Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".
Dicen que, cuando alguien muere, su ser vuelve a pertenecer a la eternidad, al mismo tiempo que el sello de tristeza -especialmente profundo cuando el que muere es una persona muy joven- imprime en los rostros y en los corazones de quienes le conocieron y amaron una orografía de dolor inequívoca. En nuestra cultura occidental, no estamos preparados para la muerte, a pesar de ser el tema más importante de nuestra existencia. En uno de los célebres ensayos de Michel de Montaigne (1533-1592) -aquel enorme humanista que optó por retirarse de la vida pública y que convirtió el torreón de su castillo y su amada biblioteca en su particular santuario de fructífera felicidad-, titulado "De cómo filosofar es aprender a morir" (páginas 122 a 138 en la edición de sus ensayos completos publicada por ediciones Cátedra), se hace un importante alegato contra el temor a la muerte: "No sabemos dónde nos espera la muerte; esperémosla en cualquier lugar(...). Toda la sabiduría y el discernimiento del mundo se reduce al fin a este punto, a enseñarnos a no temer el morir (...). El desprecio a la muerte proporciona a nuestra vida una dulce tranquilidad ". El filósofo alemán Richard Wisser, en un artículo suyo publicado en los años sesenta, titulado "Muerte e inmortalidad en el sentir de Platón", dice acerca de la muerte que "el esquivarla, el eludirla, no sería vencer a la muerte, no sería vencer a la muerte sino echar a perder la propia vida (...). Sócrates, el gran mártir de la filosofía por su fe hacia lo que pensaba, aceptó la muerte mediante veneno y desechó toda posibilidad de fuga, en su esperanza de una vida más allá de la muerte corporal. Lo extraordinario de esta situación despierta entre sus amigos una actitud especial, descrita como un estado maravilloso hasta ahora nunca experimentado: una mezcla de alegría y tristeza, de esperanza y desesperación, en cuanto a la conservación de la razón filosófica a la vista de la muerte y a la conservación de la esperanza filosófica más allá de la muerte (...). Sócrates se refiere al antiguo dogma órfico-pitagórico de la migración del alma. Proyectando el concepto religioso de la migración del alma -es decir, la vuelta después del tránsito-, se llega a la conclusión de que debe existir algo que es fundamento de todo ser y devenir, de todo volver a ser y volver a devenir (...). Son peldaños de transición incluidos en un círculo infinito que no puede convertirse en línea, por poseer un único principio y un fin también único. Tal círculo no puede permitir nunca la muerte total como estado final. Si se aplica este concepto al sentido mitológico del alma, resulta que el lugar mitológico, el lugar de transición para el cambio en forma de círculo del alma migratoria, es el "Hades" (...). Un análisis etimológico de la palabra Hades, según Sócrates, permite reconocer que con ella se quiere indicar la casa de Dios, del A-ides, del Invisible (...)". En cuanto seres corpóreos, somos ceniza de estrellas. Ese es nuestro origen (cósmico) y ese es nuestro final. Como la más delicada de las mariposas, estamos hechos de un polvo que se desvanece, poco a poco, con la seguridad de que es mejor ser que no ser, volar un instante que no volar nunca. Y, como el ave Fénix, cuyas cenizas siempre resurgen, volveremos a encontrarnos en mejores circunstancias o en otras vidas, porque el alma es eterna y la muerte es sólo una ilusión. Mientras tanto, desde mi tumba, mi ser a lo lejos seguirá oyendo el rumor de las olas y a mi joven rostro seguirá acariciando la suave brisa de mi querido mar.
-Satz, Mario: El alfabeto alado. Acantilado, Barcelona, 2019.
-Wisser, Richard: Muerte e inmortalidad en el sentir de Platón. Revista Folia Humanística, tomo V, número 54. Editorial Glarma, Barcelona, Junio de 1967.
-Nhat Hanh, Thich: La muerte es una ilusión. Colección Zenith. Editorial Planeta, 2018.
En el cada vez más extenso ámbito de las tecnologías de la información, existe una diferenciación clara entre lo que son los "datos" (datos no estructurados) y lo que es "conocimiento". Todos los datos aislados, por sí solos, si no se pueden analizar, no son más que basura digital. Se ha de pasar del quantified self al understood self para que estemos ante la conversión de esos datos en información útil, en conocimiento. Pero muchas veces, estos datos, aparecen expresamente ocultos, encriptados adrede, con deliberada intención, teniendo la apariencia de un conjunto de datos inconexos, sin sentido alguno. Es lo que sucede con los criptogramas, alfabetos misteriosos, caracteres que no tienen ningún sentido para quienes no están al corriente. Los filósofos medievales y muchos eclesiásticos, quizás por temor a la excomunión o a un destino aún peor, utilizaron criptogramas para que no se sospechara de sus investigaciones científicas. Es el caso de Roger Bacon (franciscano, resucitado del olvido para el gran público gracias a la novela de Umberto Eco, "El nombre de la rosa"), el jesuita Athanasius Kircher, o el filósofo Sir Francis Bacon, creador de la clave biliteral. A Francis Bacon, Barón de Verulam y Vizconde de Saint Albans, se le considera el verdadero autor de las obras "shakesperianas", que por cierto, están repletas de escritura cifrada. La importancia de la criptografía en la literatura y la filosofía a lo largo de la historia es enorme, por tanto.
Seguramente, todo lo que hemos expuesto anteriormente, es de aplicación al Manuscrito Voynich, libro misterioso donde los haya, que lleva siendo un auténtico rompecabezas para todo aquel experto que se ha acercado a sus ininteligibles páginas, bellamente ilustradas hace siglos por una mano muy experta sobre suavísima vitela (piel de animal no nato). El manuscrito Voynich es un libro que no se puede leer y entender, asimilándose al conjunto de datos no estructurados que comentábamos. Es el jeroglífico más estudiado del siglo XX y del actual. Su nombre se debe al librero ruso-americano que lo compró, Wilfred M. Voynich, en 1912. Éste creía que era obra de Roger Bacon, que lo habría escrito de forma cifrada para esconder sus descubrimientos científicos en el siglo XIII. El manuscrito aparece en 1912, cuando Voynich lo encuentra en una biblioteca de una casa de los jesuitas en Mondragone (Roma). Allí lo habría dejado otro ilustre jesuita, Athanasius Kircher, 250 años antes. Traslado aquí estos últimos datos, extraídos de la interesantísima novela histórica del astrofísico Enrique Joven, El Castillo de las Estrellas (Roca Editorial, 2009), que trata la historia y vicisitudes de este códice y es, también, un indirecto homenaje a la Orden Religiosa de la Compañía de Jesús. En esta novela se explica cómo se creó una tabla para poder interpretar los datos del manuscrito: un alfabeto creado ex profeso, el European Voynich Alphabet (E.V.A.). Pero, hasta la fecha, tampoco ha servido para descifrarlo. En apariencia, a simple vista, parece tratarse de un manual de botánica, pero todo da a entender que el mensaje que ese libro contiene en sus páginas va mucho más allá que el de un simple manual de jardinería. ¿Qué sentido tendría cifrar de ese modo un manual de botánica? Quizás, lo sabremos dentro de pocos años, justo cuando las copias exactas o clones del manuscrito empiecen a circular de una forma más extensa. Y ello porque una editorial española, con sede en Burgos, SILOÉ, especializada en códices y reliquias bibliográficas, ha conseguido ser la elegida (el actual propietario del manuscrito, la Universidad de Yale, así lo ha decidido, de entre varios aspirantes de todo el mundo) para clonar y vender esas copias, para su venta a bibliófilos y coleccionistas. Será entonces, cuando el contenido de tan llamativo manuscrito empiece a circular por muchas más manos, cuando su significado pase de ser una simple retahíla de datos ininteligibles a convertirse en conocimiento. Cuando se descubra el alfabeto misterioso con el que fue escrito, entonces se podrá conocer su contenido y se cumplirá aquello que escribió Sir Francis Bacon -no sabemos si de manera cifrada o no- en una de sus obras: "Es mejor desear la sabiduría y el conocimiento que las riquezas".