Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".
Y, por encima de todo, observa con ojos brillantes el mundo que te rodea, porque los mayores secretos están escondidos en los sitios más inverosímiles. Aquellos que no creen en la magia jamás podrán encontrarla.
ROALD DAHL.
No te quedes parado ante mi tumba llorando. No estoy ahí. No duermo. Soy mil vientos que soplan. Soy los destellos diamantinos sobre la nieve. Soy la luz del sol sobre el grano maduro. Soy la suave lluvia de otoño. Cuando despiertas en el susurro de la mañana, soy la bandada repentina y ágil de pájaros silenciosos que se elevan en vuelo circular. Soy las suaves estrellas que brillan en la noche. No te quedes parado ante mi tumba llorando; no estoy ahí. No he muerto.
MARY ELIZABETH FRYE.
DESAPARECIDO DE MI VISTA. Estoy de pie junto a la orilla del mar. Un barco, a mi lado, extiende sus blancas velas al vuelo de la brisa y zarpa hacia el mar azul. Desprende belleza y fortaleza. Lo observo hasta que, al cabo, cuelga como un punto de nube blanca allí donde el mar y el cielo comienzan a entremezclarse entre sí. Entonces, alguien junto a mí dice: "Se ha ido". Se ha ido...¿adónde? Se ha ido de mi vista. Eso es todo. Su mástil, su quilla y su cubierta siguen siendo tan grandes como cuando se fue de mi lado. Y sigue teniendo la misma capacidad para transportar su carga viva al puerto de destino. La disminución de su tamaño está en mí, no en él. Y justo en el momento en que alguien dice: "Se ha ido", hay otros ojos viéndole arribar, y otras voces preparadas para lanzar el grito alegre: "¡Aquí llega!". Y eso es morir.
HENRY VAN DYKE.
No importa cómo denominemos a este poder superior. Yo me crié en la religión luterana y siempre he creído en Dios. Mi concepto de dios es ahora diferente del que tenía de niña. Se ha ensanchado. El concepto de un poder superior tiene distintos nombres según las diferentes culturas y sistemas de creencias, y hay infinidad de formas de honrarlo. Los nombres y los rituales importan mucho menos que la creencia básica de la existencia de un poder superior. Depende de nosotros estar abiertos a él, confiar en él y, en último término, conectarnos y rendirnos a él.
LAURA LYNNE JACKSON. Señales: El lenguaje secreto del Universo. Arkano Books, Madrid, 2019.
En el año 2019, la médium Laura Lynne Jackson publica en Estados Unidos su obra SEÑALES. El lenguaje secreto del universo (Signs: The Secret Languaje of the Universe). Antes de este libro, era muy conocida por su otra obra LA LUZ ENTRE NOSOTROS.
Como médium psíquica, nos habla de sus incontables experiencias y conexiones con el Otro Lado y nos explica que cada uno de nosotros dispone de un Equipo de Luz, un grupo de ayudantes invisibles que trabajan juntos para guiarnos hacia nuestro camino más elevado y que este equipo está formado por nuestros seres queridos que ya han hecho el tránsito, nuestros guías espirituales (nuestros ángeles de la guarda), un plano angélico superior y la energía de Dios, que se basa en la fuerza más poderosa que existe y que existirá jamás: el amor. El Universo se comunica continuamente con nosotros, enviándonos señales de todo tipo, ante las que debemos aprender a recibir y solicitar. Las señales más frecuentes son objetos, animales o hechos que nos impresionan (monedas, aves, mariposas, ciervos, números o alteraciones eléctricas -como, por ejemplo, mensajes vacíos en el teléfono móvil-). Laura Lynne Jackson nos anima a cocrear este lenguaje, pedir a nuestros seres queridos que han hecho el tránsito objetos y cosas bastantes raras, que sea difícil pasarlas por alto.
Carl Jung, psicoanalista suizo, utilizó el término SINCRONICIDAD para describir aquellas coincidencias que parecen significativas. Le apasionaba la idea de que los hechos de nuestras vidas no son aleatorios, sino que manifiestan la realidad de que todos formamos parte de un orden más profundo, de una fuerza universal unificadora, que él llamó UNUS MUNDUS (UN SÓLO MUNDO). Jung estaba convencido de que la física y los fenómenos psíquicos terminarían por ir juntos de la misma mano.
Simple casualidad o no, las sincronicidades existen.
Ante un pequeño cuadro de una sencilla amapola, pintada al óleo por mi madre, se me representa ante mi su imagen y su recuerdo, siempre y eternamente querido, porque a mi madre le encantaban las flores silvestres, especialmente las amapolas. Y, como creo firmemente en el orden invisible de todas las cosas, cada amapola que me encuentro en el campo es, para mi, una señal inequívoca de que su corazón y el mío siempre estarán conectados.
Los terapeutas deben tener la mente abierta. Así como es necesario un trabajo más científico para documentar las experiencias de muerte y morir, como las de Catherine, también hace falta más trabajo experimental en ese aspecto. Los terapeutas deben tener en cuenta la posibilidad de una vida después de la muerte e incorporarla a su asesoramiento. No es preciso que utilicen las regresiones hipnóticas, pero sí que se mantengan abiertos, que compartan sus conocimientos con los pacientes y que no descarten las experiencias de estos últimos.
Dr. Brian Weiss. Muchas vidas, muchos maestros.
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Hoy estamos en 2018. Han transcurrido treinta años desde que "Muchas vidas, muchos maestros" fue publicado por primera vez. Traducido a casi cuarenta lenguas, este libro ha recorrido el globo y encontrado millones de hogares. ¿A qué se debe?
Nuestro mundo aún está hambriento de respuestas y comprensión espiritual. Necesitamos saber por qué estamos aquí y qué se supone que debemos hacer. Estamos en un nuevo siglo y, sin embargo, las viejas preguntas permanecen: ¿Qué ocurre cuando morimos? ¿Nos reunimos con nuestros seres queridos? ¿Existe un propósito, un destino en nuestras vidas, un sentido de nuestra existencia?
Desde que trabajo con Catherine he explorado las vidas pasadas de más de cuatro mil pacientes en mi consulta y de muchos miles más en talleres colectivos. He presenciado curaciones incréibles a medida que los pacientes se liberaban de síntomas tanto emocionales como físicos, después de recordar las raíces de la vida anterior causantes de sus dolencias. Fobias y temores, pena, dolor y enfermedades psicosomáticas: todos son especialmente susceptibles de mejoría mediante la terapia de la vida anterior.
Durante las regresiones he visto pacientes hablando idiomas extranjeros que jamas habían aprendido. Ello se denomina xenoglosis. Por ejemplo, mientras trabajaba en mi consulta con una cirujana china que nunca antes había salido de su país y no sabía habñar inglés, surgió un ejemplo extraordinario de esta habilidad para las lenguas. Trabajábamos con la ayuda de un intérprete y la cirujana estaba recordando una vida anterior en el norte de California, alrededor de 1850. Recordaba una discusión con su marido en aquella vida y empezó a hablar en un inglés fluido y pintoresco. Al principio, el intérprete no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y empezó a traducirme sus palabras como si fueran del chino. Tuve que decirle que dejara de traducir porque yo entendía lo que ella decía en inglés. Entonces reparó en que aquella mujer, que veinte minutos atrás ni siquiera sabía decir "hola" en inglés, estaba hablando en un inglés fluido y casi se desmayó.
Tengo muchos pacientes capaces de actualizar sus vidas pasadas de un modo u otro. Algunos fueron suficientemente hábiles para encontrar a sus hijos de una vida anterior reciente y estos -aún con su aspecto físico pero mucho más viejos que sus padres reencarnados de la vida anterior- lograron confirmar los recuerdos regresivos de sus progenitores.
Para mí, actualizar el recuerdo de la vida anterior es importante, pero la curación que ocurre durante el proceso lo es todavía más.
Por ejemplo, en un caso dramático de alivio del dolor, una mujer de unos sesenta años fue capaz de eliminar por completo sus agudos dolores de espalda. Hacía diecisiete que sufría un dolor irresoluble a causa de un cáncer y los tratamientos de esa dolencia y tomaba una medicación diaria para el dolor. Pero tras recordar una vida transcurrida en la antigua Jerusalén, donde unos legionarios romanos le habían lesionado la espalda, el dolor desapareció y jamás regresó. Pudo dejar de tomar medicamentos y su vida cambió radicalmente.
A veces los pacientes que sufren fobias crónicas, y de vez en cuando severas, logran eliminar sus síntomas tras solo una o dos sesiones.
Hace poco trabajé con un paciente que sufría una fobia aguda a los objetos afilados desde los dieciocho meses de edad. También sentía un profundo temor de que alguien le tocara el cuello o la garganta. Había padecido dichos temores durante treinta y ocho años. En una única sesión recordó dos vidas anteriores. Había muerto siendo un hombre en el Lejano Oeste americano: un indio le había clavado una lanza en un lado de la cabeza y murió al caer sobre una roca afilada. En la otra vida anterior, había sido una prostituta que resultó asesinada por un cliente enloquecido que la estranguló. Antes de abandonar mi consulta ambas fobias habían desaparecido.
He compilado muchas otras pruebas de vidas anteriores. He visto cómo muchos pacientes obesos perdían peso, incluso cuando las diversas dietas que habían intentado fracasaron. Durante su regresión, recordaron vidas anteriores en las que o habían muerto de inanición o sufrido abusos sexuales. Esencialmente, en sus vidas actuales se habían jurado que "nunca más", así que cargaban con ese peso extra: evitar morir de hambre o evitar ser atractivos. Al reconocer que el trauma pertenecía al pasado y no al presente, fueron capaces de deshacerse de ese lastre protector. Los kilos nunca volvieron a acumularse.
Catherine sigue prosperando. Y yo sigo estándole muy agradecido, porque las experiencias que compartió conmigo supusieron el inicio de este viaje que ha transformado mi vida. Muchos de los casos de regresión más importantes de las últimas décadas están descritos detalladamente en mis diversos libros posteriores a "Muchas vidas, muchos maestros". No los repetiré aquí, pero me gustaría resumir algunas de las lecciones que aprendí a lo largo de los años, desde mi vínculo con Catherine. Para mí, dichas lecciones conducen a una comprensión del universo espiritual. Como afirmaba el místico Teilhard de Chardin, "No somos seres humanos que tienen una experiencia espiritual. Somos seres espirituales que tienen una experiencia humana". Nuestros cuerpos son temporales. Somos almas. Somos inmortales, eternos. Nunca morimos, sólo nos transformamos y alcanzamos un estado de conciencia más elevado donde ya no necesitamos un cuerpo físico. Siempre somos amados. Nunca estamos solos y nunca pueden hacernos daño, no en ese nivel.
Todos tenemos lecciones que aprender en esta escuela llamada Tierra. Es necesario que comprendamos plenamente los conceptos de compasión, amor y no-violencia, que no juzguemos ni prejuzguemos, y también que asimilemos el significado de la paciencia, la generosidad, la caridad y la esperanza. Debemos reconocer los engaños y las trampas del ego y cómo trascenderlas. Debemos tomar conciencia de la interconexión entre todos los seres vivos, de que la energía nos conecta a todos y que la muerte no existe, solo la vida.
También existen otras lecciones. No es necesario que las aprendamos en una única vida. Podemos reencarnarnos en cuerpos físicos con la frecuencia necesaria, a fin de aprender y dominar esas lecciones.
Durante nuestras encarnaciones cambiamos de raza, de sexo, de religión, de salud física y también de nacionalidad, porque hemos de aprender de todo. Somos ricos y somos pobres, poderosos y débiles, privilegiados y necesitados. Aprendemos experimentándolo todo.
Todos tenemos almas gemelas, almas que también se han reencarnado muchas veces. Las relaciones con un alma gemela pueden ser románticas, pero a menudo no lo son, tales como las existentes entre padre e hijo, entre hermanos, amigos, abuelos y nietos, etcétera. Nuestros cuerpos y relaciones cambian, pero las almas son las mismas. Vuestra abuela, por ejemplo, tal vez se reencarne como vuestro hijo. La misma alma en un cuerpo diferente. Tenemos muchas almas gemelas y siempre volvemos a reunirnos con ellas, ya sea al otro lado o aquí, en estado físico. El amor tiene muchas facetas.
Hay tanto más que contaros...Gran parte aparece en los libros posteriores a "Muchas vidas, muchos maestros". Pero por el momento me gustaría acabar citando el último párrafo de mi epílogo original de la primera edición de ese libro.
"Confío en que te haya ayudado lo que has leído aquí; que tu propio miedo a la muerte haya disminuido; que los mensajes ofrecidos con respecto al verdadero sentido de la vida te den libertad para continuar viviendo la tuya en plenitud, buscando la armonía y la paz interior, ofreciendo amor a tu prójimo".
Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.
Carl Jung.
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El célebre físico teórico Richard Feynman (1918-1988) afirmó: "La ciencia es la creencia en la ignorancia en la ignorancia de los expertos". Esta cita refleja la esencia del método científico: siempre hay más por aprender, siempre hay más por descubrir. El método científico estudia el Universo macroscópico, mientras que el cuántico se centra en el microscópico. En el mundo cuántico, ¿qué hay más allá del quarck? El fotón. Y el fotón es luz, es energía. Todo, en última instancia, se reduce a la energía. El elemento estructural del Universo no es la materia, es la energía, y ésta no se crea ni se destruye, únicamente se transforma. El tiempo es lineal en el método científico, con pasado, presente y futuro. En mecánica cuántica, es circular. Únicamente existe el presente. La eternidad en mecánica cuántica es la ausencia de pasado y futuro.
Tras la muerte, nuestro cuerpo se descompone y vuelve a formar parte del ciclo natural de la vida. Al ser polvo de estrellas prestado, al descomponerse vuelve al Universo, pero nuestra conciencia local perdura. La realidad, nuestra realidad, es un ciclo de nacimiento, amor y muerte. Estos son los tres principios básicos de nuestra vida. No hay necesidad de temor a la muerte, podemos abrazarla como una transición hacia una nueva fase de nuestra existencia.
La conciencia cuántica universal es un holograma formado por las supreconciencias, de manera que cada una tiene las propiedades de todo.Existen pruebas científicas de la existencia de una energía cuántica universal que creó el Universo y la vida. El físico Michio Kaku lo explica en su obra "La ecuación de Dios".
Un proverbio aborigen australiano reza así: "Todos estamos de paso en esta vida. Hemos venido a observar, aprender, crecer, amar y volver a casa". Mientras tanto, hasta que nos llegue la hora del regreso al Origen, desde nuestras noches oscuras del alma-esta terrenal existencia- nuestro interior más profundo sabe que ELLOS nos sonríen desde el otro lado.
Fuente:
-SANS SEGARRA, MANUEL: La Supraconciencia existe. Vida después de la vida. Editorial Planeta, Barcelona, 2024.
Atrás quedaban las constelaciones y las galaxias, la otra vida y el Más Allá. Quedaban atrás los barrancos y los riscos, el humo de las aldeas, las trochas húmedas de los campos galaicos, y el cansado gemir de los ejes de los carros, en lotananza, al caer la tarde. Y tantas cosas...
Retornaba yo a la Carretera de La Granja. A la finca del abuelo, el tío Conde de Bazal. Y en las límpidas aguas del estanque (tranquilo y claro contra la furia de los tiempos, espejo al que se asomaban los siervos y los amos, cada amanecer y cada tarde), en ese espejo, volví a ver mis cabellos, mi frente, el delirio de mis ojos, la naria, mis labios (más rojos que la sangre de los bueyes), el cuello, mis hombros y el estrenuo prodigio de mis sueños. Eran el reflejo de un cielo totalmente estrellado: la soberbia intangible de una quimera.
... Porque estaba amaneciendo.
"Lo que fue, será. Lo que ha de ser, ya ha sido. Y todo ocurre como si la lluvia del Cielo lo hiciese en respuesta a la plegaria del jardín sediento" (ZOHAR).
César Rodríguez Docampo. La Ciudad de los Tiempos Infinitos.
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Papá,
te echamos muchísimo de menos. Ya partiste hacia la Ciudad de los
Tiempos Infinitos, lugar del tiempo sin tiempo, que es la Eternidad.
Espéranos allí. No estamos lejos, sólo al otro lado del camino. Nos
volveremos a ver, sin duda. Mientras tanto, tus libros me acompañarán y
me servirán de gran alivio en esta infinita soledad en la que me has
dejado, en la que tu ausencia está tan presente. Te queremos muchísimo.
D.E.P.
Algún día,cuando hayamos dominado los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, aprenderemos a utilizar las energías del amor a Dios. Entonces, por segunda vez en la historia del mundo, la humanidad habrá descubierto el fuego.
--- A MI MADRE Y TODOS MIS SERES QUERIDOS, IN MEMORIAM ---
El 30 de Junio de 1962, los eminentísimos y reverendísimos Padres del Santo Oficio de la Iglesia publicaron un Decreto contra la obra del jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) en el que se decía lo siguiente:
Ciertas obras del P. Pierre Teilhard de Chardin, editadas después de la muerte del autor, se divulgan con no pequeño éxito.
No juzgando lo que pertenece a las
ciencias positivas, está suficientemente claro que, en materia
filosófica y teológica, en tales obras abundan ambigüedades y errores
graves que ofenden a la doctrina católica.
Por lo que los eminentísimos y
reverendísimos miembros de la "Suprema Sagrada Congregación del Santo
Oficio exhortan a todos los ordinarios, superiores de institutos
religiosos y rectores de seminarios y universidades, a que preserven
eficazmente los espíritus, sobre todo de los jóvenes, de los peligros
que entrañan las obras del P. Teilhard de Chardin y de sus secuaces.
Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 30 de junio de 1962.
Este mandato,proveniente del antiguo Tribunal de la Inquisición de la Iglesia, que tantas barbaridades e injusticias cometió a lo largo de su temible historial, desde su creación, tuvo poco recorrido, afortunadamente. Pierre Teilhard de Chardin, sobrino-nieto de Voltaire, como buen francés supo añadir unas gotas de sangre jacobina a sus opositores del Santo Oficio y siguió con sus escritos y sus investigaciones. Definió el PUNTO OMEGA como el punto más alto de la evolución de la consciencia, considerándolo como "el fin último de la misma", y creó el concepto de la NOOSFERA,como la existencia de una especie de red neuronal terrestre conectada entre todos los seres vivos, a través de pulsos electromagnéticos. Para Teilhard de Chardin, el Universo es una evolución que va hacia el Espíritu, y la Razón y la Fe no son antagónicas, sino complementarias. En la materia hay algo más que lo que la ciencia ha entendido por materia. Concibe la ciencia como una transformación de la vista, necesaria para encontrar la profundidad y sus conexiones.Llegó a decir que "el verdadero nombre de la Adoración es la investigación". Fue silenciado por la Iglesia,pero a su muerte, su legado no pasa a la Orden de los Jesuitas, sino a su secretaria,una laica a la que conocía bien, y ella,que no tiene votos de pobreza, castidad y muchísimo menos de la traidora obediencia, no tiene que obedecer al ndex,ni a la Curia ni al Vaticano, y empieza a publicar los escritos de Teilhard en 1960. Su obra científica fue muy importante, tanto como la filosófica. Unificó ciencia,filosofía y mística. En la Iglesia católica, que sigue aún conservando gran parte de sus miserias y ruindad en todo lo que le rodea (incluidos sacerdotes, monjas y demás personal que conviven entre enormes muros de piedra en los que nunca estuvo Dios -tan sólo su silencio-) aún recelan de el eminente pensamiento de este filósofo. Será porque se niegan a reconocer que somos polvo de estrellas y que sus ideas y teorías sobre la evolución y el origen del Cosmos se reducen a lo que dice la Biblia y poco más en ciertas obras que nunca tuvieron el coraje y la valentía de romper la tiránica obediencia a las normas eclesiásticas y que fueron escritas,mucho tiempo atrás, por quienes sólo tenían una visión parcial y sesgada del mundo que les rodeaba. El pensamiento de Teilhard de Chardin está ahora más vivo que nunca, muy que les pese a los eminentísimos y reverendísimos miembros de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.
¿Quién sabe si vivir es lo que llamamos morir, y si morir es vivir?
EURÍPIDES.
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Estos días de otoño, de entre finales de octubre y primeros de noviembre, nosotros, seres mortales, nos acercamos más a la muerte, los difuntos y los cementerios que en todo el resto del año. Incomprensiblemente muchos critican las fiestas de Hallowen, por ser más "paganas" que la tradicional del Día de Todos Los Santos, cuando ambas festividades están basadas en lo mismo: rendir homenaje y tributo a nuestros muertos. El hombre es un ser funerario, desde que habitaba en las cuevas ya enterraba a sus muertos. Y ese respeto y tradición de honrar a los ancestros lo realizaban los druidas ya hace más de tres mil años, con el "Samaín", antecedente del actual Halloween, aunque menos grotesco y comercial, desde luego. En esa noche sagrada, las puertas del Más Allá se abren para que los muertos visiten el mundo de los vivos. Otras dimensiones, de las infinitas que existen en la inabarcable y profundamente misteriosa realidad que nos rodea. En estos días, conectamos más con ellos. Pero esto debería ser algo más habitual y no es así, porque nos han educado en el miedo a la muerte. La sociedad en la que vivimos nos ha inculcado el pánico a la muerte. No hay más que ver, estos días, el espectáculo de sangre y terror en que se ha convertido Halloween, máxima degradación del antiguo Samaín. El escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez, en su novela más conocida, "El Bosque Animado", nos deleita en uno de sus capítulos ("Primavera en el pazo") narrándonos la historia de fantasmas más conocida de todas, la leyenda de la Santa Compaña, quizás la más extendida de la cultura celta y no exclusiva de tierras gallegas. He aquí el extracto del capítulo donde se nos habla de esta fantasmagórica procesión de almas en pena. En este capítulo, la leyenda es utilizada para amendrentar a unos mozos, con la intención de asegurarse que no salgan por la noche en busca de su amada Gudelia, extraña mujer de endiablado perfil, con encantos de sirena, y cuyos numerosos amantes acaban todos rápidamente en trágico final:
"(...)Le abrumaban el cansancio y el sueño. El molinero y los mozos sospechaban que venía huyendo de la justicia, y uno de ellos le habló:
-Parece haber andado muchas leguas, homiño.
Él asintió con la cabeza y, acaso irritado por su mudez, otro mozo insinuó con socarronería:
-Diríase que no le gusta caminar por las carreteras donde anda la guardia civil.
-¡Ojalá fueran esos mis enemigos -dijo entonces el hombre-, pero hay otras desdichas terribles de las que un cristiano no encuentra lugar donde esconderse sobre la tierra!
Tenía el acento cantarín de los montañeses de Orense. La inmensa tristeza de su voz sobrecogió a los mozos y ya no volvieron a molestarle.
-Mala noche hará hoy -profetizó uno de ellos para cambiar de tema.
-Peor de lo que nadie supone -intervino tío Pedro, que vio la ocasión de iniciar su propósito-, porque anda por aquí la Santa Compaña, que ayer vi yo sus luces desde el pazo, y esta cerrazón y este viento son lo más propicio para sus salidas.
Un aldeano quiso fanfarronear.
-¿Y usted la vio, don Pedro?
-Como te veo a ti -mintió-. Pasó lejos, pero la distinguí bien. Era una larga hilera de fantasmas blancos y cada uno llevaba una tea en la mano. Muchos hombres han perdido su paz y hasta su alma por no creer en estas cosas que son misterios que nunca podremos comprender. Lo que os aseguro es que yo no me tengo por un cobarde, y sin embargo, por nada del mundo andaría en una noche como la de hoy por los caminos.
-Pero dicen que si al encontrar a esas almas en pena se les ofrece una misa... -comenzó a decir el novio de Gudelia.
-No hay misa que valga, Andrés -siguió tío Pedro-; ni sirve ocultarse tras un vallado ni meterse tras de las matas. Ellas te ven, hagas lo que hagas y estés donde estés, siempre que sea en su camino. Entonces no hay salvación para ti. La procesión no se detiene nunca, pero el último fantasma de la hilera se acerca a ti, en silencio, te pone una luz en la mano y has de seguir detrás de ellos hasta el amanecer, una noche y otra, por valles y por montes, pasando ríos y bosques, hasta que alguna vez encuentres en el camino otro mortal al que entregar la tea. Sólo entonces quedas libre.
Las sombras comenzaban a hacer más viva la luz de la hoguera. Un vago malestar se extendió sobre el grupo.
-Todas las noches -continuó tío Pedro-, el desdichado que encontró la Santa Compaña es llamado irresistiblemente por ella. Sonarán unas campanas que nadie oirá más que él, y un vendaval agitará la casa donde se esconda. Entonces, irresistiblemente, saldrá a incorporarse a la ringlera y a caminar desesperado, lleno de horror con aquella compañía de difuntos, sin poder escapar ni descansar, ni aun desmayarse.
Parece que tío Pedro contó todo eso aún con más impresionantes palabras y describió minuciosos espantos y fingió él mismo sobrecogerse ante tan tremenda realidad, aunque verdaderamente no sólo se había burlado de las supersticiones aldeanas, sino que su descreimiento se extendía, por desgracia, a más graves asuntos que atañían a la verdadera fe. Pero él pretendía impresionar a sus oyentes, cuya propensión a lo sobrenatural conocía, para conseguir que el novio de Gudelia renunciase aquella noche a ir hasta Vos. El pobre hombre estaba acaso en la lucha entre el amor y el miedo, contemplando el fuego cavilosamente. Los demás mozos sentíanse llenos de un temeroso respeto hacia los enigmas que llenan de pavor la sombra de las noches. El desconocido, más hondas las arrugas de su rostro color de tierra, no podía apartar de tío pedro los ojos espantados entre el ribete de sangre de los párpados. Cuando los mozos le sirvieron más vino, lo bebió suspirando y sus manos temblaban.
-¿ No podría dormir hoy aquí -pidió-, en cualquier rinconcito?
Y como el molinero vacilase:
-¡Hágalo por sus difuntos! -suplicó.
Le otorgaron permiso. Tío Pedro marchó disimulando su contento, seguro de que Andrés no se atrevería a aventurarse por la lobreguez de las corredoiras, porque los fantasmas del miedo, si no en los caminos de la aldea, estarían ya haciendo la ronda en su propia alma.
Ya había cerrado la noche y tenía mucho que andar y por malos senderos, pero no era la primera vez que emprendía semejantes paseatas y por devaneos que no le interesaban tanto. No llovía. El viento no dejaba parar a las nubes cargadas de negrura y de agua. Al entrar en los pinares que circundan la aldea de Vos, la noche de hizo más espantosa, porque los pinos silbaban y se entrechocaban como si se estuviesen batiendo. Las piñas verdes, desprendidas, caían y rebotaban en la oscuridad, cerca y lejos, y era allí donde la fueria del huracán parecía más enloquecida.
Nuestro tío don Pedro iba, sin embargo, feliz porque pensaba en tener pronto junto a sí a Gudelia y en reir juntos de la estratagema empleada, aunque no hay que creer que dedicase a reir demasiados minutos al lado de una mujer tan hermosa. Pero de pronto se paró. Acababa de distinguir un resplandor que se acercaba desde lo profundo del bosque. Y aquel resplandor fue avanzando, avanzando, y tío Pedro pudo ver una hilera de espectros envueltos en blancos sudarios para los que no parecía existir el viento, porque caían en blandos pliegues que sólo alteraba el andar. Cada fantasma llevaba en su diestra una antorcha encendida, y al moverse entre los pinos, la larga sombra de los troncos giraba y se extendía como si quisiese huir.
Pasaron tan próximos a él, que tío Pedro pudo ver, a la luz que portaban, la calavera de cada aparecido, alguna podrida ya por la humedad de la tumba, otras con los dientes mellados en la amplia hendidura, y las cuencas llenas de sombra y de tierra, que parecían ver con ojos que ya no existían. Pero ninguno miró hacia él. Las antorchas avivaban su llama con el vendaval y semejaban ligarlos a todos con una cadena ininterrumpida de humo. Iban a distancia igual, uno detrás de otro y no había obstáculo que los desviase. Don Pedro se dio cuenta de que no era una alucinación provocada por sus historias de miedo en el molino. Parece que pensó, aterrado, en que jugara, sin saberlo, con la verdad. En esto, el último fantasma separóse de sus tétricos compañeros para acercarse a él y le ofreció su tea encendida. Con más horror que si tuviese ante sí un esqueleto, don Pedro vio el rostro humano color de tierra, inmensamente fatigado, y los ojos vivos, lleno de espanto entre los párpados sanguinolentos, del desconocido viajero del molino.
Una fuerza sobrenatural le hizo coger la antorcha y le arrastró hacia la caravana de las almas en pena, ocupando en la Santa Compaña el lugar del labriego. Lo último que oyó fue un suspiro profundo, como si un alma vaciase en la noche todo el horror que pudiese causarle una visita al infierno.
- ¡Oh, tía Emilia -exclamó Rosina- , si recuerdo después esta historia, no podré dormirme! Pero te agradezco que me la hayas contado a la luz del sol.
- Se supo -prosiguió doña Emilia- que el desconocido venía huyendo de su tierra por creer que así podría escapar a la Santa Compaña en la que había caído, pero no sabía que en tales casos es inútil hasta el atravesar los mares más anchos, y no quedó libre sino en el momento en que pudo poner en otra mano la luz que llevaba en la procesión de las ánimas. Como le sucedió a tío Pedro. Cada noche sonaban las campanas de la parroquia, aunque nadie más que él las oía, y una larga ráfaga pasaba rozando las ventanas del pazo. Era la señal, y tío Pedro se lanzaba la noche, como un hipnotizado, sin que ninguna precaución pudiese evitarlo. Hizo cerrar por fuera la puerta y la ventana de su dormitorio, que era el cuarto más alto de la torre, y no obstante, salió, sin saber él ni nadie por dónde. Si sus noches eran demoníacas, imaginaos cómo eran sus días, pasados en la angustiosa espera de aquel inesquivable tormento. Casi un mes vivió así. Al fin un día se sintió inexplicablemente más tranquilo, y aquella noche no sonaron para él las campanas de la señal. Comprendió que había dejado ya un desdichado sucesor en la Santa Compaña, sin que pudiese saber cómo ni a quién, porque los que van en ese peregrinaje macabro no se acuerdan de nada después y sólo conservan el malestar de una pesadilla.
Desde entonces cobró horror a la oscuridad y no salió del pazo en cuanto el sol no alumbraba, en los pocos meses que aún vivió (...)"
Vemos cómo se santiguan, echándose agua bendita, las devotas mujeres en esta escena de arriba de la película de Jose Luís Cuerda, basada en la novela de W. F.F., cuando hablan entre sí de la Santa Compaña. La Iglesia, desde hace siglos y hasta hace poco, ha utilizado la muerte como arma muy eficaz para controlar (y recibir generosas prebendas, a través de las indulgencias para las ánimas del Purgatorio) a sus fieles. El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte, se nos imponían indecorosa e impunemente ante cualquier sospecha mínima de pecado. Una vez más, la muerte como arma para crear miedo.
Dijo Cicerón que "filosofar no es sino prepararse a morir". La máxima sabiduría seguramente esté en enseñarnos a no temer el morir y, desde luego, cambiar nuestra manera de abordar todo lo relacionado con la muerte y tratarla como algo natural, consustancial a la vida. Por eso, deberíamos ser más receptivos a querer que los espíritus de nuestros queridos familiares difuntos nos visiten, en los cementerios ya sólo quedan los restos de una carcasa, el alma voló a su destino y, de vez en cuando, regresan a visitarnos, mientras sigamos vivos. Los muertos no deberían dar miedo a nadie sensato. De quienes realmente hemos de huir no es de los muertos, sino de los mortales y del odio que éstos pueden generarnos, pura energía negativa que sólo existe entre los vivos, y que puede convertir nuestra existencia en un infierno, el mismo en el que, todas las noches, en determinados lugares, procesionan las almas en pena de muchos seres desgraciados.
Regreso a este minúsculo lugar cibernético, deseando a todos mi amigos lectores que gocen de buena salud, tanto física como espiritual. Sin duda, la pandemia de coronavirus que tan gravemente ha afectado a todos los seres humanos de este planeta, ha cambiado enormemente nuestros esquemas vitales y circunstanciales. El mundo, nuestro mundo, ya no será el mismo, para nosotros. Pero, curiosamente, en estos días, he podido comprobar cómo la Naturaleza ha recobrado vida, en contra de los humanos. Nunca había visto a la golondrinas volar por las calles vacías, con tanta libertad.Hasta los jabalíes se han aprovechado del vacío de las carreteras y se han lanzado a recorrerlas, sin miedo. Después de todo, esta pandemia que estamos sufriendo nos está enseñando que el hombre no es el animal más fuerte de la naturaleza. La madre Naturaleza no tiene sentimientos y lo ha demostrado infinidad de veces, en que se ha mostrado despiadada y mortal. El escritor gallego Wenceslao Fernández-Flórez, autor de "El Bosque Animado" y de "Volvoreta", entre otras muchas obras, publicó en los inicios de su carrera literaria un artículo destinado a desprestigiar a la Madre Naturaleza. Lo publicó años antes de su famosa novela "El Bosque Animado", en la que se produce lo contrario, una vuelta al vientre de la Madre Tierra. En su artículo, W. Fernández-Flórez ve al hombre como el ser más maltratado, de entre todos los seres vivientes, por la Madre Naturaleza. Después de todo, y viendo cómo está afectando al planeta la crisis mundial de la pandemia actual, quizás sean ciertas las teorías defendidas por el científico británico James Lovelock, en 1969, acerca de Gaia.
LA MADRE NATURALEZA
W. Fernández Flórez.
Artículo perteneciente a la obra "Las gafas del diablo". Espasa Calpe, Austral, 1956.
"El que tenga alguna deuda de gratitud o una gran admiración por la madre Naturaleza, que no lea estas líneas, porque pienso consagrarlas a decir unas cuantas verdades en su desprestigio. La madre Naturaleza tiene, desde hace muchísimos años, una de esas brillantes reputaciones convencionales que nadie se atreve a atacar; y es preciso que alguna voz se alce contra ella. No me explico cómo en estos tiempos en que el mayor placer y la preferente ocupación de los hombres es destruir famas, no hay quien intente conmover la de la Naturaleza. Por el contrario, gran número de hombres de ciencia y de poetas consagran sus energías a exaltarla. Yo no me resisto a reconocer que esta admiración tiene un remoto origen justificado. En los albores de la Humanidad, cuando el hombre andaba por las selvas, hambriento y desnudo, y encontraba de pronto una caverna donde guarecerse y un árbol cargado de fruta, imaginaba, en su inocencia, que aquello lo habían colocado allí para su salvación y regalo, y mientras se tendía sobre el blando suelo y clavaba los largos dientes en el fruto, debió de decir por vez primera esta frase que después ha venido repitiéndose insistentemente, ya sin ser meditada:
"¡Qué sabia es la Naturaleza!"
Y así, cuando salió el sol para calentarle, y cuando se abrigó con la piel de una oveja, y cuando vio a la gallina prestar su fiebre a los huevos para que surgiesen los pollos que habían de ser después suculento manjar. Pero, en rigor, eso no era que la Naturaleza cuidase del hombre, sino que el hombre se acomodó como pudo a la Naturaleza. Ahora que se fabrican camas y que hay múltiples sistemas de calefacción, y que existen en Tarrasa fábricas de paños y que hasta se han inventado incubadoras, es cuando debiéramos comprender que la Naturaleza no nos ha hecho ni aun uno de esos menudos favores con los que un cacique consigue que se le alce una estatua. Por el contrario, gozamos y vivimos a pesar de la Naturaleza, que hace todo lo posible para que sucumbamos. ¿Hay algo más absurdo que nuestra propia configuración? ¿Por qué los dos ojos han de estar en la cara, impidiéndonos ver lo que ocurre a nuestras espaldas? ¿por qué no tenemos otros dos brazos hacia atrás? ¿Por qué nuestra venida al mundo ha de ocurrir de una manera tan brutal y dolorosa, en vez de desarrollarse como la de las plantas, por ejemplo? ¿No resultaría más cómodo nacer por semilla? Pero esta materia nos llevaría muy lejos. Prefiero continuar desarrollando el tema con mayor abstracción para convencer a las gentes de que la Naturaleza se ha portado siempre muy mal con el hombre. Mejor pudiera decirse que la Naturaleza no ha contado nunca con el hombre. En realidad, cuando la Naturaleza hizo sus cábalas, pensó en la piel de los osos, en las alas de las aves, en los cuernos de los bisontes, en las garras del león, en los aguijones de las avispas; defendió mal o bien a todos los animales; les dio albergue, comida, bebida y traje. Satisfecha ya, entregóse al narcisismo. Se embriagaba de felicidad viendo renacer las flores en primavera y oyendo el canto feliz de los pájaros, y presenciando la perezosa vida del gato montés y la potencia gástrica de los tiburones. La Naturaleza es el Narciso de la Mitología. Está tan orgullosa de sí misma, tan satisfecha de su obra, que no se corrige ni se rectifica jamás. Pero, de improviso, vio nacer al hombre. La excelente matrona quedó verdaderamente confusa. "¡Ta, ta, ta! -se dijo-. He aquí un nuevo ser que viene a trastornar mi labor con sus necesidades y su esencia. El caso es que ha llegado tarde. Si yo quisiera atender sus exigencias, tendría que rehacer por completo el mundo. Tal y como está hoy la Tierra, no hay posibilidad de que produzca casas de varios pisos con calefacción interior, fuentes de aperitivos, minas de calzado, tantas y tantas cosas como serían precisas..." Meditó más aún, y decidió, con un encogimiento de hombros: "Que se arregle como pueda". Y el hombre comenzó a sufrir los grandes terrores, las terribles hambres de la edad prehistórica. La hiena le expulsó de las cavernas donde quería dormir; las formidables invasiones de hielos le herían en su cuerpo desnudo; comía hierbas y padecía del corazón entre tantos peligros. Tuvo que aguzar el sílex para defenderse y edificar sobre las lagunas y bajo la tierra su insegura vivienda, e ir, en fin, haciendo la lenta conquista de una comodidad, que todavía no ha alcanzado, a fuerza de dramas y de artificios. La familia ha sufrido terriblemente las consecuencias de ese desamparo en que la Naturaleza nos tiene. La Naturaleza ha previsto las contingencias familiares para todos los seres menos para el hombre. Ha hecho, por ejemplo, prolíficos al conejo y al ratón, pero, al mismo tiempo, les ha provisto de la facultad de devorarlo todo. A un ratón le alimenta lo mismo un libro, que una viga, que un queso. Así se pueden tener hijos. Basta decirles, sencillamente: "Comed todo lo que veáis". Un elefante, una ballena, necesitan gran cantidad de alimento y cierta clase de alimento. Y su reproducción es mesurada. En cuanto a las aves, son afortunadísimas, porque se les reserva el derecho de tener los hijos que les dé la gana. Nada hay que obligue a una gallina a acostarse encima de un número fijo de huevos. Si quiere, se acuesta sobre doce; si quiere, se acuesta sobre uno, y si le repugna la familia, puede muy bien destinar sus huevos a la venta pública para la fabricación de tortillas, flanes, y otros productos que aumentan su reputación y la estima en que se la tiene. Pero, en cualquier caso, estos animales ven facilitados por la misma Naturaleza los leves deberes de su paternidad. El ser humano no está en esas condiciones. Los descendientes de los insectos, de las aves, de los cuadrúpedos, encuentran por sí mismos fácil colocación. En la especie humana -exceptuando a los hijos de los políticos- hace falta velar incesantemente por la prole. Para ello hay que trabajar. Nadie trabaja en el mundo más que el hombre, entendiéndose por trabajo la labor reflexiva, guiada, no por el instinto, sino por las artes o por las ciencias. La sociedad, que ha elevado esta desgracia a la categoría de virtud, dicta leyes contra los perezosos y, recientemente, por boca de un filósofo, vaticinó que en un futuro no lejano expulsaría a los vagos de su seno. Me gustaría saber cómo se va a arreglar la sociedad futura para expulsarnos. Expulsarnos, ¿de dónde? Expulsarnos, ¿a qué lugar? ¿Se cree, quizá, que trasladarnos de Europa al África o de América a Oceanía es verdaderamente expulsarnos? Apenas es cambiarnos de sitio, y eso nos es igual. Nosotros dormiremos lo mismo en Madrid que en Colombia, y nuestros brazos inactivos se abrirán para desperezarse tanto en la Australia como en Chipre. Pero..., aun en el caso de que acierten a trasladarnos a otro planeta, ya veremos qué es de la sociedad futura sin nosotros. Se afirma que el tipo útil, conveniente, es el ciudadano de Norteamérica. Bien; mas ¿qué es el ciudadano de Norteamérica? Un ser que trota por las calles, sube a un tranvía, vuela en un automóvil, se hunde en un tren subterráneo, circula en un ferrocarril aéreo, come de prisa, tortura sus orejas con la aplicación incesante del teléfono, entra en la cama corriendo, duerme atropelladamente y se levanta con urgencia. No goza de la vida, a diferencia del vago, que, en lo posible, dentro de la tiranía de Natura, la saborea largamente. Esta es la verdad y mucha gente se está convenciendo de ello. Un político francés aseguraba, dos años después de firmada la paz, que el mundo era invadido por una ola de pereza. ¿Por qué triunfó, en efecto, cierta laxitud sobre los humanos? Seguramente tratóse de una reacción provocada por la guerra y sus derivaciones. En nombre de la civilización -que es trabajo incesante- se le han pedido al hombre sacrificios superiores a sus energías. Cuando pudo reflexionar, libre de la tiránica disciplina de las trincheras, el hombre pensó, en su subconciencia, que la civilización no le procura tantas ventajas como sacrificios. Desde que uno nace, la civilización se apodera de él y le dedica al trabajo; nos obliga a pasar los días en la escuela; después en la oficina, en el taller, en el gabinete de estudio; nos manda ir a matar, o ir a despachar expedientes...Muy tempranito va a llamarnos al lecho y no nos deja de fastidiar hasta que volvemos a caer rendidos entre las sábanas. Son muchos los hombres que experimentaron agudos deseos de encararse con la civilización para preguntarle: -¿Cuándo vivimos? Y la civilización ha contestado apresuradamente: -Los domingos. Sin embargo, los hombres desearían vivir algún día más que el domingo. El trabajo es demasiado tedioso, y, a la larga, concluye uno por creer que ha venido a este globo tan sólo para ser auxiliar de una pluma estilográfica, o de un martillo, o de un bisturí. Entonces nace el odio contra todos esos instrumentos, y las gentes más serias sueñan con tumbarse al sol y beber agua de los regatos, y alimentarse con granos y raíces y vestir pieles de animales. En el mundo ha habido muchas civilizaciones que se extinguieron de un modo misterioso, sin dejar ni noticia de sus adelantos. Aristóteles ha afirmado gravemente que "las ciencias y las artes se han perdido más de una vez". ¿Cómo puede ocurrir esto? Los hombres trabajaban afanosamente; habían descubierto la manera de matarse a distancia y la de andar por lo alto, entre las nubes, donde ciertamente no tenían nada que hacer, habían escrito numerosos tratados de Filosofía y de Sociología, todos contradictorios, y estaban pálidos y arrugados. Y un día, por cualquier causa, pensaron: "¿Para qué es todo esto?" Fue como si despertasen en una estancia desconocida. Abandonaron sus labores, tornaron otra vez a la vida simple y lógica de los vagos, y olvidáronse de todo lo anterior. La pereza es la protesta de un instinto humano que sabe que no hemos nacido para trabajar. Los libros sagrados nos dicen bien claramente que Dios no nos creó para que soportásemos ni aun la jornada de seis horas, y si después se modificó esta situación privilegiada fue porque nos maldijo en la persona de Adán. Pero el mundo está fatigado, envejecido, triste. Cree que ya ha expiado suficientemente la culpa. Y tiende a ir a la huelga de brazos caídos contra esa maldición. Afirmaré todavía que el vago es inmensamente útil. Suprimid el vago, y desaparecerán con él los casinos, los cafés, los ministerios y las cámaras legislativas; todas las fábricas de fichas de dominós se arruinarán, y perderemos los amigos más encantadores. Es tan fácil demostrar que, por el contrario, el hombre trabajador es funesto a la Humanidad, que desisto de ello. Invito tan sólo a meditar acerca de que es precisamente el hombre trabajador el que encarece los productos aumentando así las dificultades de la vida; el que provoca desórdenes pidiendo que le paguen mejor; el que os empuja en la calle, por la que va siempre con prisa; el que ha impuesto la desagradable costumbre de que los trenes salgan a horas determinadas, invariables, sin admitir espera...Los vagos nunca hubiésemos producido molestias semejantes. La sociedad se escuda con especiosos pretextos para cohibir nuestra pereza. Usted se encara con la sociedad y le pregunta: -¿Por qué me obliga a trabajar? Y la sociedad responde: -Porque es preciso que seas útil a tus semejantes. Esto no es así. Muchas personas trabajan incesantemente sin que su labor sea útil a nadie. Una vez vi trabajar a un ventrílocuo y salí de la función hondamente preocupado por el futuro de aquel hombre. Se me había ocurrido pensar: "Cuando este excelente sujeto comparezca ante Dios, Dios le dirá seguramente: ¿Qué has hecho en la Tierra?" Y el excelente sujeto no tendrá más remedio que responder: "Señor, yo, por las noches y aun algunas tardes, en sección vermunt, hablaba con el vientre". Entonces se le amonestará por haber dedicado su vientre a funciones que no le competían y habrá de reprochársele también no haber hecho una labor más útil a la Humanidad. Cuando los sociólogos piensen en el número de hombres que son perfectamente inútiles sobre la Tierra, experimentarán sin duda la misma tristeza que sufrí yo en cierta ocasión mirando unas truchas que nadaban en un río. Una trucha que nada en un río es un ser cuya existencia -desde mi punto de vista, muy distinto al de la naturaleza- no está justificada sino de una manera provisional. Mientras no se deje coger y freir, ¿puede afirmar seriamente que ha cumplido su misión en el mundo? No quiero invadir el terreno de la Filosofía, pero creo poder dar una contestación negativa a esta pregunta que yo mismo me hago y que se habrán hecho, seguramente, todas cuantas personas hayan visto una trucha en libertad, ociosa y lejana. Sin embargo, no puede hacer muy severos cargos a estas truchas. La verdad es que somos muchísimos los hombres que dejamos pasar la vida sin que, al final de ella, podamos exigir con gran razón la gratitud de nuestros semejantes. Los abogados, los consejeros de Instrucción Pública de España, los dueños y los empleados de los tiovivos...(especialmente esto de los tiovivos es tremendo: obligan a las personas a marchar velozmente, para dejarlas en el mismo sitio, sin que esto les sirva de enseñanza ni de utilidad)...toda esa gente llamada artistas, que pintan, escriben, tocan la flauta o representan comedias...Uno de ellos dijo, para justificarse, que la Naturaleza da el ejemplo, porque produce flores aunque nadie se alimenta con flores. A nadie se le oculta el sofisma. Las flores no son superfluas en la planta, sino que sirven la importante función de reproducir la especie. La utilidad no debe medirse por la suculencia. Está bien que este criterio sea aplicado a la trucha, como acabo de hacer sabiamente en otro párrafo, pero es imperdonable referirlo a los abedules o al bióxido de mercurio. Debe afirmarse que el artista es un ser de completa inutilidad, tanto con arreglo a mi opinión como a la de los señores que pudiesen desear comérselos. Un ventrílocuo es absolutamente inútil; y si alguna cosa puede haber más inútil para la Humanidad, es, tan sólo, unas cuartillas comentando la inutilidad del ventrílocuo. Pues bien, ese hombre que no sirve para nada provechoso, tiene su vida más amargada que la de cualquier otro trabajador. Sabido es, aunque algunas personas crean lo contrario, que los muñecos de los ventrílocuos no hablan. El ventrílocuo es el que finge sus voces. Pues, a pesar de esto, todos los ventrílocuos sostienen verdaderas controversias, tremendas disputas con sus muñecos. El ventrílocuo dice a su muñeco:
-Ahora, a cantar.
Parece lógico que el muñeco -esto es, el mismo ventrílocuo- le contestase:
-Con mucho gusto. Bien sabe usted que, si le da la gana, yo canto aquí hasta que huya el último acomodador. Pero el muñeco responde siempre: -Yo no quiero cantar. -Tiene usted que cantar; no hay más remedio -insiste hoscamente el ventrílocuo. -No me da la gana -replica el maniquí. -Se lo mando a usted -brama el hombre que habla con el vientre. El muñeco concluye por ceder; pero de todas maneras, el mal rato que pasa su propietario es terrible. Cuando el doctor Voronoff anunció que podía prolongar la vida y aun la juventud de los humanos, gracias al transplante de ciertas glándulas de secreción interna, quedó abierta ante nosotros esta interrogación: ¿Nos conviene que el milagro se realice?" Estudiemos el asunto, que tiene con nuestro tema una conexión íntima. La Naturaleza sufre el grave defecto de la rutina. La Naturaleza no tiene más fantasía que una tabla de multiplicar. El ser de carne y hueso más parecido a esta abstracta entidad es el buen oficinista. La Naturaleza lo ejecuta todo conforme a un invariable plan preconcebido, sin permirtirse la menor alteración, ni el más leve progreso, ni la corrección más sencilla en sus costumbres. Hace que se sucedan las cuatro estaciones en un turno que no cambia jamás, obliga a los seres a reproducirse idénticamente, nos ofrece los mismos espectáculos y los mismos fenómenos... Por nada del mundo toleraría que neciesen fresas en enero, y tendría un disgusto horrible si la vaca pariese un ruiseñor. Ha inventado cuatro o cinco trucos de gran espectáculo, como las tempestades, los terremotos, los volcanes en erupción y las auroras boreales, y los está repitiendo incesantemente desde los primeros años de la existencia, sin alterar jamás el programa. Su vida, de esta manera, es cómoda, y no tiene que devanarse gran cosa los sesos. Verdad es que ella cuenta con la brevedad de la vida del hombre. Nace el hombre, presencia cinco o seis tempestades, un buen número de puestas de sol -otro truco viejísimo- y unas cuantas sesiones del Parlamento y se muere. Apenas tiene tiempo de enterarse de lo que ocurre a su alrededor; no cesa de alabar los encantos de la Naturaleza...Y la Naturaleza va quedando bien. Pero supongamos que nuestra vida se prolonga. Que vivimos dos siglos, tres siglos, cinco siglos. ¿Qué ocurrirá? El fraxaso de la Naturaleza será tremendo; la atención curiosa del hombre se fatigará de asistir a los mismos fenómenos. Y un día ya se encararía con su tirana, y diría así: -Bueno; ya he visto que nieva todos los inviernos y que los árboles se llenan de verdor en la primavera. Ya he oído el trueno y el ruido poderoso de las olas del mar. ¿Qué más tienes que enseñarme? La Naturaleza le ofrecería un grano de maíz: -Presencia este prodigio. He aquí un grano. Aguarda unos meses. He aquí la espiga. Y le diría también: -Contempla este huevo de gallina. Han pasado unos días. Ahora un lindo polluelo sale de su interior. ¿No es esto incomprensible y magnífico? El hombre bostezaría para opinar: -Sí, sí; es, ciertamente magnífico. Pero hace muchísimos siglos que de los granos de maíz salen espigas de maíz, y de los huevos de gallina, lindos polluelos. Me divertiría más que saliesen perritos tonquineses, con la lengua colgando. -¡Oh -protestaría la Naturaleza-, eso no se puede hacer! Yo soy formal. Yo he contraído el compromiso de que saliesen siempre polluelos de los huevos de gallinas, y jamás saldrán otros seres. Tu exigencia es absurda. ¿Quieres, en cambio, que organice una lluvia de estrellas, un precioso espejismo, un eclipse de sol? Y el hombre volvería a bostezar, porque todo le era ya conocido. Y sobre la longevidad de los seres, el tedio pondría una pegajosa angustia. Una vida larga no nos conviene, y acaso tampoco convenga una vida saludable. Si yo me ocupase ahora de la salud, trataría un tema completamente nuevo. Es seguro que el lector se habrá fijado en que la salud no ha tenido ningún comentarista. Puede decirse que, a pesar de la profunda estimación que le tenemos, la salud no sirve para nada. En cambio, la Humanidad debe un gran número de sus avances, precisamente, a la falta de salud. Acerca de las enfermedades se han escrito millones de volúmenes; grandes sabios, que consagraron su vida a estos estudios, han alcanzado la inmortalidad; infinitos hombres de ciencia consumen su tiempo en la confección de drogas sanitarias...Suprimid las enfermedades y habréis arruinado una industria próspera, habréis obligado al cierre de incontables universidades y privado a la Humanidad de enorgullecerse con la posesión de numerosos sabios. No tengo inconveniente en demostrar que la salud es un estado negativo. Hagan ustedes el favor de seguir este razonamiento. Así como desatendió nuestras necesidades, así se esforzó la Naturaleza en hacer de nuestro organismo una de sus más maravillosas creaciones. Como no abrigo contra ella ninguna malquerencia inconfesable, me gusta otorgarle justicia. Soy un leal adversario y reconozco que nuestro funcionamiento orgánico es prodigioso. Nadie puede negar que la facultad de ver es asombrosa; y la de gustar, deleitable; y la de andar, utilísima. En cuanto a eso de que la sangre salga por las arterias y vuelva por las venas, es de una habilidad que merece justamente el encomio. Y nunca tendremos bastantes palabras de alabanza para la previsión de esa Naturaleza que nos dotó de jugos gástricos bastante poderosos para diluir dentro de nuestro estómago un bisté de casa de huéspedes. ¿Cómo pudo adivinar la Naturaleza, al crear al hombre, que había de verse forzado a deglutir bistés en casa de huéspedes? Es uno de esos misterios que no podemos averiguar jamás. Pero lo indudable es que lo previó, y por eso se apresuró a dotarnos de ácido clorhídrico, el más enérgico de los mordientes, el que puede atacar al vidrio y corroer los trozos de carne que sirven en las fondas. Si la Naturaleza se hubiese olvidado del ácido clorhídrico, estos trozos de carne quedarían para siempre intactos y duros en el estómago del hombre, causándole molestias insoportables. Sin embargo, en estado de salud, nosotros no apreciamos ninguna de estas maravillas; ni aun nos damos cuenta de ellas. Prueben ustedes a decir a cualquier persona sana: -¿No es asombroso que puedas pasear sostenido sobre tus pies y moviendo una pierna delante de la otra? ¿No te causa estupor que la luz entre por tu pupila y atraviese el cristalino, y unos nervios lleven la sensación al cerebro, y veas, en fin? Esa persona os oirá con una profunda extrañeza, que será mayor si le habláis de su peritoneo. Un cincuenta por ciento de los hombres no acertarán a deciros si tienen o no tienen un píloro, y algunos es posible que se incomoden contra vuestra suposición. La enfermedad, por el contrario, nos permite enterarnos de todas nuestras perfecciones. Nadie da importancia a un dedo. Pero un día se estruja este dedo entre una puerta. Inmediatamente, el hombre comienza a pensar en aquella parte de su cuerpo a la que siempre trató con indiferencia notoria. Su solicitud llega a parecer ridícula. Sopla furiosamente el dedo magullado, lo lleva a la boca, lo sacude. lo baña en árnica, exhalando breves suspiros, y por último, lo abriga amorosamente entre algodones. Jamás, en sus días de euforia, hubiese guardado con un dedo tan prolijos cuidados. La exaltación de la enfermedad como estado perfecto ha de llevarnos al elogio de las farmacias. Nada hay más entretenido que contemplar sus escaparates llenos de niquelados instrumentos de cirugía y de específicos lindamente envasados. Una botica tiene siempre algo de sensacional, por lo menos de característico. Vosotros habréis observado que todas las oficinas públicas se parecen, que las tiendas de ultramarinos son iguales entre sí, que un despacho de procurador es análogo a otro despacho de procurador, que podéis pasar por una confitería o por un establecimiento de modas sin que haya ningún aspecto que grabe su memoria agudamente en el alma. Una botica, no; son como los espíritus: no hay dos iguales. Hay farmacias tristes, calladas; los frascos están ocultos tras vidrieras a las que dió opacidad el esmeril; un breve mostrador pintado de negro tiene encima un mármol, como una losa funeraria. Cuando se abre la puerta, suena una campanilla dolientemente. Entonces, del interior misterioso surge un hombre desvaído, pálido, que anda en silencio sobre sus zapatillas bordadas. Vosotros os veis impelidos a formular la petición en voz baja, como si os hallaseis en la antecámara de un enfermo. -¿Me da usted cinco céntimos de regaliz? Y el hombre, calladamente, envuelve los amarillentos palitroques en un papel y os lo da. En aquel instante sentís, impresionados por la solemnidad, por la tristeza del ambiente, así como una vergüenza íntima de no tener otro mal más importante que un simple catarro. Otras boticas rebosan despreocupación y felicidad. Unos enormes frascos contienen agua teñida de rojo o de azul, de sepia o de verde, que os sugieren un recuerdo de licores engolosinantes: Chartreuse, kermann; benedictine...Las pastillas de goma están mezcladas con la raíz de altea; las esferitas de añil despiertan un deseo de chupar caramelos azules...; los nombres de los purgantes, lejos de afligir el ánimo, suscitan ideas de travesuras regocijadas...De la rebotica llega el clamor de voces alegres y sale una tenue nube de humo de tabaco; se adivina que allí dentro se juega al julepe. Hay ese olor especial que tienen los casinos. El mancebo, al llamar vosotros una vez, y otra vez, batiendo con el dinero el mármol del mostrador, sale riendo aún y anunciando a gritos: -Espérenme, que tomo ya la "viuda". Y ante aquel espectáculo, os sentís empequeñecidos, ridículos, porque unos cólicos os torturan. Os advertís desplazados de la vida, ingratos como un borrón de tinta en una pechera blanca... Salpicadas aquí y allá las calles de un pueblo, con sus anuncios de niños que piden laxantes, de hombres que echan rayos por los riñones, de señoritas que tienen un lado de la cara lleno de pústulas y el otro rozagante y fresco, parecen instarnos:
-Enférmate para procurarte la voluptuosidad de curar. Es la única manera de que puedas saborear la salud.
No tengo gran esperanza de que la Naturaleza corrija sus desaciertos después de publicadas estas páginas; pero me quedará la satisfacción de haber roto el coro de sus aduladores incondicionales.
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FUENTES:
FERNÁNDEZ-FLÓREZ, WENCESLAO: LAS GAFAS DEL DIABLO. Colección Austral. Espasa Calpe, 1956.