio y comprendió que tal vez esa era
la pedagogía más acertada y precisa para que la juventud creciera en responsabilidad y reciedumbre. Y se lo contó a
todos sus amigos. Aquel padre vivía en Salamanca, era diputado en Cortes, se llamaba
Jesús Esperabé de Arteaga. Su hijo era alumno mío en Griego. Un chico fantástico:
delgadito, muy fino y cortés, pero vivaracho y listo. Lo había cogido con las
mejores chuletas que yo me podía imaginar. Durante un examen observé que él
tenía sobre el pupitre seis o siete bolígrafos Bic de pasta blanca y forma
hexagonal. Cogía uno y luego otro y otro... Como si estuviera pensando,
ordenando las ideas antes de escribir. Me llamó la atención tanta tranquilidad,
focalizada en observar un bolígrafo, y
luego otro y otro más. Me acerqué. Elegí uno al azar, lo estudié, y al momento
me di cuenta de que era una formidable chuleta. Las seis caras de cada boli, a
todo lo largo, estaban plétoras con el enunciado de los verbos polirrizos en
griego, grabados con un alfiler. ¡Una obra de arte! Me recordó (si ustedes se
acuerdan), al “Carromato de Max” en Mijas (Málaga) y sus miniaturas, donde en
una lenteja, o el canto de una tarjeta de visita, podías leer desde el Padre Nuestro
hasta la Constitución de no sé qué país.
El Colegio San José de Campillos, Málaga.
César Rodríguez Docampo. 30 de noviembre de 2008.