"Y transcurrieron los días. Y los años.
Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez.
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martes, 1 de noviembre de 2022

LA SANTA COMPAÑA O EL PÁNICO A LA MUERTE

 ¿Quién sabe si vivir es lo que llamamos morir, y si morir es vivir?

EURÍPIDES.

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Estos días de otoño, de entre finales de octubre y primeros de noviembre, nosotros, seres mortales, nos acercamos más a la muerte, los difuntos y los cementerios que en todo el resto del año.  Incomprensiblemente muchos critican las fiestas de Hallowen, por ser más "paganas" que la tradicional del Día de Todos Los Santos, cuando ambas festividades están basadas en lo mismo: rendir homenaje y tributo a nuestros muertos. El hombre es un ser funerario, desde que habitaba en las cuevas ya enterraba a sus muertos. Y ese respeto y tradición de honrar a los ancestros lo realizaban los druidas ya hace más de tres mil años, con el "Samaín", antecedente del actual Halloween, aunque menos grotesco y comercial, desde luego. En esa noche sagrada, las puertas del Más Allá se abren para que los muertos visiten el mundo de los vivos. Otras dimensiones, de las infinitas que existen en la inabarcable y profundamente misteriosa realidad que nos rodea. En estos días, conectamos más con ellos. Pero esto debería ser algo más habitual y no es así, porque nos han educado en el miedo a la muerte. La sociedad en la que vivimos nos ha inculcado el pánico a la muerte. No hay más que ver, estos días, el espectáculo de sangre y terror en que se ha convertido Halloween, máxima degradación del antiguo Samaín.  El escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez, en su novela más conocida, "El Bosque Animado", nos deleita en uno de sus capítulos ("Primavera en el pazo") narrándonos la historia de fantasmas más conocida de todas, la leyenda de la Santa Compaña, quizás la más extendida de la cultura celta y no exclusiva de tierras gallegas. He aquí el extracto del capítulo donde se nos habla de esta fantasmagórica procesión de almas en pena. En este capítulo, la leyenda es utilizada para amendrentar a unos mozos, con la intención de asegurarse que no salgan por la noche en busca de su amada Gudelia, extraña mujer  de endiablado perfil, con encantos de sirena, y cuyos numerosos amantes acaban todos rápidamente en trágico final:

 

 

 "(...)Le abrumaban el cansancio y el sueño. El molinero y los mozos sospechaban que venía huyendo de la justicia, y uno de ellos le habló:

-Parece haber andado muchas leguas, homiño.

Él asintió con la cabeza y, acaso irritado por su mudez, otro mozo insinuó con socarronería:

-Diríase que no le gusta caminar por las carreteras donde anda la guardia civil.

-¡Ojalá fueran esos mis enemigos -dijo entonces el hombre-, pero hay otras desdichas terribles de las que un cristiano no encuentra lugar donde esconderse sobre la tierra!

Tenía el acento cantarín de los montañeses de Orense. La inmensa tristeza de su voz sobrecogió a los mozos y ya no volvieron a molestarle.

-Mala noche hará hoy -profetizó uno de ellos para cambiar de tema.

-Peor de lo que nadie supone -intervino tío Pedro, que vio la ocasión de iniciar su propósito-, porque anda por aquí la Santa Compaña, que ayer vi yo sus luces desde el pazo, y esta cerrazón y este viento son lo más propicio para sus salidas.

Un aldeano quiso fanfarronear.

-¿Y usted la vio, don Pedro?

-Como te veo a ti -mintió-. Pasó lejos, pero la distinguí bien. Era una larga hilera de fantasmas blancos y cada uno llevaba una tea en la mano. Muchos hombres han perdido su paz y hasta su alma por no creer en estas cosas que son misterios que nunca podremos comprender. Lo que os aseguro es que yo no me tengo por un cobarde, y sin embargo, por nada del mundo andaría en una noche como la de hoy por los caminos.

-Pero dicen que si al encontrar a esas almas en pena se les ofrece una misa... -comenzó a decir el novio de Gudelia.

-No hay misa que valga, Andrés -siguió tío Pedro-; ni sirve ocultarse tras un vallado ni meterse tras de las matas. Ellas te ven, hagas lo que hagas y estés donde estés, siempre que sea en su camino. Entonces no hay salvación para ti. La procesión no se detiene nunca, pero el último fantasma de la hilera se acerca a ti, en silencio, te pone una luz en la mano y has de seguir detrás de ellos hasta el amanecer, una noche y otra, por valles y por montes, pasando ríos y bosques, hasta que alguna vez encuentres en el camino otro mortal al que entregar la tea. Sólo entonces quedas libre.

Las sombras comenzaban a hacer más viva la luz de la hoguera. Un vago malestar se extendió sobre el grupo.

-Todas las noches -continuó tío Pedro-, el desdichado que encontró la Santa Compaña es llamado irresistiblemente por ella. Sonarán unas campanas que nadie oirá más que él, y un vendaval agitará la casa donde se esconda. Entonces, irresistiblemente, saldrá a incorporarse a la ringlera y a caminar desesperado, lleno de horror con aquella compañía de difuntos, sin poder escapar ni descansar, ni aun desmayarse.

Parece que tío Pedro contó todo eso aún con más impresionantes palabras y describió minuciosos espantos y fingió él mismo sobrecogerse ante tan tremenda realidad, aunque verdaderamente no sólo se había burlado de las supersticiones aldeanas, sino que su descreimiento se extendía, por desgracia, a más graves asuntos que atañían a la verdadera fe. Pero él pretendía impresionar a sus oyentes, cuya propensión a lo sobrenatural conocía, para conseguir que el novio de Gudelia renunciase aquella noche a ir hasta Vos. El pobre hombre estaba acaso en la lucha entre el amor y el miedo, contemplando el fuego cavilosamente. Los demás mozos sentíanse llenos de un temeroso respeto hacia los enigmas que llenan de pavor la sombra de las noches. El desconocido, más hondas las arrugas de su rostro color de tierra, no podía apartar de tío pedro los ojos espantados entre el ribete de sangre de los párpados. Cuando los mozos le sirvieron más vino, lo bebió suspirando y sus manos temblaban.

-¿ No podría dormir hoy aquí -pidió-, en cualquier rinconcito?

Y como el molinero vacilase:

-¡Hágalo por sus difuntos! -suplicó.

Le otorgaron permiso. Tío Pedro marchó disimulando su contento, seguro de que Andrés no se atrevería a aventurarse por la lobreguez de las corredoiras, porque los fantasmas del miedo, si no en los caminos de la aldea, estarían ya haciendo la ronda en su propia alma.

Ya había cerrado la noche y tenía mucho que andar y por malos senderos, pero no era la primera vez que emprendía semejantes paseatas y por devaneos que no le interesaban tanto. No llovía. El viento no dejaba parar a las nubes cargadas de negrura y de agua. Al entrar en los pinares que circundan la aldea de Vos, la noche de hizo más espantosa, porque los pinos silbaban y se entrechocaban como si se estuviesen batiendo. Las piñas verdes, desprendidas, caían y rebotaban en la oscuridad, cerca y lejos, y era allí donde la fueria del huracán parecía más enloquecida.

Nuestro tío don Pedro iba, sin embargo, feliz porque pensaba en tener pronto junto a sí a Gudelia y en reir juntos de la estratagema empleada, aunque no hay que creer que dedicase a reir demasiados minutos al lado de una mujer tan hermosa. Pero de pronto se paró. Acababa de distinguir un resplandor que se acercaba desde lo profundo del bosque. Y aquel resplandor fue avanzando, avanzando, y tío Pedro pudo ver una hilera de espectros envueltos en blancos sudarios para los que no parecía existir el viento, porque caían en blandos pliegues que sólo alteraba el andar. Cada fantasma llevaba en su diestra una antorcha encendida, y al moverse entre los pinos, la larga sombra de los troncos giraba y se extendía como si quisiese huir.

Pasaron tan próximos a él, que tío Pedro pudo ver, a la luz que portaban, la calavera de cada aparecido, alguna podrida ya por la humedad de la tumba, otras con los dientes mellados en la amplia hendidura, y las cuencas llenas de sombra y de tierra, que parecían ver con ojos que ya no existían. Pero ninguno miró hacia él. Las antorchas avivaban su llama con el vendaval y semejaban ligarlos a todos con una cadena ininterrumpida de humo. Iban a distancia igual, uno detrás de otro y no había obstáculo que los desviase. Don Pedro se dio cuenta de que no era una alucinación provocada por sus historias de miedo en el molino. Parece que pensó, aterrado, en que jugara, sin saberlo, con la verdad. En esto, el último fantasma separóse de sus tétricos compañeros para acercarse a él y le ofreció su tea encendida. Con más horror que si tuviese ante sí un esqueleto, don Pedro vio el rostro humano color de tierra, inmensamente fatigado, y los ojos vivos, lleno de espanto entre los párpados sanguinolentos, del desconocido viajero del molino. 

Una fuerza sobrenatural le hizo coger la antorcha y le arrastró hacia la caravana de las almas en pena, ocupando en la Santa Compaña el lugar del labriego. Lo último que oyó fue un suspiro profundo, como si un alma vaciase en la noche todo el horror que pudiese causarle una visita al infierno.

- ¡Oh, tía Emilia  -exclamó Rosina- , si recuerdo después esta historia, no podré dormirme! Pero te agradezco que me la hayas contado a la luz del sol. 

- Se supo  -prosiguió doña Emilia-  que el desconocido venía huyendo de su tierra por creer que así podría escapar a la Santa Compaña en la que había caído, pero no sabía que en tales casos es inútil hasta el atravesar los mares más anchos, y no quedó libre sino en el momento en que pudo poner en otra mano la luz que llevaba en la procesión de las ánimas. Como le sucedió a tío Pedro. Cada noche sonaban las campanas de la parroquia, aunque nadie más que él las oía, y una larga ráfaga pasaba rozando las ventanas del pazo. Era la señal, y tío Pedro se lanzaba la noche, como un hipnotizado, sin que ninguna precaución pudiese evitarlo. Hizo cerrar por fuera la puerta y la ventana de su dormitorio, que era el cuarto más alto de la torre, y no obstante, salió, sin saber él ni nadie por dónde. Si sus noches eran demoníacas, imaginaos cómo eran sus días, pasados en la angustiosa espera de aquel inesquivable tormento. Casi un mes vivió así. Al fin un día se sintió inexplicablemente más tranquilo, y aquella noche no sonaron para él las campanas de la señal. Comprendió que había dejado ya un desdichado sucesor en la Santa Compaña, sin que pudiese saber cómo ni a quién, porque los que van en ese peregrinaje macabro no se acuerdan de nada después y sólo conservan el malestar de una pesadilla. 

Desde entonces cobró horror a la oscuridad y no salió del pazo en cuanto el sol no alumbraba, en los pocos meses que aún vivió (...)"



 

 

Vemos cómo se santiguan, echándose agua bendita, las devotas mujeres en esta escena de arriba de la película de Jose Luís Cuerda, basada en la novela de W. F.F., cuando hablan entre sí de la Santa Compaña. La Iglesia, desde hace siglos y hasta hace poco, ha utilizado la muerte como arma muy eficaz para controlar (y recibir generosas prebendas, a través de las indulgencias para las ánimas del Purgatorio) a sus fieles. El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte, se nos imponían indecorosa e impunemente ante cualquier sospecha mínima de pecado. Una vez más, la muerte como arma para crear miedo.

Dijo Cicerón que "filosofar no es sino prepararse a morir". La máxima sabiduría seguramente esté en enseñarnos a no temer el morir y, desde luego, cambiar nuestra manera de abordar todo lo relacionado con la muerte y tratarla como algo natural, consustancial a la vida. Por eso, deberíamos ser más receptivos a querer que los espíritus de nuestros queridos familiares difuntos nos visiten,  en los cementerios ya sólo quedan los restos de una carcasa, el alma voló a su destino y, de vez en cuando, regresan a visitarnos, mientras sigamos vivos. Los muertos no deberían dar miedo a nadie sensato. De quienes realmente hemos de huir no es de los muertos, sino de los mortales y del odio que éstos pueden generarnos, pura energía negativa que sólo existe entre los vivos, y que puede convertir nuestra existencia en un infierno, el mismo en el que, todas las noches, en determinados lugares, procesionan  las almas en pena de muchos seres desgraciados.

 

 

 https://www.mtmad.es/mileniolive/milenio-live-tierra-santa-compana_18_2759955001.html

domingo, 23 de agosto de 2020

NOS IREMOS, PERO LA MADRE NATURALEZA SEGUIRÁ VIVA.

 Y yo me iré.
Y se quedarán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez.


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Regreso a este minúsculo lugar cibernético, deseando a todos mi amigos lectores que gocen de buena salud, tanto física como espiritual. Sin duda, la pandemia de coronavirus que tan gravemente ha afectado a todos los seres humanos de este planeta, ha cambiado enormemente nuestros esquemas vitales y circunstanciales. El mundo, nuestro mundo, ya no será el mismo, para nosotros. Pero, curiosamente, en estos días, he podido comprobar cómo la Naturaleza ha recobrado vida, en contra de los humanos. Nunca había visto a la golondrinas volar por las calles vacías, con tanta libertad.Hasta los jabalíes se han aprovechado del vacío de las carreteras y se han lanzado a recorrerlas, sin miedo. Después de todo, esta pandemia que estamos sufriendo nos está enseñando que el hombre no es el animal más fuerte de la naturaleza. La madre Naturaleza no tiene sentimientos y lo ha demostrado infinidad de veces, en que se ha mostrado despiadada y mortal. El escritor gallego Wenceslao Fernández-Flórez, autor de "El Bosque Animado" y de "Volvoreta", entre otras muchas obras, publicó en los inicios de su carrera literaria un artículo destinado a desprestigiar a la Madre Naturaleza. Lo publicó años antes de su famosa novela "El Bosque Animado", en la que se produce lo contrario, una vuelta al vientre de la Madre Tierra. En su artículo, W. Fernández-Flórez ve al hombre como el ser más maltratado, de entre todos los seres vivientes, por la Madre Naturaleza. Después de todo, y viendo cómo está afectando al planeta la crisis mundial de la pandemia actual, quizás sean ciertas las teorías defendidas por el científico británico James Lovelock, en 1969, acerca de Gaia.





 LA MADRE NATURALEZA
W. Fernández Flórez. 
Artículo perteneciente a la obra "Las gafas del diablo". Espasa Calpe, Austral, 1956.


"El que tenga alguna deuda de gratitud o una gran admiración por la madre Naturaleza, que no lea estas líneas, porque pienso consagrarlas a decir unas cuantas verdades en su desprestigio. La madre
Naturaleza tiene, desde hace muchísimos años, una de esas brillantes reputaciones convencionales que nadie se atreve a atacar; y es preciso que alguna voz se alce contra ella. No me explico cómo en estos tiempos en que el mayor placer y la preferente ocupación de los hombres es destruir famas, no hay quien intente conmover la de la Naturaleza. Por el contrario, gran número de hombres de ciencia y de poetas consagran sus energías a exaltarla.
Yo no me resisto a reconocer que esta admiración tiene un remoto origen justificado. En los albores de la Humanidad, cuando el hombre andaba por las selvas, hambriento y desnudo, y encontraba de pronto una caverna donde guarecerse y un árbol cargado de fruta, imaginaba, en su inocencia, que aquello lo habían colocado allí para su salvación y regalo, y mientras se tendía sobre el blando suelo y clavaba los largos dientes en el fruto, debió de decir por vez primera esta frase que después ha venido repitiéndose insistentemente, ya sin ser meditada:

"¡Qué sabia es la Naturaleza!"

Y así, cuando salió el sol para calentarle, y cuando se abrigó con la piel de una oveja, y cuando vio a la gallina prestar su fiebre a los huevos para que surgiesen los pollos que habían de ser después suculento manjar.
Pero, en rigor, eso no era que la Naturaleza cuidase del hombre, sino que el hombre se acomodó como pudo a la Naturaleza. Ahora que se fabrican camas y que hay múltiples sistemas de calefacción, y que existen en Tarrasa fábricas de paños y que hasta se han inventado incubadoras, es cuando debiéramos comprender que la Naturaleza no nos ha hecho ni aun uno de esos menudos favores con los que un cacique consigue que se le alce una estatua. Por el contrario, gozamos y vivimos a pesar de la Naturaleza, que hace todo lo posible para que sucumbamos.
¿Hay algo más absurdo que nuestra propia configuración? ¿Por qué los dos ojos han de estar en la cara, impidiéndonos ver lo que ocurre a nuestras espaldas? ¿por qué no tenemos otros dos brazos hacia atrás? ¿Por qué nuestra venida al mundo ha de ocurrir de una manera tan brutal y dolorosa, en vez de desarrollarse como la de las plantas, por ejemplo? ¿No resultaría más cómodo nacer por semilla? Pero esta materia nos llevaría muy lejos. Prefiero continuar desarrollando el tema con mayor abstracción para convencer a las gentes de que la Naturaleza se ha portado siempre muy mal con el hombre. Mejor pudiera decirse que la Naturaleza no ha contado nunca con el hombre. En realidad, cuando la Naturaleza hizo sus cábalas, pensó en la piel de los osos, en las alas de las aves, en los cuernos de los bisontes, en las garras del león, en los aguijones de las avispas; defendió mal o bien a todos los animales; les dio albergue, comida, bebida y traje. Satisfecha ya, entregóse al narcisismo. Se embriagaba de felicidad viendo renacer las flores en primavera y oyendo el canto feliz de los pájaros, y presenciando la perezosa vida del gato montés y la potencia gástrica de los tiburones. La Naturaleza es el Narciso de la Mitología. Está tan orgullosa de sí misma, tan satisfecha de su obra, que no se corrige ni se rectifica jamás. Pero, de improviso, vio nacer al hombre. La excelente matrona quedó verdaderamente confusa.
"¡Ta, ta, ta! -se dijo-. He aquí un nuevo ser que viene a trastornar mi labor con sus necesidades y su esencia. El caso es que ha llegado tarde. Si yo quisiera atender sus exigencias, tendría que rehacer por completo el mundo. Tal y como está hoy la Tierra, no hay posibilidad de que produzca casas de varios pisos con calefacción interior, fuentes de aperitivos, minas de calzado, tantas y tantas cosas como serían precisas..."
Meditó más aún, y decidió, con un encogimiento de hombros: "Que se arregle como pueda". Y el hombre comenzó a sufrir los grandes terrores, las terribles hambres de la edad prehistórica. La hiena le expulsó de las cavernas donde quería dormir; las formidables invasiones de hielos le herían en su cuerpo desnudo; comía hierbas y padecía del corazón entre tantos peligros. Tuvo que aguzar el sílex para defenderse y edificar sobre las lagunas y bajo la tierra su insegura vivienda, e ir, en fin, haciendo la lenta conquista de una comodidad, que todavía no ha alcanzado, a fuerza de dramas y de artificios.
La familia ha sufrido terriblemente las consecuencias de ese desamparo en que la Naturaleza nos tiene. La Naturaleza ha previsto las contingencias familiares para todos los seres menos para el hombre. Ha hecho, por ejemplo, prolíficos al conejo y al ratón, pero, al mismo tiempo, les ha provisto de la facultad de devorarlo todo. A un ratón le alimenta lo mismo un libro, que una viga, que un queso. Así se pueden tener hijos. Basta decirles, sencillamente: "Comed todo lo que veáis".
Un elefante, una ballena, necesitan gran cantidad de alimento y cierta clase de alimento. Y su reproducción es mesurada. En cuanto a las aves, son afortunadísimas, porque se les reserva el derecho de tener los hijos que les dé la gana. Nada hay que obligue a una gallina a acostarse encima de un número fijo de huevos. Si quiere, se acuesta sobre doce; si quiere, se acuesta sobre uno, y si le repugna la familia, puede muy bien destinar sus huevos a la venta pública para la fabricación de tortillas, flanes, y otros productos que aumentan su reputación y la estima en que se la tiene. Pero, en cualquier caso, estos animales ven facilitados por la misma Naturaleza los leves deberes de su paternidad.
El ser humano no está en esas condiciones.
Los descendientes de los insectos, de las aves, de los cuadrúpedos, encuentran por sí mismos fácil colocación. En la especie humana -exceptuando a los hijos de los políticos- hace falta velar incesantemente por la prole. Para ello hay que trabajar. Nadie trabaja en el mundo más que el hombre, entendiéndose por trabajo la labor reflexiva, guiada, no por el instinto, sino por las artes o por las ciencias. La sociedad, que ha elevado esta desgracia a la categoría de virtud, dicta leyes contra los perezosos y, recientemente, por boca de un filósofo, vaticinó que en un futuro no lejano expulsaría a los vagos de su seno.
Me gustaría saber cómo se va a arreglar la sociedad futura para expulsarnos. Expulsarnos, ¿de dónde? Expulsarnos, ¿a qué lugar? ¿Se cree, quizá, que trasladarnos de Europa al África o de América a Oceanía es verdaderamente expulsarnos? Apenas es cambiarnos de sitio, y eso nos es igual. Nosotros dormiremos lo mismo en Madrid que en Colombia, y nuestros brazos inactivos se abrirán para desperezarse tanto en la Australia como en Chipre.
Pero..., aun en el caso de que acierten a trasladarnos a otro planeta, ya veremos qué es de la sociedad futura sin nosotros. Se afirma que el tipo útil, conveniente, es el ciudadano de Norteamérica. Bien; mas ¿qué es el ciudadano de Norteamérica? Un ser que trota por las calles, sube a un tranvía, vuela en un automóvil, se hunde en un tren subterráneo, circula en un ferrocarril aéreo, come de prisa, tortura sus orejas con la aplicación incesante del teléfono, entra en la cama corriendo, duerme atropelladamente y se levanta con urgencia. No goza de la vida, a diferencia del vago, que, en lo posible, dentro de la tiranía de Natura, la saborea largamente. Esta es la verdad y mucha gente se está convenciendo de ello. Un político francés aseguraba, dos años después de firmada la paz, que el mundo era invadido por una ola de pereza. ¿Por qué triunfó, en efecto, cierta laxitud sobre los humanos? Seguramente tratóse de una reacción provocada por la guerra y sus derivaciones. En nombre de la civilización -que es trabajo incesante- se le han pedido al hombre sacrificios superiores a sus energías. Cuando pudo reflexionar, libre de la tiránica disciplina de las trincheras, el hombre pensó, en su subconciencia, que la civilización no le procura tantas ventajas como sacrificios. Desde que uno nace, la civilización se apodera de él y le dedica al trabajo; nos obliga a pasar los días en la escuela; después en la oficina, en el taller, en el gabinete de estudio; nos manda ir a matar, o ir a despachar expedientes...Muy tempranito va a llamarnos al lecho y no nos deja de fastidiar hasta que volvemos a caer rendidos entre las sábanas. Son muchos los hombres que experimentaron agudos deseos de encararse con la civilización para preguntarle:

-¿Cuándo vivimos?

Y la civilización ha contestado apresuradamente:

-Los domingos.

Sin embargo, los hombres desearían vivir algún día más que el domingo. El trabajo es demasiado tedioso, y, a la larga, concluye uno por creer que ha venido a este globo tan sólo para ser auxiliar de una pluma estilográfica, o de un martillo, o de un bisturí. Entonces nace el odio contra todos esos instrumentos, y las gentes más serias sueñan con tumbarse al sol y beber agua de los regatos, y alimentarse con granos y raíces y vestir pieles de animales.
En el mundo ha habido muchas civilizaciones que se extinguieron de un modo misterioso, sin dejar ni noticia de sus adelantos. Aristóteles ha afirmado gravemente que "las ciencias y las artes se han perdido más de una vez". ¿Cómo puede ocurrir esto? Los hombres trabajaban afanosamente; habían descubierto la manera de matarse a distancia y la de andar por lo alto, entre las nubes, donde ciertamente no tenían nada que hacer, habían escrito numerosos tratados de Filosofía y de Sociología, todos contradictorios, y estaban pálidos y arrugados.
Y un día, por cualquier causa, pensaron: "¿Para qué es todo esto?"
Fue como si despertasen en una estancia desconocida. Abandonaron sus labores, tornaron otra vez a la vida simple y lógica de los vagos, y olvidáronse de todo lo anterior.
La pereza es la protesta de un instinto humano que sabe que no hemos nacido para trabajar. Los libros sagrados nos dicen bien claramente que Dios no nos creó para que soportásemos ni aun la jornada de seis horas, y si después se modificó esta situación privilegiada fue porque nos maldijo en la persona de Adán. Pero el mundo está fatigado, envejecido, triste. Cree que ya ha expiado suficientemente la culpa. Y tiende a ir a la huelga de brazos caídos contra esa maldición.
Afirmaré todavía que el vago es inmensamente útil. Suprimid el vago, y desaparecerán con él los casinos, los cafés, los ministerios y las cámaras legislativas; todas las fábricas de fichas de dominós se arruinarán, y perderemos los amigos más encantadores.
Es tan fácil demostrar que, por el contrario, el hombre trabajador es funesto a la Humanidad, que desisto de ello. Invito tan sólo a meditar acerca de que es precisamente el hombre trabajador el que encarece los productos aumentando así las dificultades de la vida; el que provoca desórdenes pidiendo que le paguen mejor; el que os empuja en la calle, por la que va siempre con prisa; el que ha impuesto la desagradable costumbre de que los trenes salgan a horas determinadas, invariables, sin admitir espera...Los vagos nunca hubiésemos producido molestias semejantes.
La sociedad se escuda con especiosos pretextos para cohibir nuestra pereza. Usted se encara con la sociedad y le pregunta:

-¿Por qué me obliga a trabajar?

Y la sociedad responde:

-Porque es preciso que seas útil a tus semejantes.

Esto no es así. Muchas personas trabajan incesantemente sin que su labor sea útil a nadie. Una vez vi trabajar a un ventrílocuo y salí de la función hondamente preocupado por el futuro de aquel hombre. Se me había ocurrido pensar:
"Cuando este excelente sujeto comparezca ante Dios, Dios le dirá seguramente: ¿Qué has hecho en la Tierra?"
Y el excelente sujeto no tendrá más remedio que responder: "Señor, yo, por las noches y aun algunas tardes, en sección vermunt, hablaba con el vientre". Entonces se le amonestará por haber dedicado su vientre a funciones que no le competían y habrá de reprochársele también no haber hecho una labor más útil a la Humanidad.
Cuando los sociólogos piensen en el número de hombres que son perfectamente inútiles sobre la Tierra, experimentarán sin duda la misma tristeza que sufrí yo en cierta ocasión mirando unas truchas que nadaban en un río. Una trucha que nada en un río es un ser cuya existencia -desde mi punto de vista, muy distinto al de la naturaleza- no está justificada sino de una manera provisional. Mientras no se deje coger y freir, ¿puede afirmar seriamente que ha cumplido su misión en el mundo? No quiero invadir el terreno de la Filosofía, pero creo poder dar una contestación negativa a esta pregunta que yo mismo me hago y que se habrán hecho, seguramente, todas cuantas personas hayan visto una trucha en libertad, ociosa y lejana.
Sin embargo, no puede hacer muy severos cargos a estas truchas. La verdad es que somos muchísimos los hombres que dejamos pasar la vida sin que, al final de ella, podamos exigir con gran razón la gratitud de nuestros semejantes. Los abogados, los consejeros de Instrucción Pública de España, los dueños y los empleados de los tiovivos...(especialmente esto de los tiovivos es tremendo: obligan a las personas a marchar velozmente, para dejarlas en el mismo sitio, sin que esto les sirva de enseñanza ni de utilidad)...toda esa gente llamada artistas, que pintan, escriben, tocan la flauta o representan comedias...Uno de ellos dijo, para justificarse, que la Naturaleza da el ejemplo, porque produce flores aunque nadie se alimenta con flores. A nadie se le oculta el sofisma. Las flores no son superfluas en la planta, sino que sirven la importante función de reproducir la especie. La utilidad no debe medirse por la suculencia. Está bien que este criterio sea aplicado a la trucha, como acabo de hacer sabiamente en otro párrafo, pero es imperdonable referirlo a los abedules o al bióxido de mercurio.
Debe afirmarse que el artista es un ser de completa inutilidad, tanto con arreglo a mi opinión como a la de los señores que pudiesen desear comérselos. Un ventrílocuo es absolutamente inútil; y si alguna cosa puede haber más inútil para la Humanidad, es, tan sólo, unas cuartillas comentando la inutilidad del ventrílocuo.
Pues bien, ese hombre que no sirve para nada provechoso, tiene su vida más amargada que la de cualquier otro trabajador. Sabido es, aunque algunas personas crean lo contrario, que los muñecos de los ventrílocuos no hablan. El ventrílocuo es el que finge sus voces. Pues, a pesar de esto, todos los ventrílocuos sostienen verdaderas controversias, tremendas disputas con sus muñecos. El ventrílocuo dice a su muñeco:

-Ahora, a cantar.

Parece lógico que el muñeco -esto es, el mismo ventrílocuo- le contestase:

-Con mucho gusto. Bien sabe usted que, si le da la gana, yo canto aquí hasta que huya el último acomodador. Pero el muñeco responde siempre:

-Yo no quiero cantar.

-Tiene usted que cantar; no hay más remedio -insiste hoscamente el ventrílocuo.

-No me da la gana -replica el maniquí.

-Se lo mando a usted -brama el hombre que habla con el vientre.

El muñeco concluye por ceder; pero de todas maneras, el mal rato que pasa su propietario es terrible.
Cuando el doctor Voronoff anunció que podía prolongar la vida y aun la juventud de los humanos, gracias al transplante de ciertas glándulas de secreción interna, quedó abierta ante nosotros esta interrogación: ¿Nos conviene que el milagro se realice?"
Estudiemos el asunto, que tiene con nuestro tema una conexión íntima.
La Naturaleza sufre el grave defecto de la rutina. La Naturaleza no tiene más fantasía que una tabla de multiplicar. El ser de carne y hueso más parecido a esta abstracta entidad es el buen oficinista. La Naturaleza lo ejecuta todo conforme a un invariable plan preconcebido, sin permirtirse la menor alteración, ni el más leve progreso, ni la corrección más sencilla en sus costumbres. Hace que se sucedan las cuatro estaciones en un turno que no cambia jamás, obliga a los seres a reproducirse idénticamente, nos ofrece los mismos espectáculos y los mismos fenómenos... Por nada del mundo toleraría que neciesen fresas en enero, y tendría un disgusto horrible si la vaca pariese un ruiseñor. Ha inventado cuatro o cinco trucos de gran espectáculo, como las tempestades, los terremotos, los volcanes en erupción y las auroras boreales, y los está repitiendo incesantemente desde los primeros años de la existencia, sin alterar jamás el programa.
Su vida, de esta manera, es cómoda, y no tiene que devanarse gran cosa los sesos. Verdad es que ella cuenta con la brevedad de la vida del hombre. Nace el hombre, presencia cinco o seis tempestades, un buen número de puestas de sol -otro truco viejísimo- y unas cuantas sesiones del Parlamento y se muere. Apenas tiene tiempo de enterarse de lo que ocurre a su alrededor; no cesa de alabar los encantos de la Naturaleza...Y la Naturaleza va quedando bien.
Pero supongamos que nuestra vida se prolonga. Que vivimos dos siglos, tres siglos, cinco siglos. ¿Qué ocurrirá? El fraxaso de la Naturaleza será tremendo; la atención curiosa del hombre se fatigará de asistir a los mismos fenómenos. Y un día ya se encararía con su tirana, y diría así:
-Bueno; ya he visto que nieva todos los inviernos y que los árboles se llenan de verdor en la primavera. Ya he oído el trueno y el ruido poderoso de las olas del mar. ¿Qué más tienes que enseñarme?
La Naturaleza le ofrecería un grano de maíz:
-Presencia este prodigio. He aquí un grano. Aguarda unos meses. He aquí la espiga.
Y le diría también:
-Contempla este huevo de gallina. Han pasado unos días. Ahora un lindo polluelo sale de su interior. ¿No es esto incomprensible y magnífico?
El hombre bostezaría para opinar:
-Sí, sí; es, ciertamente magnífico. Pero hace muchísimos siglos que de los granos de maíz salen espigas de maíz, y de los huevos de gallina, lindos polluelos. Me divertiría más que saliesen perritos tonquineses, con la lengua colgando.
-¡Oh -protestaría la Naturaleza-, eso no se puede hacer! Yo soy formal. Yo he contraído el compromiso de que saliesen siempre polluelos de los huevos de gallinas, y jamás saldrán otros seres. Tu exigencia es absurda. ¿Quieres, en cambio, que organice una lluvia de estrellas, un precioso espejismo, un eclipse de sol?
Y el hombre volvería a bostezar, porque todo le era ya conocido. Y sobre la longevidad de los seres, el tedio pondría una pegajosa angustia.
Una vida larga no nos conviene, y acaso tampoco convenga una vida saludable.
Si yo me ocupase ahora de la salud, trataría un tema completamente nuevo. Es seguro que el lector se habrá fijado en que la salud no ha tenido ningún comentarista. Puede decirse que, a pesar de la profunda estimación que le tenemos, la salud no sirve para nada. En cambio, la Humanidad debe un gran número de sus avances, precisamente, a la falta de salud. Acerca de las enfermedades se han escrito millones de volúmenes; grandes sabios, que consagraron su vida a estos estudios, han alcanzado la inmortalidad; infinitos hombres de ciencia consumen su tiempo en la confección de drogas sanitarias...Suprimid las enfermedades y habréis arruinado una industria próspera, habréis obligado al cierre de incontables universidades y privado a la Humanidad de enorgullecerse con la posesión de numerosos sabios.
No tengo inconveniente en demostrar que la salud es un estado negativo. Hagan ustedes el favor de seguir este razonamiento. Así como desatendió nuestras necesidades, así se esforzó la Naturaleza en hacer de nuestro organismo una de sus más maravillosas creaciones. Como no abrigo contra ella ninguna malquerencia inconfesable, me gusta otorgarle justicia. Soy un leal adversario y reconozco que nuestro funcionamiento orgánico es prodigioso. Nadie puede negar que la facultad de ver es asombrosa; y la de gustar, deleitable; y la de andar, utilísima. En cuanto a eso de que la sangre salga por las arterias y vuelva por las venas, es de una habilidad que merece justamente el encomio. Y nunca tendremos bastantes palabras de alabanza para la previsión de esa Naturaleza que nos dotó de jugos gástricos bastante poderosos para diluir dentro de nuestro estómago un bisté de casa de huéspedes.
¿Cómo pudo adivinar la Naturaleza, al crear al hombre, que había de verse forzado a deglutir bistés en casa de huéspedes? Es uno de esos misterios que no podemos averiguar jamás. Pero lo indudable es que lo previó, y por eso se apresuró a dotarnos de ácido clorhídrico, el más enérgico de los mordientes, el que puede atacar al vidrio y corroer los trozos de carne que sirven en las fondas. Si la Naturaleza se hubiese olvidado del ácido clorhídrico, estos trozos de carne quedarían para siempre intactos y duros en el estómago del hombre, causándole molestias insoportables.
Sin embargo, en estado de salud, nosotros no apreciamos ninguna de estas maravillas; ni aun nos damos cuenta de ellas. Prueben ustedes a decir a cualquier persona sana:
-¿No es asombroso que puedas pasear sostenido sobre tus pies y moviendo una pierna delante de la otra? ¿No te causa estupor que la luz entre por tu pupila y atraviese el cristalino, y unos nervios lleven la sensación al cerebro, y veas, en fin?
Esa persona os oirá con una profunda extrañeza, que será mayor si le habláis de su peritoneo. Un cincuenta por ciento de los hombres no acertarán a deciros si tienen o no tienen un píloro, y algunos es posible que se incomoden contra vuestra suposición.
La enfermedad, por el contrario, nos permite enterarnos de todas nuestras perfecciones. Nadie da importancia a un dedo. Pero un día se estruja este dedo entre una puerta. Inmediatamente, el hombre comienza a pensar en aquella parte de su cuerpo a la que siempre trató con indiferencia notoria. Su solicitud llega a parecer ridícula. Sopla furiosamente el dedo magullado, lo lleva a la boca, lo sacude. lo baña en árnica, exhalando breves suspiros, y por último, lo abriga amorosamente entre algodones. Jamás, en sus días de euforia, hubiese guardado con un dedo tan prolijos cuidados.
La exaltación de la enfermedad como estado perfecto ha de llevarnos al elogio de las farmacias. Nada hay más entretenido que contemplar sus escaparates llenos de niquelados instrumentos de cirugía y de específicos lindamente envasados. Una botica tiene siempre algo de sensacional, por lo menos de característico. Vosotros habréis observado que todas las oficinas públicas se parecen, que las tiendas de ultramarinos son iguales entre sí, que un despacho de procurador es análogo a otro despacho de procurador, que podéis pasar por una confitería o por un establecimiento de modas sin que haya ningún aspecto que grabe su memoria agudamente en el alma.
Una botica, no; son como los espíritus: no hay dos iguales. Hay farmacias tristes, calladas; los frascos están ocultos tras vidrieras a las que dió opacidad el esmeril; un breve mostrador pintado de negro tiene encima un mármol, como una losa funeraria. Cuando se abre la puerta, suena una campanilla dolientemente. Entonces, del interior misterioso surge un hombre desvaído, pálido, que anda en silencio sobre sus zapatillas bordadas. Vosotros os veis impelidos a formular la petición en voz baja, como si os hallaseis en la antecámara de un enfermo.
-¿Me da usted cinco céntimos de regaliz?
Y el hombre, calladamente, envuelve los amarillentos palitroques en un papel y os lo da. En aquel instante sentís, impresionados por la solemnidad, por la tristeza del ambiente, así como una vergüenza íntima de no tener otro mal más importante que un simple catarro.
Otras boticas rebosan despreocupación y felicidad. Unos enormes frascos contienen agua teñida de rojo o de azul, de sepia o de verde, que os sugieren un recuerdo de licores engolosinantes: Chartreuse, kermann; benedictine...Las pastillas de goma están mezcladas con la raíz de altea; las esferitas de añil despiertan un deseo de chupar caramelos azules...; los nombres de los purgantes, lejos de afligir el ánimo, suscitan ideas de travesuras regocijadas...De la rebotica llega el clamor de voces alegres y sale una tenue nube de humo de tabaco; se adivina que allí dentro se juega al julepe. Hay ese olor especial que tienen los casinos.
El mancebo, al llamar vosotros una vez, y otra vez, batiendo con el dinero el mármol del mostrador, sale riendo aún y anunciando a gritos:
-Espérenme, que tomo ya la "viuda".
Y ante aquel espectáculo, os sentís empequeñecidos, ridículos, porque unos cólicos os torturan. Os advertís desplazados de la vida, ingratos como un borrón de tinta en una pechera blanca...
Salpicadas aquí y allá las calles de un pueblo, con sus anuncios de niños que piden laxantes, de hombres que echan rayos por los riñones, de señoritas que tienen un lado de la cara lleno de pústulas y el otro rozagante y fresco, parecen instarnos:

-Enférmate para procurarte la voluptuosidad de curar. Es la única manera de que puedas saborear la salud.

No tengo gran esperanza de que la Naturaleza corrija sus desaciertos después de publicadas estas páginas; pero me quedará la satisfacción de haber roto el coro de sus aduladores incondicionales.


   *   *   *  *

 




FUENTES:

FERNÁNDEZ-FLÓREZ, WENCESLAO: LAS GAFAS DEL DIABLO. Colección Austral. Espasa Calpe, 1956.

https://blogs.comillas.edu/FronterasCTR/2019/02/20/50-anos-de-la-teoria-de-gaia-y-centenario-de-james-lovelock-1919-2019/

domingo, 6 de mayo de 2018

UBI SUNT?

¿Dónde están?

Según antigua costumbre del campo gallego, cada cual daba al muerto recados para el otro mundo o le recordaba episodios vividos en común o le expresaba su cariño. Para esta vieja raza celta, inmemorialmente espiritualista, el alma del que se va está aún allí, entre ellos, escuchándolos con la tristeza de la separación, anotando en su memoria turbada los encargos de los que se quedan, murmurando un "¡adiós, adiós!", que cada uno oye dentro de sí como una respuesta. El candor del pueblo da un acento especial a su idea de que la muerte no es desaparecer, sino ausentarse.
Wenceslao Fernández Flórez. El Bosque Animado. 

Con miembros firmes y cerebros brillantes
el alma vieja emprende el camino de nuevo
John Masefield. Cranston y Williams. 

Llévame de lo irreal a lo real.
Llévame de la oscuridad a la luz.
Llévame de la muerte a la inmortalidad.
Upanishads. 

Las almas (mónadas) deben volver a sumergirse en la sustancia absoluta de donde emergieron
El Zohar.

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"Zozo", junto a la tumba de su dueño. 


 La idea de la reencarnación aparece frecuentemente en el pensamiento occidental fuera de cualquier contexto religioso. Comenzando por Pitágoras y Platón, personas como David Hume, Ralph Waldo Emerson, Henry Thoreau, Benjamin Franklin, J.W. von Goethe, creían en la reencarnación. Goethe escribió en De Song of the Spirits over the Waters:

El alma del hombre es como el agua;
del Cielo vino,
al Cielo se elevó,
y después retornará a la Tierra,
alternando por siempre jamás.

Y Franklin escribió para su propio epitafio, cuando sólo contaba veintidós años:

 El cuerpo de B. Franklin,
Impresor,
como la cubierta de un viejo libro,
sus contenidos desgarrados
y
despojados de sus letras y sus adornos,
yace aquí,
alimento de gusanos,
pero la Obra no se perderá,
pues, como él creyó,
aparecerá una vez más
en una nueva y más elegante edición
revisada y corregida
por el Autor.

 
¿Existe un alma capaz de sobrevivir a la muerte y de transmigrar de un cuerpo a otro? Aparece una entidad silimar al alma, la mónada cuántica, que media en la reencarnación. Tanto la idea cristiana de la eternidad en el cielo como la idea oriental de la liberación se refieren, en esencia, a una escena de inmortalidad del alma.
La mónada no puede hacer registros de vidas encarnadas, porque es inmutable. Dice el filósofo Ken Wilber acerca de esto: "Es el alma (mónada), y no la mente, la que transmigra. De ahí que el hecho de que la reencarnación no se pueda demostrar apelando al recuerdo de vidas pasadas es exactamente lo que cabria esperar: los recuerdos concretos, las ideas, los conocimientos, etc., pertenecen a la mente, y no transmigran. Todo eso queda detrás, con el cuerpo, en el momento de morir. Quizás unos cuantos recuerdos concretos puedan escabullirse de vez en cuando, como en los casos registrados por el profesor Ian Stevenson y otros, pero se trataría más bien de la excepción más de la regla. Lo que transmigra es el alma, y el alma no es un conjunto de recuerdos, de ideas y de creencias".
En las culturas donde se acepta la reencarnación el miedo a la muerte se debilita considerablemente. La persona sabe que no morirá, sino que regresará. En definitiva, la muerte se contempla como un largo sueño. El poeta Walt Whitman, un experto en la reencarnación, expresaba así el mismo sentimiento:


Sé que soy inmortal,
sé que esta órbita mía no puede ser eliminada por el compás del carpintero...
Y sea que entre hoy en posesión de lo que es mío, o lo haga dentro de diez mil años o de diez millones,
puedo tomarlo alegremente ahora o, con la misma alegría, esperar...
Me río de lo que llamáis disolución
y conozco la amplitud del tiempo...
¿Qué significa existir en una forma?
(Damos vueltas y vueltas, todos nosotros, para volver siempre al mismo sitio.)...
Creo que volveré a la tierra pasados cinco mil años...






Fuentes:

-Dr. Amit Goswami: La Física del Alma. Ediciones Obelisco, Barcelona, 2008.