"Y transcurrieron los días. Y los años.
Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres.
Pero detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes y la trama del tapiz no se aflojó nunca.
Y allí están con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez.
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lunes, 17 de agosto de 2026

"LOS HOMBRES VIVEN SU MUERTE Y MUEREN SU VIDA", DIJO HERÁCLITO.


 

        No somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual. Somos seres espirituales teniendo una experiencia humana.
 
                                                                    Pierre Teilhard de Chardin. 
 
                                Tal vez fue a la vista de la muerte cuando el hombre tuvo por primera vez la idea de lo sobrenatural y cuando comenzó a esperar algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio. Puso al hombre en el camino de otros misterios. Elevó su pensamiento de lo visible a lo invisible, de lo pasajero a lo eterno, de lo humano a lo divino.
 
Fustel de Coulanges. La ciudad antigua
 
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                          - A mi padre, In Memoriam -
 
 
 
 

 
 
 
 

 
 
 
 
Albert Champdor, en su obra sobre EL LIBRO EGIPCIO DE LOS MUERTOS, nos habla de la ETERNIDAD con estas palabras:
 
 
"La Eternidad es inmutable y una, y el movimiento perpetuo de las galaxias garantiza su materialidad. Todo lo que contiene la eternidad, todo cuanto ha sido, cuanto es y cuanto llegará a ser lo es por vibración, y "todo es doble en todo". La muerte no es más que un estado de crisis durante el cual aquel "que lleva un nombre" no está ni muerto ni vivo, durante el cual lo que ya era eterno en él antes de ser concebido, su "Ka", deja el cuerpo aparente de la carne "justamente antes, escribe Mayassis, de que el ritual de las exequias haya consagrado la resurrección en el más allá", en el momento anterior "de arrojar su putrefacción", justo antes de que los ritos de la apertura de la boca y de los ojos permitan al difunto volver a encontrar el hálito y la vida en el Nun primordial, en el que se elaboran y se equilibran los perpetuos movimientos de nacimiento y de muerte, exactamente igual que en la materia se agita y se opone un colosal movimiento de átomos que son universos a escala infinitamente pequeña. En efecto, el tiempo, que no podría medirse con relación a la eternidad, modifica y destruye con rapidez la apariencia física del hombre y su comportamiento, pero no altera en absoluto su alma. El tiempo no envejece. El valor de una fracción de tiempo, que los egipcios habrían denominado vibración, puede calcularse en segundos o en su equivalencia, es decir, en millones de años. El tiempo y la muerte no son sino opciones provisionales, signos convencionales que facilitan los juegos del pensamiento. Para los antiguos habitantes del venturoso Valle del Nilo, la muerte no tenía nada de horroroso ni de especulativo: marcaba un tiempo de espera en una evolución normal sin principio ni fin, anunciaba un verdadero nacimiento, aquel que llevaría al difunto a la vida eterna, y le pondría en situación de purificarse de sus pasiones, de las "inmundicias" que hubiesen en su corazón, aquel que le prepararía para el bautismo, "porque el muerto debe ser bautizado" en el Lago de la Oca antes de presentarse a los dioses; sí, para presentarse en el otro mundo en el que será igual a los dioses, el muerto, que habrá sido justificado según las fórmulas que estudiaremos más adelante, debe ser purificado, a fin de que su alma resplandezca después de haber sido lavada sus impurezas. Para los iniciados a quienes había sido revelado que el sol "agregaba su simiente a su cuerpo para crear su globo en su ser secreto" ("Himno a Amón", traducción de Gardiner), el nacimiento en la tierra no era más que la lógica consecuencia de la muerte en el más allá, al igual que la muerte en la tierra no era sino el signo natural del nacimiento en el más allá. Se trata de ideas que Heráclito resumió muy bien: "Los hombres viven su muerte y mueren su vida". Así se comprende por qué era tan natural para el egipcio desembarazarse de su cuerpo terrestre y revestir a continuación un cuerpo de luz para poder evolucionar en el espacio tan fácilmente como cuando se encontraba sobre la tierra que bordea el Nilo, abrazar cualquier forma a su elección, ser igual al infinito en la pequeña parte que le corresponde, ser bajo el aspecto de un espíritu luminoso un estremecimiento de tiempos inmemoriales. Ciertamente, tales creencias pueden sorprendernos e inquietarnos, porque no concebimos cómo puede llegarse a esta identificación final del  hombre con el universo, porque no conseguimos dejarnos seducir por la irradiante presencia, en lo más secreto de nuestro ser, de aquello que los egipcios denominaban el "ka", elemento absolutamente extraño en nuestra naturaleza, símbolo del yo eterno, que todo ser vivo recibe en depósito, ya lo hemos dicho, desde antes de su nacimiento, porque su nombre está impreso en la eternidad incluso antes de que llegue a ser pronunciado por su madre. Y si no resistimos a dejarnos introducir en sendas tan abstractas porque parecen no conectar con nada fundamental, podría entenderse asimismo que no conocemos en nosotros lo invisible, lo que se perpetúa o se deteriora sin que los procesos evolutivos o destructivos se registren en nuestra razón o en nuestra sensibilidad. Nuestro ser invisible existe no obstante. Es aquel cuya esencia es incorruptible e inmortal. Es ese ser invisible, ese doble de nosotros mismos al que los egipcios van a hacer vivir, uno para cada muerto de los tiempos pasados y futuros todo lo que dure la eternidad. Y cada muerto resucitará, como el sol resucita cada mañana, "portador y distribuidor de una infinita vitalidad." (Mayassis, op.cit.)".
 
El libro egipcio de los muertos es uno de los más importantes textos clásicos de la literatura espiritual y, dentro de la antigua literatura egipcia, el texto más popular de todos. El Eterno Egipto mora en sus palabras y hacia esa Morada de Eternidad nos dirigimos todos.