"Y transcurrieron los días. Y los años.
Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez.

martes, 9 de diciembre de 2025

"ENSANCHAR LAS MIRAS DE TODOS, HACIÉNDOLAS LONGÁNIMAS COMO LAS VASTAS MESETAS MANCHEGAS"...

 

 La tesis general de este libro y de otros escritos que fueron apareciendo poco después es que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Unamuno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella naturalmente aquellas otras dos, la fascista, por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro, tratando de ensayar a toda costa aquí revoluciones que ya habían salido triunfantes en la URSS, en Alemania o en Italia. 

Andrés Trapiello. Las armas y las letras.

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El escritor Andrés Trapiello.
 

 

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es uno de nuestros mejores escritores vivos en lengua castellana. Sus libros, artículos y reflexiones acerca de la guerra civil española se encuentran entre los textos más lúcidos, imparciales, interesantes y profundos acerca de la raíz del conflicto y de las causas que lo provocaron. Una de sus reflexiones más importantes, y que pienso que se ha de dar a conocer más, está contenida en uno de los prólogos suyos a "LAS ARMAS Y LAS LETRAS. Literatura y Guerra Civil (1936-1939)", concretamente el prólogo que escribió para la segunda edición de esta obra, que dice así:



"Ya antes de 1975, y de muchos modos después, se pidió en España la democratización de nuestras instituciones políticas, y parecen aceptadas las fecha de 1977 o de 1982 como algunas de las posibles para fijar el inicio de la verdadera normalización democrática entre nosotros. La literaria se retrasó unos años más, y a ella contribuyó, entre otros hechos, y dicho con la mayor modestia, este libro, en el que trataba de presentarse de una manera panorámica el comportamiento de los escritores durante la Guerra Civil.

Podría parecer paradójico hechos históricos tan alejados en el tiempo pudieran condicionar nuestro presente de entonces como lo hacían, pero era cosa evidente que mientras no tuviésemos una idea más clara y exacta de lo que pasó, nos iba a resultar difícil saber lo que estaba pasando y lo que podría pasar.

La tesis general de este libro y de otros escritos que fueron apareciendo poco después es que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Una muno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella naturalmente aquellas otras dos, la fascista, por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro, tratando de ensayar a toda costa aquí revoluciones que ya habían salido triunfantes en la URSS, en Alemania o en Italia.

La estrategia de estas dos Españas y de quienes la representaban fue desde el primer momento ganar para su causa, libremente, o mediante el poder, la coacción o el terror, a cuantos escritores tenían cerca, para usarlos como voceros, no dudando en quitarlos de en medio si estorbaban sus propósitos.

Los movimientos de aproximación o de huida se sucedieron en ambos bandos a menudo, y si Baroja dijo a Moreno Villa aquello de “qué mal hemos quedado en esta guerra los del 98”, cabría añadir que
en esa guerra fueron pocos, contados, los que quedaron bien, tanto si la ganaron como si la perdieron,


y esa fue la herida que en unos y en otros tardó en cicatrizar medio siglo, doliéndose de ella ellos mismos y todos los demás.

En realidad este libro, a medio camino entre la historia y la literatura, no quería ser más que un observatorio, y es lo que, ocho años después sigue siendo, me parece a mí. En ese tiempo se han publicado innumerables estudios parciales que se ocupan de cuestiones ya atraídas aquí, corrigiéndolas a veces o, en otras, confirmándolas, pero como obra general sigue ocupando el campo en solitario, y por ello sale ahora corregida, disminuida y aumentada, a veces en asuntos primordiales y otras, en matices de más o menos valor, confirmando así un sentimiento genuino mío, a saber, que un libro como este es una obra colectiva, de muchos esfuerzos, aunque figure una sola persona como único autor.

Cuando yo creía que las reacciones, al editarse por primera vez “Las armas y las letras”, iban a ser violentas o al menos partidas en favorables y desfavorables, sorprendió a muchos, incluso uno mismo que resultaran en general tan elogiosas. Aunque hubo, claro, opiniones que criticaban el libro sin paliativos, considerando que en él se ofrecía “una información tan desigual como fragmentaria”, y deploraban que no se incluyese un buen “aparato de citas”. Alguno incluso, pareciéndole pocos los trescientos de los que se hablaba, tuvo por un descalabro vergonzoso que me hubiese olvidado de citar a escritores tan importantes como Koldo Michelena, eminente filólogo vascongado.

Comprendo que desde la universidad española, de donde procedían tales críticas, hubiesen deseado un libro lleno de notas a pie de página, pero la propia universidad debiera comprender a su vez que uno es varón de poco aparato, y lo lógico hubiera sido que este libro se hubiese escrito, con o sin notas, por mí o por otro, veinte años antes en la universidad española, amantísima de sus hombres más preclaros. Pero las cosas son como son y no de otra manera,
el libro sale de nuevo eunuco de notas bibliográficas y eruditas y don Koldo Michelena se queda de momento al pairo, hasta mejor ocasión, ya que la primera intención de estas páginas no era formar alumnos o codearse con catedráticos, cosas ambas muy gratas siempre, sino pensar en los lectores curiosos.

Por lo que sé, el libro sirvió a no pocos de estos para darse cuenta de que si en las armas no bastaba con separar a los contendientes en buenos y malos, en las letras menos aún,


pues no es infrecuente tropezarnos con quienes equivocándose de bando en las armas, atinaban en el de las letras, o al revés. Y les sirvió también para llegar a autores que orillados entonces, como Cháves Nogales, parecen haber entrado al fin en nuestro trato común, o para revisar obras y actitudes como las de Baroja. lo cual dicho sea de paso, me enredó con uno del beaterio barojiano en un grotesco proceso judicial, que hizo bueno una vez más aquel “tengas pleitos y los ganes”, ganado como quedó.

Cómo declaré al publicarse la primera edición, me habría complacido encontrar el justo medio, sin ofender a nadie y sin faltar a la verdad. Ahora, cuando he podido corregir, lo he hecho con gusto, y he dejado de hacerlo cuando me parecía que era más importante la verdad que el desagrado que en algunos protagonistas o en sus parientes o admiradores produjo leer los pasajes donde aparecían aquéllos.

Los estudios literarios, salidos casi siempre de veneros académicos, se han multiplicado de una forma exponencial y a menudo ejemplar, y, lo que es más importante, la actitud frente a la literatura de nuestro pasado más reciente ha cambiado por completo. Escritores que hace apenas veinte años eran denostados o menospreciados, cuando no ridiculizados, hoy son parte de nuestro propio canon, por usar palabras de culto, y a otros que parecían blindados por razones políticas o personales, puede uno acercarse con criterios propios sin temor a represalias.

Así, pues, un libro que contribuyó en lo que pudo la pacificación de la literatura reciente española, veo otra vez la luz, solo que más tranquilo, sin aquellos temores de dejar el campo ajustado de nuevo, y con la misma ilusión de ensanchar las miras de todos, haciéndolas longánimas. como las vastas mesetas manchegas en el corazón de nuestro hidalgo Alonso Quijano, el primero que supo poner en su sitio, con su valencia propia, armas y letras.

A.T.
Madrid, otoño de 2002.

 

 

 





 

lunes, 1 de diciembre de 2025

LAS LÁPIDAS A LOS CAIDOS EN CAMPILLOS : RECONOCER Y HONRAR A TODOS LOS MUERTOS ES NUESTRO DEBER Y OBLIGACIÓN COMO SERES HUMANOS.

 



En el mapa bélico del siglo XX, la Guerra Civil española, a nivel planetario, fue una guerra más. Una guerra que todavía se nos cuenta en dos versiones. Pienso que debiéramos sumar las dos y sentir vergüenza.



El Gobernador me escuchaba con atención, con la cabeza ligeramente reclinada sobre el puño de su mano izquierda. Después de referirme a la Iglesia Católica que nos estaba alentando hacia una confraternización, argumentando que todos éramos hermanos, todos hijos de Dios, todos víctimas de un mismo odio, continué diciendo:

-Mire usted, don Enrique; aquí, pienso yo, no se trata de fruslerías, no estamos pesando capachos de carbón. Se trata de los muertos, mejor dicho de “nuestros muertos”. Mi Corporación y el pueblo de Campillos saben que el Gobierno de Suárez ha aplicado amnistía a muchos españoles que están vivos, en varios tiempos, con bastante generosidad. ¿Y los muertos de nuestra Guerra Civil? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Por qué unos en un altar y los otros en el olvido? ¿Quiénes somos nosotros para entabicarlos: ¡tú aquí y tú fuera de aquí! En una palabra, don Enrique: ¿Dónde acaba el odio y empieza el perdón?, me pregunto. Lo que sí tengo muy claro es que, ante casos como éste, un alcalde no puede bajar los párpados.


César Rodríguez Docampo.


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D. César Rodríguez Docampo. 




1977. 15 Agosto: El Ayuntamiento de Campillos cambia las lápidas que puse en la Cruz de los Caídos con los nombres de los muertos, en el Parque de la Plaza del Cardenal Spínola, por otras dos blancas en la que dice: “Campillos a todos los muertos en la guerra 1936 a 1937” y en la otra, una poesía de Miguel Hernández, Pastor poeta de Orihuela y otra del hijo de Campillos Jose M.ª Hinojosa Lasarte. Apruebo y me agrada este acuerdo, así como el día en que lo realizan, que contribuye a la paz y concordia entre todos”.


Federico Manzano Sancho. Nuestro Tiempo… (Diario personal, manuscrito).

 

 


 

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Don Federico Manzano Sancho era el Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Campillos cuando se construyó la Cruz de los Caídos. Sobrino de Don Federico Manzano Jiménez, maestro nacional y primer director del Grupo escolar (edificio construido en 1928, en los terrenos cedidos al Ayuntamiento por el propio Federico Manzano Jiménez), sustituyó al Alcalde Don Eulogio Monteagudo Garrido, que estuvo en el cargo del 15 de Enero de 1937 al 1 de Abril de 1939. Don Federico asumió el cargo hasta el 24 de Enero de 1940:


1939. 1 Abril: Termina la Guerra Civil con el triunfo del Gral. D. francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España. Gracias a Dios que me ha sacado con vida y me ha librado de ver a ningún muerto, ni intervenir en ninguna acción de guerra, ni en su liquidación, ni tener que pertenecer a ninguna de sus milicias, es decir, he estado para las maduras y no para las duras”.

Como el Alcalde, D. Eulogio Monteagudo se ha puesto enfermo, tengo que sustituirlo hasta el 24 de Enero de 1940 en que es nombrado Alcalde D. Antonio Llamas Campos. Por acuerdo del Ayuntamiento, para dar al pueblo un aspecto de más alegría y borrar la tristeza de su guerra civil, hago un jardín, con grandes apuros monetarios, en la Plaza del Cardenal Espínola, previo plano, que levanto de la misma, y sobre él hago la traza que traslado al terreno; aprovechando las piedras de sus bancos para bordillo de sus aceras, cubro sus parterres con buena tierra de mantillo; compro las plantas para sus molduras y los vecinos me regalan 18 grandes palmeras que la embellecieron y que después han sufrido varias vicisitudes”.

 

 

 


 

 

 


 

                     D. Eulogio Monteagudo Garrido. Foto extraida del blog Crónicas del Viento Solano, de D. Bartolomé Soto.
 
 
 
Gracias a D. Alfonso Ruiz Padilla, que me envía copia del contenido literal del ACTA DE 26 DE MAYO DE 1939 que dice así: 
 
"Acta de 26 de Mayo de 1939: Se propone y se acuerda la aprobación de la construcción de la Cruz de los Caídos en honor a "los asesinados por los marxistas y muertos gloriosamente por la patria". Se nombra una comisión formada por los gestores (concejales) a los que se unen: Doña Ana Jordán Villavicencio, Doña Ana Casasola Fuentes, Doña Concepción Palop Casasola y los señores D. Cristóbal Padilla Pérez, D. Antonio Campos Giles, D. Antonio Avilés Fontalva y D. Francisco Casasola Casasola".


Don Baltasar Peña Hinojosa, en la página n.º 167 de su libro “Pequeña Historia de la Villa de Campillos” dice así: “Don Eulogio Monteagudo, Registrador de la Propiedad, quien desempeña este cargo hasta enero de 1940 con acierto y rectitud. Las anormalidades de estos tiempos no eran propicios para resolver todas las necesidades de la villa, sin embargo el Sr. Monteagudo, con la cooperación del Teniente de Alcalde Don Federico Manzano, dejó en Campillos entre otros acertados recuerdos de su gestión, la creación del nuevo parque en la plaza del Cardenal Spínola y la creación de la Cruz de los Caídos”.

"La Cruz de los Caídos instalada frente a la fachada de la Iglesia que da a la Plaza, se eleva sobre una plataforma de mármol, que fué a la vez aprovechada para depósito de agua de los jardines, estando rematada en sus ángulos por cuatro grandes bolas y en su parte posterior dos lápidas de mármol blanco reseñan los nombres de los campilleros caídos por Dios y por España, lo mismo en el martirio, que en la lucha por la causa nacional".

 

 

        

            Portada del libro de D. Baltasar Peña Hinojosa.

 

 

 

 

 


        Página 167 y foto, pertenecientes al Capítulo XI "Nuestros días", de Pequeña Historia de la Villa de Campillos, de D. Baltasar Peña Hinojosa.

 


La Cruz de los Caídos se puso en la Plaza del Cardenal Spínola, en Campillos, entre Abril de 1939 y Enero de 1940, según los textos anteriores.



En España, al terminar la guerra, el régimen franquista estimuló el homenaje a los que consideraba “caídos” con monumentos con sus nombres, instalados en los municipios en lugares privilegiados (plazas, iglesias,…). Se creó la Comisión de estilo en las Conmemoraciones de la Patria (febrero de 1938) para establecer las normas y dictaminar en todo lo relativo con la construcción de edificios, monumentos y lápidas conmemorativas. la Cruz debía ser el elemento central. La piedra será el material predilecto. Granito y mármol. Éste último escogido, sobre todo, para las placas de los caídos. Cada pueblo apostará por el material típico de cada región, por la piedra más común de la localidad. Así, los mártires serían glorificados con la piedra del lugar donde habían nacido, donde quizá habían muerto y reposaban sus restos. La Delegación Nacional de Propaganda siempre quiso simplificar las líneas, minimizar el monumento a la existencia de la cruz, los nombres de los mártires y, por supuesto, los escudos de España y los del Movimiento. El monumento no podía pasar desapercibido, tenía que estar presente en la vida cotidiana de los vencedores pero también de los vencidos. Por eso, su ubicación no será casual. Lo más común será emplazarlos en el corazón de los pueblos: en plazas o calles principales. Desde los primeros días de la Guerra Civil, las corporaciones locales comienzan a alterar el paisaje urbano: las calles reciben nuevos nombres, borrando todo rastro del pasado y haciendo llegar el recuerdo de la contienda a todos los rincones. La cruz estará en un espacio elevado, y bajo ella existirá una escalera que “favorecerá la elevación y visión de la cruz”. Los monumentos a los caídos creaban unos “lugares de duelo” (ahora, son los “lugares de memoria”) en torno a los cuales la comunidad de los vencedores recordaba y daba honor a los que ya no estaban. El franquismo no apostó por la reconciliación, no hablaba de perdón, no cerró las heridas, sino que ansiaba mantenerlas abiertas para que la guerra civil estuviese siempre presente. Se permitía expresar su duelo y recordar a sus seres queridos. Fue la “paz franquista”. Perpetuar la memoria y el heroísmo de aquellos que cayeron por la Patria y por Dios. Estos monumentos fueron erigidos, en su mayoría, para evocar la memoria de los vencedores, mientras que la ausencia de aquellos en homenaje a los vencidos era ostensible. El arte franquista fue un arte militante y propagandista que exaltó la ideología de los triunfadores y evocó simbólicamente a los ausentes de dos formas: los héroes y los mártires. Su muerte se reelaboró en términos de un justo sacrificio que los ennoblecía y elevaba a una dimensión sobrehumana de heroísmo: de muertos pasaron a ser caídos. Nuestro país tuvo su recuerdo anual para los muertos por causa de Dios y de la Patria (la Patria española estaba fusionada con el catolicismo) con el establecimiento de una serie de fiestas como el Día de los Caídos (29 de octubre). El 20 de noviembre, el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. Todas estas inscripciones acabaron encabezadas con el nombre de Jose Antonio (Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!), nombre del más importante caído de la guerra, Jose Antonio Primo de Rivera, en sagrada fusión de los muertos por causa política y religiosa, “mártires de la Cruzada todos ellos”.




El 15 de Agosto de 1977, siendo Alcalde Don César Rodríguez Docampo, se cambiaron las lápidas a los caídos. Todo el proceso de ese cambio, lo explica Don César en el capítulo décimo de su libro de memorias LA TRANSICIÓN EN CAMPILLOS (MÁLAGA), TRAS LA MUERTE DE FRANCO.

He aquí el contenido íntegro de dicho capítulo:





CAPÍTULO DÉCIMO:


LAS LÁPIDAS DE LOS CAÍDOS



Altar de los Caídos en la plaza Cardenal Spínola de Campillos






1. Apología de la guerra:



A Heráclito de Éfeso le llamaban el “filósofo llorón”. De familia aristocrática, altanero y desdeñoso, al final de sus días se retiró del mundo y vivió en los montes. Siempre utilizaba la misma metáfora para expresar las leyes que rigen el mundo: La discordia y la guerra.

Nos decía, en griego: Pólemos pater pantom; kai pantom, pólemos" (La Guerra es el padre de todas las cosas; y, de todas las cosas, la Guerra).

Dos mil y pico de años después, nacía Hegel en Stuttgart, un 24 de Agosto de 1770. Se educó en el Seminario teológico de Tubinga y fue amigo del poeta Hölderlin. En Hegel, aunque sus ideas reposan sobre el suelo vital de una visión religiosa del mundo, subyace en todas ellas una solapada apología de la guerra. En la batalla de Jena contra el invasor Napoleón, murió un hermano suyo y él perdió su cátedra. Sin embargo el testarudo Hegel afirmaba: “He visto al Emperador a caballo, he visto la Razón a caballo”.

En la conciencia de Hegel habitaba un elemento pasional heredado de Baruch Spinoza, al que tenemos que sumarle el conocimiento de aquella hermosa jungla de vivencias e ideas que Balzac había expuesto con extraordinaria lucidez en “Las Ilusiones perdidas”, una parte de “La Comedia Humana”.

Hegel es el álgebra de la revolución”, gritó una vez Alejandro Herzen. Y lo fue. Porque Hegel es el abuelo del fascismo italiano, del nacionalsocialismo alemán y del marxismo ruso, ideologías culpables de más de cien millones de muertos en guerras. Y esas tres ideologías alimentaron nuestra guerra civil. Siempre las revoluciones, las discordias y las guerras han configurado la vida, pasión y muerte de nuestra humanidad. Desde los mitos a nivel alegórico como es la “Gigantomaquia” o batalla de Zeus contra los Gigantes, narrada por Hesíodo en su Teogonía, podríamos detenernos en miles de historias bélicas, todas crueles. La famosa estela de cuarzo de la época de Nectánebo II que lleva el nombre de “Estela de los cuervos”, nos ofrece una de tantas incursiones de aquel rey de Asiria, Asurbanipal, retirándose de los campos de batalla, pisando sobre los cadáveres destrozados de los soldados enemigos muertos en combate, bajo una nube de cuervos que ya revolotean para lanzarse a la carroña. La guerra de los 30 años (1618-1648), una guerra religiosa de protestantes contra católicos, de católicos contra protestantes, y de todos contra los mandamientos de Dios, tuvo nueve millones de muertos, tantos como en la primera guerra mundial.



De las guerras mundiales y sus holocaustos mejor es no hablar. Aconsejo la lectura de la obra de James Petras, “Modernidad y Holocaustos del s. XX”, sobre la construcción imperialista y el asesinato masivo.

En 1970 Pol Pot y sus Jemeres rojos, apoyados por el gobierno de Hô Chi Minh, fieles al maoísmo y al comunismo internacional, iniciaron en Camboya una Guerra Civil. Entre 1975 y 1979 torturaron y asesinaron a dos millones de personas. Los Campos de Extermino se convirtieron en un Infierno de extrema crueldad. Más crueles todavía que los alemanes. Y el resto del mundo sin enterarse. No había muertos, esa palabra era tabú. Sólo había desaparecidos. Los cadáveres descuartizados eran utilizados como abono.

Las guerras de Nigeria, la destrucción de Biafra y las matanzas de Ibos, en resumidas cuentas no fueron más que sangre por petróleo.

El Infierno de Ruanda y Burundi fueron carnicerías entre hutus y tutsis, con la vista gorda de los gendarmes americanos.

Y en medio de todo esto, ¿dónde situamos a Dios? Padre nuestro (¡de todos, eh!), providente, omnisciente, omnipotente… que -según se dice en alguna parte- no se nos cae ni un cabello sin su consentimiento. ¿Qué hace Dios nuestro Padre, a dónde mira, por qué no sale en ayuda de los débiles, de los perdedores?

Dijo una vez Napoleón: “Dios sólo ayuda a quien tiene los cañones”. Es decir: La fuerza es la virtud suprema; la debilidad el único pecado. Los problemas casi siempre se han resuelto no con votos ni retórica, sino a sangre y fuego. Como hizo Bismark que dominó a Austria, humilló a Francia y fundó un Imperio.

En el mapa bélico del siglo XX, la Guerra Civil española, a nivel planetario, fue una guerra más. Una guerra que todavía se nos cuenta en dos versiones. Pienso que debiéramos sumar las dos y sentir vergüenza.





2. CAMPILLOS: Las lápidas de los Caídos, antes y después del 15 de Agosto de 1977.



2.1. El acuerdo:



Copia del Acta del Pleno (27-06-1977):



En Campillos, a veintisiete de Junio de mil novecientos setenta y siete. En el Salón de Sesiones de esta Casa Consistorial, bajo la Presidencia del Sr. Alcalde Don César Rodríguez Docampo, con la asistencia de los Srs. Concejales que al margen se expresan; presente el Sr. Secretario-Interventor; se reúne el Excmo. Ayuntamiento Pleno en sesión ordinaria de segunda convocatoria, la que es declarada abierta a las veinte horas del día de la fecha.


El Punto E) del orden del día dice: “PROPUESTA DEL CONCEJAL D. FRANCISCO LOZANO ESCRIBANO:


Por la Presidencia se concede la palabra al Concejal Sr. Lozano Escribano, pidiendo quede constancia en Acta de la satisfacción de la Corporación como consecuencia de haber recuperado el pueblo español su soberanía democrática: Que dado que hasta la fecha el único Diputado al Congreso en la persona de D. Benito Luna Anoria, era hijo de Campillos, por motivos históricos propone que su fotografía sea expuesta en el Salón de Sesiones: Que en gestiones llevadas personalmente por él a instancia de la Alcaldía, acerca de familiares de caídos en la Guerra de la Liberación y con el parecer unánime favorable de los mismos por la acertada propuesta; dado que desde el 15 del actual, en que el pueblo recobró su soberanía Nacional, al implantarse la democracia y para dar una prueba de verdadera reconciliación local, propone que el Monumento a los Caídos con los nombres de uno de los Frentes de la Guerra pasada, sean suprimidos y se fije una inscripción cuyo texto sea: CAMPILLOS, A TODOS SUS MUERTOS DE LA GUERRA DE 1936”, quedando por tanto un Monumento de todos los caídos por ambos bandos.


La Corporación dada la finalidad perseguida con las propuestas del Concejal Sr. Lozano Escribano, acuerda aceptarlas en todos sus extremos.


Estaban Presentes:

El Sr. Alcalde Presidente, D. César R. Docampo

Señores Concejales:

D. Juan Garceso Gómez

D. Domingo Carrión Valencia

D. José Macías García

D. Francisco Lozano Escribano

D. Salvador Morillo Padilla

D. Juan Segura Gallardo

Faltan con excusa:

D. Vicente Navas Mesa

D. Francisco Caballero Mesa

Falta sin excusa:

D. Agustín Aragón Lozano










                Fotos del Libro de Actas del Ayuntamiento de Campillos de 1977. Este Libro de Actas se custodia en el Archivo Histórico Municipal de Campillos, cuya ubicación actual está en la segunda planta de la Biblioteca Municipal Jose Mª Hinojosa Lasarte.

 

 

D. Francisco Lozano Escribano, Concejal del Ayuntamiento de Campillos. Su propuesta sobre el cambio de las Lápidas a los Caídos fue presentada ante el Pleno y aprobada, por unanimidad, el 27 de Junio de 1977.




2.2. Pasos previos:



El acuerdo plenario tiene fecha del lunes 27 de Junio de 1977. Las lápidas se cambiaron el día 15 de Agosto de 1977. Entre una y otra fecha hubo un tiempo y unas gestiones, entre ellas la visita al Gobernador Civil D. Enrique Riverola Pelayo. Le fui a ver al día siguiente, que era martes, con una copia del Acta en la mano.

Don Enrique Riverola ya conocía el acuerdo tomado en Pleno el día anterior. Alguien, por conducto no oficial, había filtrado la información. El Gobernador me recibió con toda naturalidad. Muy tranquilo, muy atento, muy receptivo. Le entregué copia del Acta. La leyó y me dijo: Vamos a ver, César; a esto mismo tienen que llegar todos los pueblos de España. El problema está en saber hacerlo a su tiempo y bien, porque no en todas partes pasó lo mismo. Me hizo ver que la argumentación del Sr. Lozano Escribano era razonable, iba en la línea correcta, pero todavía España no era un Estado democrático, hasta que no se aprobara una nueva Constitución. Y añadió: “Campillos vais muy avanzados”. Y mirándome fijamente, me preguntó: ¿Cuáles son los argumentos del Alcalde? Entonces, poco más o menos, le dije lo siguiente: “-Vamos a ver, don Enrique: Mis argumentos se sustentan en vivencias. Yo no nací en Campillos. Llegué a Campillos a finales de 1964, después de pasar un año en Mora de Toledo, escribiendo un guión de cine sobre la Guerra Civil, después de aprobar el ingreso en la Escuela Oficial de Cine, para cursar Dirección cinematográfica en Montesquinza, número 2 de Madrid. (Más adelante he de explicar esta historia). Con esto, quiero decir que tengo vivencias desde muchos planos y lugares de España:

Orense, Pontevedra, Palencia, Comillas, Salamanca, Madrid (Tielmes), Mora de Toledo, Sevilla y ahora Campillos. A mis vivencias personales le sumo las ajenas, en este caso las de todas las gentes que componen el pueblo de Campillos. Todas ellas juntas me invitan a reflexionar. Reflexionar para acertar a construir una forma de coexistencia apaciguada entre todos los que vivimos en un pueblo, llamado CAMPILLOS.


El Gobernador me escuchaba con atención, con la cabeza ligeramente reclinada sobre el puño de su mano izquierda. Después de referirme a la Iglesia Católica que nos estaba alentando hacia una confraternización, argumentando que todos éramos hermanos, todos hijos de Dios, todos víctimas de un mismo odio, continué diciendo:

-Mire usted, don Enrique; aquí, pienso yo, no se trata de fruslerías, no estamos pesando capachos de carbón. Se trata de los muertos, mejor dicho de “nuestros muertos”. Mi Corporación y el pueblo de Campillos saben que el Gobierno de Suárez ha aplicado amnistía a muchos españoles que están vivos, en varios tiempos, con bastante generosidad. ¿Y los muertos de nuestra Guerra Civil? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Por qué unos en un altar y los otros en el olvido? ¿Quiénes somos nosotros para entabicarlos: ¡tú aquí y tú fuera de aquí! En una palabra, don Enrique: ¿Dónde acaba el odio y empieza el perdón?, me pregunto. Lo que sí tengo muy claro es que, ante casos como éste, un alcalde no puede bajar los párpados.

Estábamos ante una decisión de bastante más calado que cuando las banderas. Don Enrique Riverola, después de haberme escuchado con atención, no me dijo ¡adelante!, pero tampoco me dijo que No. Me dio a entender que él no se oponía a que realizáramos aquello que, en conciencia, estaba bien hacerlo, además de dimanar de un acuerdo Municipal después de que el Sr. Lozano Escribano había conectado con los familiares. Y yo también me había reunido, en el salón de Plenos, con los familiares de algunos mártires, de lo que pueden dar fe, que recuerde yo, por ejemplo, después de tantos años…; Juanita Gómez Recio (q.e.p.d.), Francisca Sanmartín Campos, y alguien más.

De manera que regresé de Málaga en la seguridad de que el Gobernador apoyaba y ratificaba lo que estábamos haciendo.

 

    D. Enrique Riverola Pelayo, Gobernador de Málaga en 1977.
 



2.3. Ejecución:



Y, con todo el respeto que se merecían los mártires de uno y otro frente, he aquí lo que se cambió y cómo se hizo.



LAS LÁPIDAS ASÍ ESTABAN ANTES:

 

 

 


 



PRIMERA LÁPIDA:







CAÍDOS POR DIOS Y POR LA PATRIA

¡PRESENTES!



JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA. Ramón García Ruiz (Presbítero). Cecilio Sánchez Molina (Presbítero). Diego Campos Moreno. Francisco Hinojosa Lacárcel. Diego Moreno Casasola. Juan Casasola Lasarte. Pedro Casasola Lasarte. Juan Campos Giles. Juan Gallegos Cuéllar. Rafael Núñez Núñez. José Sanchez Molina. Francisco Avilés Casasola. Manuel Mesa Rodríguez. Juan Ramón Alés Palop. Alfonso Alés Palop. Benito Avilés Casasola. Pedro Campos Pérez. Antonio Campos Pérez. Vicente Campos Giles. Carmen Casasola Lasarte. María Casasola Lasarte. Pedro Cañamero Vargas. Félix Enríquez Molina. Juan Gallardo Rueda. Juan García García. José Jordán Villavicencio. Antonio Mesa Rebollo. María Morgado Morillo. Alfonso Padilla Pérez. Pedro Padilla Ruiz. Francisco Padilla Santacruz. Cosme Padilla Santacruz.



SEGUNDA LÁPIDA:







CAÍDOS POR DIOS Y POR LA PATRIA

¡PRESENTES!


Francisco Sanmartín Moreno. Salvador Hinojosa Carvajal. José Mª. Hinojosa Lasarte. José Casasola Casasola. Antonio Casasola Casasola. Alfonso Casasola Casasola. Diego Núñez Núñez. Francisco Espinal Bermudo. Juan Gallardo Escribano. Pedro Gómez Fontalva. Francisco Gómez Fontalva. Juan Salguero Morales. Andrés Guerrero Martín. Manuel Fuentes Escobar. Miguel Manzano Jiménez. Francisco Espinosa Morales. Diego Moreno Layna. Eduardo Martín

Torres. Antonio Gallegos Rebollo. Pedro Linero Berdún. Pedro Delgado Palacios. Jerónimo Mora Morgado. Fernando Rueda Pérez. Leonardo Ferreiro Romero. Juan Salguero Infantes. José Peral Molina. Benito Avilés Romero. Francisco Mora Anoria. Ildefonso Campos Gallegos. Cayetano Espinosa Chinchurreta. Pedro Bermudo Delgado. Blas Florido Olmo. Juan Muñoz Carballo. Antonio Royán García.





Y ASÍ QUEDARON DESPUÉS:




Así las pusimos. Primero, a la izquierda, el texto básico (CAMPILLOS A TODOS SUS MUERTOS EN LA GUERRA CIVIL DE 1936-1939), y en la lápida a nuestra derecha los textos de Miguel Hernández y José María Hinojosa. Lógico, porque, en castellano leemos de izquierda a derecha:




Primera lápida:


CAMPILLOS A TODOS SUS MUERTOS EN

LA GUERRA DE 1936-39”

15 Agosto 1977.







Segunda lápida:






No hay extensión más grande que mi herida. Lloro mi desventura y sus conjuntos. Y siento más tu muerte que mi vida.”

M. Hernández.


Por que evitó tu mano unirse con mi mano. Y por que en nuestros labios no cuajaron panales…Cuando en mi cuerpo ardían los muros de mi cárcel, y ahora mi cuerpo es fuente por los cuatro costados, de donde brota el agua y manan libertades.”

José Mª. Hinojosa.





Sin embargo, cuando el gobierno socialista traslada las lápidas al cementerio, las coloca malamente al revés:







2.4. Explicaciones:


El texto que ahora aparece en la primera lápida es el que aprobó el Pleno Municipal. En cuanto a los versos de Miguel Hernández y José Mª. Hinojosa que pueden leerse en la segunda lápida, ésta es la historia: Cuando se decidió el cambio de las lápidas, me puse en contacto con la fábrica de extracción y tratamiento del mármol en Gilena, ese bonito pueblo más allá de Pedrera y al Sur de Estepa. Vinieron a tomar las medidas y quedamos en que yo les llevaría los textos que se iban a esculpir. Aquel mismo día por la tarde nos vimos Paco Caballero Mesa, su hermano Andrés y yo para escoger los versos. Estaba claro que teniendo Campillos un poeta de fama internacional, asesinado además en esa guerra, era obligado que su pensamiento estuviera allí:



Por que evitó tu mano unirse con mi mano.

Y por que en nuestros labios no cuajaron panales…

Cuando en mi cuerpo ardían los muros de mi cárcel, y ahora mi cuerpo es fuente por los cuatro costados,

De donde brota el agua y manan libertades”.

( José Mª. Hinojosa)


También Miguel Hernández había sido un mártir de la Guerra Civil Española. Por haberlo sido, pero más por la fuerza de su verso, optamos por él, seleccionando estos tres cortos versos:



No hay extensión más grande que mi herida.

Lloro mi desventura y sus conjuntos.

Y siento más tu muerte que mi vida”

(Miguel Hernández)





Recuerdo que, no hace mucho, TVE nos ofreció la vida y la muerte de Miguel Hernández donde, como síntesis final de su vida y su verso, los guionistas habían coincidido con nosotros, subsumiendo su biografía en esos tres mismos versos.



Esta elección, repito, se llevó a cabo por Andrés Caballero Mesa, Francisco Caballero Mesa y yo. Una tarde, en la acera de la Calle San Sebastián, estando los tres de pie frente a la fachada de la iglesia parroquial. Andrés Caballero Mesa tenía en sus manos uno o dos libros de poemas, uno de los cuales creo recordar de la “Editorial Losada” (Buenos Aires). Han pasado casi 40 años. El caso es que la elección de esas dos estrofas (pienso yo que afortunada) se os debe a vosotros. Yo me limité a apuntar la letra de los versos y, al día siguiente correr a Gilena, para que todo estuviera listo el día 15 de Agosto de 1977, justo cuarenta y un años después de una de las “matanzas” más inhumanas acontecida en Campillos.


Ese mismo día 15 de Agosto de 1977, D. Federico Manzano Sancho, que había sido Alcalde de Campillos (desde el 1-IV-1939 hasta el 24-I-1940, sustituyendo a D. Eulogio Monteagudo Garrido, cesante por enfermedad) escribía su juicio y su valoración sobre lo que nosotros habíamos llevado a cabo. D. Federico Manzano Sancho es quien había dirigido la construcción del altar a los caídos y había colocado las lápidas con los nombres que en ellas figuraban. Pues bien; don Federico Manzano Sancho, que por entonces vivía en Antequera, enterado del canje o variación que el Ayuntamiento de Campillos había efectuado en su obra, esa misma noche escribió en su Diario Personal (editado con el título de “Nuestro Tiempo”, página 306), lo que sigue:



1977.- 15 de Agosto:


El Ayuntamiento de Campillos cambia las lápidas que yo puse en la Cruz de los Caídos con los nombres de los muertos, en el Parque de la Plaza del Cardenal Spínola, por otras dos blancas en las que se dice: “Campillos a todos los muertos en la Guerra 1936 a 1.939”, y en la otra, una poesía de Miguel Hernández, Pastor poeta de Orihuela, y otra del hijo de Campillos José Mª. Hinojosa Lasarte. Apruebo y me agrada este acuerdo, así como el día en que lo realizan, que contribuye a la paz y concordia entre todos.


Nuestro Tiempo. Federico Manzano Sancho:



    

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D. Bartolomé Soto, en una de los escritos de su blog CRÓNICAS DEL VIENTO SOLANO, titulado INTRODUCCIÓN A LA CRÓNICA SOBRE LA GUERRA CIVIL EN CAMPILLOS , se refiere al cambio de las lápidas, citando a D. Diego Moreno Jordán:

 

 


"DIEGO MORENO JORDAN (1927), era hijo de D. Diego Moreno Casasola, abogado y Juez Municipal de Campillos. Era el mayor de tres hermanos. Su padre fue asesinado el 26 de julio de 1936 cerca de Gobantes, a los 42 años de edad. Diego tenía nueve años cuando mataron a su padre.

El siguiente escrito fue publicado en el periódico DIARIO 16, el día 22 de octubre de 1983, con el título «A MI PADRE, NO». En el prólogo, del libro de Alfonso Ruiz, solo reproduje un extracto del artículo. Aquí lo expongo íntegramente. Agradezco a Noelia Rodríguez el haberme proporcionado dicho artículo.

DIEGO MORENO JORDÁN

«El día 16 de agosto de 1976, la Cruz de los Caídos de mi pueblo —Campillos— fue objeto de una «reconversión»: las dos lápidas en que estaban escritos los nombres de los «caídos» en uno solo de los bandos de la guerra civil fueron sustituidas por otras dos; en las que constaba una leyenda —«Campillos, a todos los muertos en la guerra»— y campeaban unos versos de José María Hinojosa, poeta campillero de la generación del 27, fusilado por los «rojos», y otros de Miguel Hernández, cuyo nombre no reclama mayor precisión.

Lápidas

La decisión fue tomada por un Ayuntamiento, aún no democrático, pero si compuesto por personas racionales, sensibles y generosas, y contó con la aprobación de todos, salvas las excepciones de rigor. Bueno, pues en las lápidas desterradas estaban escritos los nombres de mi padre y de hasta 23 parientes míos, en mayor o menor grado. Ni qué decir tiene que la decisión municipal contó con mi aplauso.
Mi padre fue fusilado por los «rojos». Naturalmente, yo no puedo justificarlo, porque pienso que la muerte no debe darse ni al más consumado criminal; porque mi padre no la merecía y porque no la sufrió en cumplimiento de sentencia: fue simplemente «paseado». También otros fueron pasados por las armas, no precisamente por los «rojos», ni todos tras un juicio.
Siempre he pensado que, si bien la muerte de una persona no se justifica nunca, en ocasiones la actitud de alguna clase que se produce de manera injusta, frívola o provocadora, determina irracionalidad en la clase a quien toca el papel de víctima, hasta el extremo de llevarla a vengar en los individuos de aquélla las culpas, negligencias o errores de su colectivo, creador de una situación injusta. Nadie personalmente me parece culpable. Todos, si no se aplican a cortar la espiral de la venganza. Por eso, a mí no me costó ningún trabajo perdonar —y hasta comprender— a los que mataron a mi padre. Por eso y, porque en mi niñez, pude observar cómo los criadas de mi casa o las de mis amigos eran obligadas a ir a misa, a aprender el Ripalda y a prescindir del maquillaje, pero no supe de ninguna que hubiera sido enseñada a leer.
Ahora quieren beatificar a los «mártires de la Cruzada». Por Dios, a mi padre, no. Como su hijo y heredero pido formalmente que nadie sea osado de tomar su nombre como signo de división entre un español y otro español. Que ya está bien de muertos, compañeros. Y de santos. Tengo para mí que, si en el martirologio constituyen mayoría los clérigos, monjes, frailes, religiosos y grandes de este mundo, acaso porque sus amigos tuvieron medios para conseguir su canonización, en la vecindad de Dios tienen mejor sitio los pobres, los trabajadores, los pacíficos —ellos verán a Dios—, las madres de familia, los que padecieron persecución por la justicia... Y que más de un poderoso habrá escuchado o tendrá que escuchar: «Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes durante la vida y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado y tú atormentado.» Estoy persuadido —y no quiero ser temerario ni faltar a la caridad— que acaso más santos haya entre las víctimas de los nacionales que entre los «mártires de la Cruzada», acaso porque, entre éstos, no demasiados merecieran escuchar el «ven, bendito de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer, anduve desnudo y me vestiste, estuve en la cárcel y me viniste a visitar…»

Perdonar

En cuanto a mí, espero que mi padre —y yo en su día—, si no entre los ciento cuarenta y cuatro mil sellados, si tengamos un lugar entre la «gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua», que en Patmos vio San Juan «en pie, delante del trono de Dios y del Cordero». Por ello no quiero que ni su memoria, ni mi palabra, ni mis actos, ni, en cuanto pueda, los de mis hijos sirvan, siquiera sea por negligencia o error, para dividir aún más a los españoles, a cuya división no contribuyeron en poca medida quienes más obligados estaban a recordar el deber de perdonar hasta setenta veces siete, y a no olvidar que el juicio pertenece a Dios»."

***** 

 

 

 

 
 "A mi padre, no". D. Diego Moreno. Diario 16. 22 de octubre de 1983.

 

 

 "Para finalizar esta Crónica, quiero hacer una serie de consideraciones sobre las dos lápidas que había a la espalda de la Cruz de los Caídos, a las que se refiere Diego Moreno Jordán en su artículo «A MI PADRE, NO».




En estas lápidas, como dice Diego Moreno, «estaban escritos los nombres de los «caídos» en uno solo de los bandos de la guerra civil fueron sustituidas por otras dos; en las que constaba una leyenda —«Campillos, a todos los muertos en la guerra»— y campeaban unos versos de José María Hinojosa, poeta campillero de la generación del 27, fusilado por los «rojos», y otros de Miguel Hernández, cuyo nombre no reclama mayor precisión».


Estas lápidas fueron sustituidas el 15 de agosto de 1977, por dos nuevas.


La leyenda de una de las nuevas lápidas ponía: «CAMPILLOS A TODOS SUS MUERTOS EN LA GUERRA DE 1936 – 39» «15 DE AGOSTO DE 1977»

Los versos que se reproducían en la otra lápida, eran uno de Miguel Hernández, perteneciente a la «Elegía por Ramón Sijé»:

No hay extensión más grande que mi herida.
Lloro mi desventura y sus conjuntos.
Y siento más tu muerte que mi vida

Y otro de José María Hinojosa, del poemario «La sangre en libertad»:

Por qué evitó tu mano unirse con mi mano
y por qué en nuestros labios no cuajaron panales…
Cuando en mi cuerpo ardían los muros de mi cárcel,
y ahora mi cuerpo es fuente por sus cuatro costados,
de donde brota el agua y manan libertades



Continúa diciendo Diego Moreno Jordán: «La decisión fue tomada por un Ayuntamiento, aún no democrático, pero si compuesto por personas racionales, sensibles y generosas, y contó con la aprobación de todos, salvas las excepciones de rigor».

Dicho Ayuntamiento “aún no democrático”, según lo denomina Diego Moreno, estaba presidido por D. César Rodríguez Docampo, alcalde de Campillos desde el 25 de enero de 1976, dos meses después de la muerte de Franco.

La elección de César R. Docampo, fue todo lo democrática que, en aquellos momentos tan difíciles, podía ser.

El día anterior a la muerte de Franco, se había aprobado en las Cortes la Ley 41/1975, de Bases del Estatuto de Régimen Local. Ley con la que se quería reformar el funcionamiento de los municipios, dando un impulso a la participación ciudadana, y que, en su Base Quinta, hablaba de cómo debía realizarse la elección del Alcalde:

1. El Alcalde será elegido mediante votación, secreta efectuada por los concejales del Ayuntamiento. Serán proclamados candidatos los vecinos de la localidad que lo soliciten de la Junta Municipal del Censo y reúnan alguna de las condiciones siguientes:

1ª. Ser o haber sido Alcalde o Concejal del propio Ayuntamiento.
2ª. Ser propuesto por vecinos incluidos en el censo electoral del respectivo Municipio en número no inferior a mil o al 1 por ciento del total de electores.
3ª. Ser propuesto por cuatro Consejeros locales del respectivo Consejo Local del Movimiento.

Con esta nueva Ley de Bases, el 10 de Diciembre de 1975, Fraga Iribarne, ministro de Gobernación, convoca elecciones a todas las alcaldías de España para el día 25 de enero de 1976. De esa forma daría comienzo la Transición en todos los pueblos de España. Ahora está de moda desmontar la Transición, entre los que no lo vivieron entonces. No conocieron lo difícil que era aquello y la buena voluntad de todos porque todo funcionara.

César R. Docampo, pudo salir elegido como alcalde de Campillos, gracias a la ayuda decisiva de dos personas. Por una parte Paco Ruiz Padilla, que consiguió las firmas de los cuatro Consejeros del Consejo Local del Movimiento necesarias para poder presentarse, y por otra parte de Francisco Caballero Mesa, que convenció a siete de los nueve concejales que formaban la Corporación municipal para que le votaran.

A los pocos días de ser nombrado alcalde, una de las primeras decisiones que tomó, fue retirar la placa en mármol, que había en antiguo edificio del Ayuntamiento, sobre la pared que daba a la calle Santa Ana, que conmemoraba la entrada de las tropas del general Varela, el 13 de septiembre de 1936, en Campillos.



El acuerdo del pleno en el que acordó el cambio de las lápidas tiene fecha del lunes 27 de junio de 1977. Hubo un gran consenso para ello, incluso con el visto bueno de D. Federico Manzano Sancho, que era el alcalde que erigió la Cruz y las lápidas.

“Apruebo y me agrada este acuerdo, así como el día en que lo realizan, que contribuye a la paz y concordia entre todos”

Las lápidas antiguas se cambiaron por las nuevas el día 15 de Agosto de 1977.

Posteriormente, durante la etapa de D. Pedro Benítez como alcalde, el monumento de la Cruz fue derribado, las nuevas lápidas fueron desmontadas y trasladadas al Cementerio Municipal, donde hoy se ubican.

CÉSAR RODRÍGUEZ DOCAMPO

César R. Docampo, con atrevimiento y valentía asumió importantes retos para sacar a Campillos de la sombra de la dictadura, y liderar en el pueblo un cambio que ya avanzaba por todo el país.

Con estos actos simbólicos de retirar la placa de la calle Santa Ana, y de cambio de lápidas en la Cruz de los Caídos, Campillos comenzó a recorrer el difícil camino de la reconciliación y la democracia."
 
 
D. Bartolomé Soto. CRÓNICAS DEL VIENTO SOLANO. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Tras la Festividad de Todos los Santos de este año 2025, me acerqué por nuestro Cementerio y pude comprobar que había una corona de flores en las Lápidas en memoria a todos los muertos de Campillos en la guerra, puestas por el Ayuntamiento de Campillos el 15 de Agosto de 1977. Una sola corona había allí, del Partido Popular de Campillos, con flores de los colores de la bandera de España. A escasos metros, en el lugar donde recientemente se abrió una de las fosas comunes, había colocada otra corona, ésta de Izquierda Unida. Al lado de ésta, en un pequeño monolito de piedra cuya inscripción reza “Mártires Anónimos”, estaba colocada una tercera corona de flores, del Partido Socialista Obrero Español.

Han pasado 48 años desde que el Ayuntamiento de Campillos, en un ejercicio de valentía y humanidad, decidió dignificar a todas las víctimas y muertos de la guerra en nuestro pueblo (a todos los muertos, no sólo a los caídos en el frente, también a todos los asesinados en la retaguardia, por ambos bandos) y resulta del todo incomprensible ver y comprobar la división que existe hoy (representada por las coronas de flores) entre los partidos políticos y la ausencia de flores del Ayuntamiento y del resto de los partidos políticos en el único monumento de Campillos que recuerda y dignifica a todos los muertos por igual. Este tipo de gestos evidentes, el de las coronas de flores, no hace sino confirmar que hubo más humanidad y sentido democrático, con respecto a los muertos de la guerra, en los años de la Transición que en los tiempos que vivimos ahora. Dado que ahora sí estamos en un Estado democrático, cobra más sentido el deber jurídico y moral de honrar a todos los muertos y no dividirlos según ideologías ni bandos buenos y malos. Un Ayuntamiento verdaderamente conciliador y justo no puede organizar unas Jornadas de Memoria Histórica en las que se silencien e ignoren (como si no hubieran existido) los asesinatos de más de sesenta civiles (ejecutados y cuyos restos fueron quemados) como si esas víctimas no fueran dignas de ser reconocidas por las autoridades actuales del pueblo en que nacieron y murieron. Este tipo de gestos no contribuye en nada al desarrollo de las libertades ni a la verdadera historia de nuestro pueblo.

 

 





 

 

 



 

 

Alguien dijo: “Allí donde la toques, la memoria duele”. Se trata de los muertos, mejor dicho de “nuestros muertos”. Ni unos pueden ser los únicos elegidos para ser elevados a los altares ni otros han de caer en el olvido por parte del pueblo que los vio nacer y morir. Si algo tiene de verdad esta maldita memoria es que ha ocasionado muchísimo dolor en todas las familias españolas. Dentro de un año se cumplirán noventa años del inicio de la guerra civil. Nuestro deber, como seres humanos, es y será cubrir de rosas a todos y cada uno de los muertos, honrar sus memorias y desear, desde lo más hondo de nuestros corazones, que cualquier atisbo y palabra de odio sean convertidos, urgentemente, en sentimientos de paz y serenidad. Nuestra sociedad y las generaciones venideras lo agradecerán y aplaudirán.

 

Noelia Rodríguez-Docampo Padilla.-