"Y transcurrieron los días. Y los años.
Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez.

martes, 9 de diciembre de 2025

"ENSANCHAR LAS MIRAS DE TODOS, HACIÉNDOLAS LONGÁNIMAS COMO LAS VASTAS MESETAS MANCHEGAS"...

 

 La tesis general de este libro y de otros escritos que fueron apareciendo poco después es que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Unamuno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella naturalmente aquellas otras dos, la fascista, por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro, tratando de ensayar a toda costa aquí revoluciones que ya habían salido triunfantes en la URSS, en Alemania o en Italia. 

Andrés Trapiello. Las armas y las letras.

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El escritor Andrés Trapiello.
 

 

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es uno de nuestros mejores escritores vivos en lengua castellana. Sus libros, artículos y reflexiones acerca de la guerra civil española se encuentran entre los textos más lúcidos, imparciales, interesantes y profundos acerca de la raíz del conflicto y de las causas que lo provocaron. Una de sus reflexiones más importantes, y que pienso que se ha de dar a conocer más, está contenida en uno de los prólogos suyos a "LAS ARMAS Y LAS LETRAS. Literatura y Guerra Civil (1936-1939)", concretamente el prólogo que escribió para la segunda edición de esta obra, que dice así:



"Ya antes de 1975, y de muchos modos después, se pidió en España la democratización de nuestras instituciones políticas, y parecen aceptadas las fecha de 1977 o de 1982 como algunas de las posibles para fijar el inicio de la verdadera normalización democrática entre nosotros. La literaria se retrasó unos años más, y a ella contribuyó, entre otros hechos, y dicho con la mayor modestia, este libro, en el que trataba de presentarse de una manera panorámica el comportamiento de los escritores durante la Guerra Civil.

Podría parecer paradójico hechos históricos tan alejados en el tiempo pudieran condicionar nuestro presente de entonces como lo hacían, pero era cosa evidente que mientras no tuviésemos una idea más clara y exacta de lo que pasó, nos iba a resultar difícil saber lo que estaba pasando y lo que podría pasar.

La tesis general de este libro y de otros escritos que fueron apareciendo poco después es que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Una muno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella naturalmente aquellas otras dos, la fascista, por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro, tratando de ensayar a toda costa aquí revoluciones que ya habían salido triunfantes en la URSS, en Alemania o en Italia.

La estrategia de estas dos Españas y de quienes la representaban fue desde el primer momento ganar para su causa, libremente, o mediante el poder, la coacción o el terror, a cuantos escritores tenían cerca, para usarlos como voceros, no dudando en quitarlos de en medio si estorbaban sus propósitos.

Los movimientos de aproximación o de huida se sucedieron en ambos bandos a menudo, y si Baroja dijo a Moreno Villa aquello de “qué mal hemos quedado en esta guerra los del 98”, cabría añadir que
en esa guerra fueron pocos, contados, los que quedaron bien, tanto si la ganaron como si la perdieron,


y esa fue la herida que en unos y en otros tardó en cicatrizar medio siglo, doliéndose de ella ellos mismos y todos los demás.

En realidad este libro, a medio camino entre la historia y la literatura, no quería ser más que un observatorio, y es lo que, ocho años después sigue siendo, me parece a mí. En ese tiempo se han publicado innumerables estudios parciales que se ocupan de cuestiones ya atraídas aquí, corrigiéndolas a veces o, en otras, confirmándolas, pero como obra general sigue ocupando el campo en solitario, y por ello sale ahora corregida, disminuida y aumentada, a veces en asuntos primordiales y otras, en matices de más o menos valor, confirmando así un sentimiento genuino mío, a saber, que un libro como este es una obra colectiva, de muchos esfuerzos, aunque figure una sola persona como único autor.

Cuando yo creía que las reacciones, al editarse por primera vez “Las armas y las letras”, iban a ser violentas o al menos partidas en favorables y desfavorables, sorprendió a muchos, incluso uno mismo que resultaran en general tan elogiosas. Aunque hubo, claro, opiniones que criticaban el libro sin paliativos, considerando que en él se ofrecía “una información tan desigual como fragmentaria”, y deploraban que no se incluyese un buen “aparato de citas”. Alguno incluso, pareciéndole pocos los trescientos de los que se hablaba, tuvo por un descalabro vergonzoso que me hubiese olvidado de citar a escritores tan importantes como Koldo Michelena, eminente filólogo vascongado.

Comprendo que desde la universidad española, de donde procedían tales críticas, hubiesen deseado un libro lleno de notas a pie de página, pero la propia universidad debiera comprender a su vez que uno es varón de poco aparato, y lo lógico hubiera sido que este libro se hubiese escrito, con o sin notas, por mí o por otro, veinte años antes en la universidad española, amantísima de sus hombres más preclaros. Pero las cosas son como son y no de otra manera,
el libro sale de nuevo eunuco de notas bibliográficas y eruditas y don Koldo Michelena se queda de momento al pairo, hasta mejor ocasión, ya que la primera intención de estas páginas no era formar alumnos o codearse con catedráticos, cosas ambas muy gratas siempre, sino pensar en los lectores curiosos.

Por lo que sé, el libro sirvió a no pocos de estos para darse cuenta de que si en las armas no bastaba con separar a los contendientes en buenos y malos, en las letras menos aún,


pues no es infrecuente tropezarnos con quienes equivocándose de bando en las armas, atinaban en el de las letras, o al revés. Y les sirvió también para llegar a autores que orillados entonces, como Cháves Nogales, parecen haber entrado al fin en nuestro trato común, o para revisar obras y actitudes como las de Baroja. lo cual dicho sea de paso, me enredó con uno del beaterio barojiano en un grotesco proceso judicial, que hizo bueno una vez más aquel “tengas pleitos y los ganes”, ganado como quedó.

Cómo declaré al publicarse la primera edición, me habría complacido encontrar el justo medio, sin ofender a nadie y sin faltar a la verdad. Ahora, cuando he podido corregir, lo he hecho con gusto, y he dejado de hacerlo cuando me parecía que era más importante la verdad que el desagrado que en algunos protagonistas o en sus parientes o admiradores produjo leer los pasajes donde aparecían aquéllos.

Los estudios literarios, salidos casi siempre de veneros académicos, se han multiplicado de una forma exponencial y a menudo ejemplar, y, lo que es más importante, la actitud frente a la literatura de nuestro pasado más reciente ha cambiado por completo. Escritores que hace apenas veinte años eran denostados o menospreciados, cuando no ridiculizados, hoy son parte de nuestro propio canon, por usar palabras de culto, y a otros que parecían blindados por razones políticas o personales, puede uno acercarse con criterios propios sin temor a represalias.

Así, pues, un libro que contribuyó en lo que pudo la pacificación de la literatura reciente española, veo otra vez la luz, solo que más tranquilo, sin aquellos temores de dejar el campo ajustado de nuevo, y con la misma ilusión de ensanchar las miras de todos, haciéndolas longánimas. como las vastas mesetas manchegas en el corazón de nuestro hidalgo Alonso Quijano, el primero que supo poner en su sitio, con su valencia propia, armas y letras.

A.T.
Madrid, otoño de 2002.