"Y transcurrieron los días. Y los años.
Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez.
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martes, 1 de noviembre de 2022

LA SANTA COMPAÑA O EL PÁNICO A LA MUERTE

 ¿Quién sabe si vivir es lo que llamamos morir, y si morir es vivir?

EURÍPIDES.

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Estos días de otoño, de entre finales de octubre y primeros de noviembre, nosotros, seres mortales, nos acercamos más a la muerte, los difuntos y los cementerios que en todo el resto del año.  Incomprensiblemente muchos critican las fiestas de Hallowen, por ser más "paganas" que la tradicional del Día de Todos Los Santos, cuando ambas festividades están basadas en lo mismo: rendir homenaje y tributo a nuestros muertos. El hombre es un ser funerario, desde que habitaba en las cuevas ya enterraba a sus muertos. Y ese respeto y tradición de honrar a los ancestros lo realizaban los druidas ya hace más de tres mil años, con el "Samaín", antecedente del actual Halloween, aunque menos grotesco y comercial, desde luego. En esa noche sagrada, las puertas del Más Allá se abren para que los muertos visiten el mundo de los vivos. Otras dimensiones, de las infinitas que existen en la inabarcable y profundamente misteriosa realidad que nos rodea. En estos días, conectamos más con ellos. Pero esto debería ser algo más habitual y no es así, porque nos han educado en el miedo a la muerte. La sociedad en la que vivimos nos ha inculcado el pánico a la muerte. No hay más que ver, estos días, el espectáculo de sangre y terror en que se ha convertido Halloween, máxima degradación del antiguo Samaín.  El escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez, en su novela más conocida, "El Bosque Animado", nos deleita en uno de sus capítulos ("Primavera en el pazo") narrándonos la historia de fantasmas más conocida de todas, la leyenda de la Santa Compaña, quizás la más extendida de la cultura celta y no exclusiva de tierras gallegas. He aquí el extracto del capítulo donde se nos habla de esta fantasmagórica procesión de almas en pena. En este capítulo, la leyenda es utilizada para amendrentar a unos mozos, con la intención de asegurarse que no salgan por la noche en busca de su amada Gudelia, extraña mujer  de endiablado perfil, con encantos de sirena, y cuyos numerosos amantes acaban todos rápidamente en trágico final:

 

 

 "(...)Le abrumaban el cansancio y el sueño. El molinero y los mozos sospechaban que venía huyendo de la justicia, y uno de ellos le habló:

-Parece haber andado muchas leguas, homiño.

Él asintió con la cabeza y, acaso irritado por su mudez, otro mozo insinuó con socarronería:

-Diríase que no le gusta caminar por las carreteras donde anda la guardia civil.

-¡Ojalá fueran esos mis enemigos -dijo entonces el hombre-, pero hay otras desdichas terribles de las que un cristiano no encuentra lugar donde esconderse sobre la tierra!

Tenía el acento cantarín de los montañeses de Orense. La inmensa tristeza de su voz sobrecogió a los mozos y ya no volvieron a molestarle.

-Mala noche hará hoy -profetizó uno de ellos para cambiar de tema.

-Peor de lo que nadie supone -intervino tío Pedro, que vio la ocasión de iniciar su propósito-, porque anda por aquí la Santa Compaña, que ayer vi yo sus luces desde el pazo, y esta cerrazón y este viento son lo más propicio para sus salidas.

Un aldeano quiso fanfarronear.

-¿Y usted la vio, don Pedro?

-Como te veo a ti -mintió-. Pasó lejos, pero la distinguí bien. Era una larga hilera de fantasmas blancos y cada uno llevaba una tea en la mano. Muchos hombres han perdido su paz y hasta su alma por no creer en estas cosas que son misterios que nunca podremos comprender. Lo que os aseguro es que yo no me tengo por un cobarde, y sin embargo, por nada del mundo andaría en una noche como la de hoy por los caminos.

-Pero dicen que si al encontrar a esas almas en pena se les ofrece una misa... -comenzó a decir el novio de Gudelia.

-No hay misa que valga, Andrés -siguió tío Pedro-; ni sirve ocultarse tras un vallado ni meterse tras de las matas. Ellas te ven, hagas lo que hagas y estés donde estés, siempre que sea en su camino. Entonces no hay salvación para ti. La procesión no se detiene nunca, pero el último fantasma de la hilera se acerca a ti, en silencio, te pone una luz en la mano y has de seguir detrás de ellos hasta el amanecer, una noche y otra, por valles y por montes, pasando ríos y bosques, hasta que alguna vez encuentres en el camino otro mortal al que entregar la tea. Sólo entonces quedas libre.

Las sombras comenzaban a hacer más viva la luz de la hoguera. Un vago malestar se extendió sobre el grupo.

-Todas las noches -continuó tío Pedro-, el desdichado que encontró la Santa Compaña es llamado irresistiblemente por ella. Sonarán unas campanas que nadie oirá más que él, y un vendaval agitará la casa donde se esconda. Entonces, irresistiblemente, saldrá a incorporarse a la ringlera y a caminar desesperado, lleno de horror con aquella compañía de difuntos, sin poder escapar ni descansar, ni aun desmayarse.

Parece que tío Pedro contó todo eso aún con más impresionantes palabras y describió minuciosos espantos y fingió él mismo sobrecogerse ante tan tremenda realidad, aunque verdaderamente no sólo se había burlado de las supersticiones aldeanas, sino que su descreimiento se extendía, por desgracia, a más graves asuntos que atañían a la verdadera fe. Pero él pretendía impresionar a sus oyentes, cuya propensión a lo sobrenatural conocía, para conseguir que el novio de Gudelia renunciase aquella noche a ir hasta Vos. El pobre hombre estaba acaso en la lucha entre el amor y el miedo, contemplando el fuego cavilosamente. Los demás mozos sentíanse llenos de un temeroso respeto hacia los enigmas que llenan de pavor la sombra de las noches. El desconocido, más hondas las arrugas de su rostro color de tierra, no podía apartar de tío pedro los ojos espantados entre el ribete de sangre de los párpados. Cuando los mozos le sirvieron más vino, lo bebió suspirando y sus manos temblaban.

-¿ No podría dormir hoy aquí -pidió-, en cualquier rinconcito?

Y como el molinero vacilase:

-¡Hágalo por sus difuntos! -suplicó.

Le otorgaron permiso. Tío Pedro marchó disimulando su contento, seguro de que Andrés no se atrevería a aventurarse por la lobreguez de las corredoiras, porque los fantasmas del miedo, si no en los caminos de la aldea, estarían ya haciendo la ronda en su propia alma.

Ya había cerrado la noche y tenía mucho que andar y por malos senderos, pero no era la primera vez que emprendía semejantes paseatas y por devaneos que no le interesaban tanto. No llovía. El viento no dejaba parar a las nubes cargadas de negrura y de agua. Al entrar en los pinares que circundan la aldea de Vos, la noche de hizo más espantosa, porque los pinos silbaban y se entrechocaban como si se estuviesen batiendo. Las piñas verdes, desprendidas, caían y rebotaban en la oscuridad, cerca y lejos, y era allí donde la fueria del huracán parecía más enloquecida.

Nuestro tío don Pedro iba, sin embargo, feliz porque pensaba en tener pronto junto a sí a Gudelia y en reir juntos de la estratagema empleada, aunque no hay que creer que dedicase a reir demasiados minutos al lado de una mujer tan hermosa. Pero de pronto se paró. Acababa de distinguir un resplandor que se acercaba desde lo profundo del bosque. Y aquel resplandor fue avanzando, avanzando, y tío Pedro pudo ver una hilera de espectros envueltos en blancos sudarios para los que no parecía existir el viento, porque caían en blandos pliegues que sólo alteraba el andar. Cada fantasma llevaba en su diestra una antorcha encendida, y al moverse entre los pinos, la larga sombra de los troncos giraba y se extendía como si quisiese huir.

Pasaron tan próximos a él, que tío Pedro pudo ver, a la luz que portaban, la calavera de cada aparecido, alguna podrida ya por la humedad de la tumba, otras con los dientes mellados en la amplia hendidura, y las cuencas llenas de sombra y de tierra, que parecían ver con ojos que ya no existían. Pero ninguno miró hacia él. Las antorchas avivaban su llama con el vendaval y semejaban ligarlos a todos con una cadena ininterrumpida de humo. Iban a distancia igual, uno detrás de otro y no había obstáculo que los desviase. Don Pedro se dio cuenta de que no era una alucinación provocada por sus historias de miedo en el molino. Parece que pensó, aterrado, en que jugara, sin saberlo, con la verdad. En esto, el último fantasma separóse de sus tétricos compañeros para acercarse a él y le ofreció su tea encendida. Con más horror que si tuviese ante sí un esqueleto, don Pedro vio el rostro humano color de tierra, inmensamente fatigado, y los ojos vivos, lleno de espanto entre los párpados sanguinolentos, del desconocido viajero del molino. 

Una fuerza sobrenatural le hizo coger la antorcha y le arrastró hacia la caravana de las almas en pena, ocupando en la Santa Compaña el lugar del labriego. Lo último que oyó fue un suspiro profundo, como si un alma vaciase en la noche todo el horror que pudiese causarle una visita al infierno.

- ¡Oh, tía Emilia  -exclamó Rosina- , si recuerdo después esta historia, no podré dormirme! Pero te agradezco que me la hayas contado a la luz del sol. 

- Se supo  -prosiguió doña Emilia-  que el desconocido venía huyendo de su tierra por creer que así podría escapar a la Santa Compaña en la que había caído, pero no sabía que en tales casos es inútil hasta el atravesar los mares más anchos, y no quedó libre sino en el momento en que pudo poner en otra mano la luz que llevaba en la procesión de las ánimas. Como le sucedió a tío Pedro. Cada noche sonaban las campanas de la parroquia, aunque nadie más que él las oía, y una larga ráfaga pasaba rozando las ventanas del pazo. Era la señal, y tío Pedro se lanzaba la noche, como un hipnotizado, sin que ninguna precaución pudiese evitarlo. Hizo cerrar por fuera la puerta y la ventana de su dormitorio, que era el cuarto más alto de la torre, y no obstante, salió, sin saber él ni nadie por dónde. Si sus noches eran demoníacas, imaginaos cómo eran sus días, pasados en la angustiosa espera de aquel inesquivable tormento. Casi un mes vivió así. Al fin un día se sintió inexplicablemente más tranquilo, y aquella noche no sonaron para él las campanas de la señal. Comprendió que había dejado ya un desdichado sucesor en la Santa Compaña, sin que pudiese saber cómo ni a quién, porque los que van en ese peregrinaje macabro no se acuerdan de nada después y sólo conservan el malestar de una pesadilla. 

Desde entonces cobró horror a la oscuridad y no salió del pazo en cuanto el sol no alumbraba, en los pocos meses que aún vivió (...)"



 

 

Vemos cómo se santiguan, echándose agua bendita, las devotas mujeres en esta escena de arriba de la película de Jose Luís Cuerda, basada en la novela de W. F.F., cuando hablan entre sí de la Santa Compaña. La Iglesia, desde hace siglos y hasta hace poco, ha utilizado la muerte como arma muy eficaz para controlar (y recibir generosas prebendas, a través de las indulgencias para las ánimas del Purgatorio) a sus fieles. El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte, se nos imponían indecorosa e impunemente ante cualquier sospecha mínima de pecado. Una vez más, la muerte como arma para crear miedo.

Dijo Cicerón que "filosofar no es sino prepararse a morir". La máxima sabiduría seguramente esté en enseñarnos a no temer el morir y, desde luego, cambiar nuestra manera de abordar todo lo relacionado con la muerte y tratarla como algo natural, consustancial a la vida. Por eso, deberíamos ser más receptivos a querer que los espíritus de nuestros queridos familiares difuntos nos visiten,  en los cementerios ya sólo quedan los restos de una carcasa, el alma voló a su destino y, de vez en cuando, regresan a visitarnos, mientras sigamos vivos. Los muertos no deberían dar miedo a nadie sensato. De quienes realmente hemos de huir no es de los muertos, sino de los mortales y del odio que éstos pueden generarnos, pura energía negativa que sólo existe entre los vivos, y que puede convertir nuestra existencia en un infierno, el mismo en el que, todas las noches, en determinados lugares, procesionan  las almas en pena de muchos seres desgraciados.

 

 

 https://www.mtmad.es/mileniolive/milenio-live-tierra-santa-compana_18_2759955001.html

domingo, 6 de mayo de 2018

UBI SUNT?

¿Dónde están?

Según antigua costumbre del campo gallego, cada cual daba al muerto recados para el otro mundo o le recordaba episodios vividos en común o le expresaba su cariño. Para esta vieja raza celta, inmemorialmente espiritualista, el alma del que se va está aún allí, entre ellos, escuchándolos con la tristeza de la separación, anotando en su memoria turbada los encargos de los que se quedan, murmurando un "¡adiós, adiós!", que cada uno oye dentro de sí como una respuesta. El candor del pueblo da un acento especial a su idea de que la muerte no es desaparecer, sino ausentarse.
Wenceslao Fernández Flórez. El Bosque Animado. 

Con miembros firmes y cerebros brillantes
el alma vieja emprende el camino de nuevo
John Masefield. Cranston y Williams. 

Llévame de lo irreal a lo real.
Llévame de la oscuridad a la luz.
Llévame de la muerte a la inmortalidad.
Upanishads. 

Las almas (mónadas) deben volver a sumergirse en la sustancia absoluta de donde emergieron
El Zohar.

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"Zozo", junto a la tumba de su dueño. 


 La idea de la reencarnación aparece frecuentemente en el pensamiento occidental fuera de cualquier contexto religioso. Comenzando por Pitágoras y Platón, personas como David Hume, Ralph Waldo Emerson, Henry Thoreau, Benjamin Franklin, J.W. von Goethe, creían en la reencarnación. Goethe escribió en De Song of the Spirits over the Waters:

El alma del hombre es como el agua;
del Cielo vino,
al Cielo se elevó,
y después retornará a la Tierra,
alternando por siempre jamás.

Y Franklin escribió para su propio epitafio, cuando sólo contaba veintidós años:

 El cuerpo de B. Franklin,
Impresor,
como la cubierta de un viejo libro,
sus contenidos desgarrados
y
despojados de sus letras y sus adornos,
yace aquí,
alimento de gusanos,
pero la Obra no se perderá,
pues, como él creyó,
aparecerá una vez más
en una nueva y más elegante edición
revisada y corregida
por el Autor.

 
¿Existe un alma capaz de sobrevivir a la muerte y de transmigrar de un cuerpo a otro? Aparece una entidad silimar al alma, la mónada cuántica, que media en la reencarnación. Tanto la idea cristiana de la eternidad en el cielo como la idea oriental de la liberación se refieren, en esencia, a una escena de inmortalidad del alma.
La mónada no puede hacer registros de vidas encarnadas, porque es inmutable. Dice el filósofo Ken Wilber acerca de esto: "Es el alma (mónada), y no la mente, la que transmigra. De ahí que el hecho de que la reencarnación no se pueda demostrar apelando al recuerdo de vidas pasadas es exactamente lo que cabria esperar: los recuerdos concretos, las ideas, los conocimientos, etc., pertenecen a la mente, y no transmigran. Todo eso queda detrás, con el cuerpo, en el momento de morir. Quizás unos cuantos recuerdos concretos puedan escabullirse de vez en cuando, como en los casos registrados por el profesor Ian Stevenson y otros, pero se trataría más bien de la excepción más de la regla. Lo que transmigra es el alma, y el alma no es un conjunto de recuerdos, de ideas y de creencias".
En las culturas donde se acepta la reencarnación el miedo a la muerte se debilita considerablemente. La persona sabe que no morirá, sino que regresará. En definitiva, la muerte se contempla como un largo sueño. El poeta Walt Whitman, un experto en la reencarnación, expresaba así el mismo sentimiento:


Sé que soy inmortal,
sé que esta órbita mía no puede ser eliminada por el compás del carpintero...
Y sea que entre hoy en posesión de lo que es mío, o lo haga dentro de diez mil años o de diez millones,
puedo tomarlo alegremente ahora o, con la misma alegría, esperar...
Me río de lo que llamáis disolución
y conozco la amplitud del tiempo...
¿Qué significa existir en una forma?
(Damos vueltas y vueltas, todos nosotros, para volver siempre al mismo sitio.)...
Creo que volveré a la tierra pasados cinco mil años...






Fuentes:

-Dr. Amit Goswami: La Física del Alma. Ediciones Obelisco, Barcelona, 2008.