En
el mapa bélico del siglo XX, la Guerra Civil española, a nivel
planetario, fue una guerra más. Una guerra que todavía se nos
cuenta en dos versiones. Pienso que debiéramos sumar las dos y
sentir vergüenza.
El
Gobernador me escuchaba con atención, con la cabeza ligeramente
reclinada sobre el puño de su mano izquierda. Después de referirme
a la Iglesia Católica que nos estaba alentando hacia una
confraternización, argumentando que todos éramos hermanos, todos
hijos de Dios, todos víctimas de un mismo odio, continué diciendo:
-Mire
usted, don Enrique; aquí, pienso yo, no se trata de fruslerías, no
estamos pesando capachos de carbón. Se trata de los muertos, mejor
dicho de “nuestros muertos”. Mi Corporación y el pueblo de
Campillos saben que el Gobierno de Suárez ha aplicado amnistía a
muchos españoles que están vivos, en varios tiempos, con bastante
generosidad. ¿Y los muertos de nuestra Guerra Civil? ¿Qué hacemos
con ellos? ¿Por qué unos en un altar y los otros en el olvido?
¿Quiénes somos nosotros para entabicarlos: ¡tú aquí y tú fuera
de aquí! En una palabra, don Enrique: ¿Dónde acaba el odio y
empieza el perdón?, me pregunto. Lo que sí tengo muy claro es que,
ante casos como éste, un alcalde no puede bajar los párpados.
César Rodríguez Docampo.
----------------------
D. César Rodríguez Docampo.
“1977.
15 Agosto: El
Ayuntamiento de Campillos cambia las lápidas que puse en la Cruz de
los Caídos con los nombres de los muertos, en el Parque de la Plaza
del Cardenal Spínola, por otras dos blancas en la que dice:
“Campillos a todos los muertos en la guerra 1936 a 1937” y en la
otra, una poesía de Miguel Hernández, Pastor poeta de Orihuela y
otra del hijo de Campillos Jose M.ª Hinojosa Lasarte. Apruebo y me
agrada este acuerdo, así como el día en que lo realizan, que
contribuye a la paz y concordia entre todos”.
Federico
Manzano Sancho. Nuestro Tiempo… (Diario personal,
manuscrito).
-----------------------------------------------------------------------
Don
Federico Manzano Sancho era el Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Campillos cuando se
construyó la Cruz de los Caídos. Sobrino de Don Federico Manzano
Jiménez, maestro nacional y primer director del Grupo escolar
(edificio construido en 1928, en los terrenos cedidos al Ayuntamiento
por el propio Federico Manzano Jiménez), sustituyó al Alcalde Don Eulogio
Monteagudo Garrido, que estuvo en el cargo del 15 de Enero de 1937 al
1 de Abril de 1939. Don Federico asumió el cargo hasta el 24 de
Enero de 1940:
“1939.
1 Abril: Termina
la Guerra Civil con el triunfo del Gral. D. francisco Franco
Bahamonde, Caudillo de España. Gracias a Dios que me ha sacado con
vida y me ha librado de ver a ningún muerto, ni intervenir en
ninguna acción de guerra, ni en su liquidación, ni tener que
pertenecer a ninguna de sus milicias, es decir, he estado para las
maduras y no para las duras”.
Como
el Alcalde, D. Eulogio Monteagudo se ha puesto enfermo, tengo que
sustituirlo hasta el 24 de Enero de 1940 en que es nombrado Alcalde
D. Antonio Llamas Campos. Por acuerdo del Ayuntamiento, para dar al
pueblo un aspecto de más alegría y borrar la tristeza de su guerra
civil, hago un jardín, con grandes apuros monetarios, en la Plaza
del Cardenal Espínola, previo plano, que levanto de la misma, y
sobre él hago la traza que traslado al terreno; aprovechando las
piedras de sus bancos para bordillo de sus aceras, cubro sus
parterres con buena tierra de mantillo; compro las plantas para sus
molduras y los vecinos me regalan 18 grandes palmeras que la
embellecieron y que después han sufrido varias vicisitudes”.
Gracias a D. Alfonso Ruiz Padilla, que me envía copia del contenido literal del ACTA DE 26 DE MAYO DE 1939 que dice así:
"Acta de 26 de Mayo de 1939: Se propone y se acuerda la aprobación de la construcción de la Cruz de los Caídos en honor a "los asesinados por los marxistas y muertos gloriosamente por la patria". Se nombra una comisión formada por los gestores (concejales) a los que se unen: Doña Ana Jordán Villavicencio, Doña Ana Casasola Fuentes, Doña Concepción Palop Casasola y los señores D. Cristóbal Padilla Pérez, D. Antonio Campos Giles, D. Antonio Avilés Fontalva y D. Francisco Casasola Casasola".
Don
Baltasar Peña Hinojosa, en la página n.º 167 de su libro “Pequeña
Historia de la Villa de Campillos” dice así: “Don Eulogio
Monteagudo, Registrador de la Propiedad, quien desempeña este cargo
hasta enero de 1940 con acierto y rectitud. Las anormalidades de
estos tiempos no eran propicios para resolver todas las necesidades
de la villa, sin embargo el Sr. Monteagudo, con la cooperación del
Teniente de Alcalde Don Federico Manzano, dejó en Campillos entre
otros acertados recuerdos de su gestión, la creación del nuevo
parque en la plaza del Cardenal Spínola y la creación de la Cruz de
los Caídos”.
"La Cruz de los Caídos instalada frente a la fachada de la Iglesia que da a la Plaza, se eleva sobre una plataforma de mármol, que fué a la vez aprovechada para depósito de agua de los jardines, estando rematada en sus ángulos por cuatro grandes bolas y en su parte posterior dos lápidas de mármol blanco reseñan los nombres de los campilleros caídos por Dios y por España, lo mismo en el martirio, que en la lucha por la causa nacional".
Portada del libro de D. Baltasar Peña Hinojosa.
Página 167 y foto, pertenecientes al Capítulo XI "Nuestros días", de Pequeña Historia de la Villa de Campillos, de D. Baltasar Peña Hinojosa.
La
Cruz de los Caídos se puso en la Plaza del Cardenal Spínola, en
Campillos, entre Abril de 1939 y Enero de 1940, según los
textos anteriores.
En
España, al terminar la guerra, el régimen franquista estimuló el
homenaje a los que consideraba “caídos” con monumentos con sus
nombres, instalados en los municipios en lugares privilegiados
(plazas, iglesias,…). Se creó la Comisión de estilo en las
Conmemoraciones de la Patria (febrero de 1938) para establecer las
normas y dictaminar en todo lo relativo con la construcción de
edificios, monumentos y lápidas conmemorativas. la Cruz debía ser
el elemento central. La piedra será el material predilecto. Granito
y mármol. Éste último escogido, sobre todo, para las placas de los
caídos. Cada pueblo apostará por el material típico de cada
región, por la piedra más común de la localidad. Así, los
mártires serían glorificados con la piedra del lugar donde habían
nacido, donde quizá habían muerto y reposaban sus restos. La
Delegación Nacional de Propaganda siempre quiso simplificar las
líneas, minimizar el monumento a la existencia de la cruz, los
nombres de los mártires y, por supuesto, los escudos de España y
los del Movimiento. El monumento no podía pasar desapercibido, tenía
que estar presente en la vida cotidiana de los vencedores pero
también de los vencidos. Por eso, su ubicación no será
casual. Lo más común será emplazarlos en el corazón de los
pueblos: en plazas o calles principales. Desde los primeros días de
la Guerra Civil, las corporaciones locales comienzan a alterar el
paisaje urbano: las calles reciben nuevos nombres, borrando todo
rastro del pasado y haciendo llegar el recuerdo de la contienda a
todos los rincones. La cruz estará en un espacio elevado, y bajo
ella existirá una escalera que “favorecerá la elevación y visión
de la cruz”. Los monumentos a los caídos creaban unos “lugares
de duelo” (ahora, son los “lugares de memoria”) en torno a los
cuales la comunidad de los vencedores recordaba y daba honor a los
que ya no estaban. El franquismo no apostó por la reconciliación,
no hablaba de perdón, no cerró las heridas, sino que ansiaba
mantenerlas abiertas para que la guerra civil estuviese siempre
presente. Se permitía expresar su duelo y recordar a sus seres
queridos. Fue la “paz franquista”. Perpetuar la memoria y el
heroísmo de aquellos que cayeron por la Patria y por Dios. Estos
monumentos fueron erigidos, en su mayoría, para evocar la memoria de
los vencedores, mientras que la ausencia de aquellos en homenaje a
los vencidos era ostensible. El arte franquista fue un arte militante
y propagandista que exaltó la ideología de los triunfadores y evocó
simbólicamente a los ausentes de dos formas: los héroes y los
mártires. Su muerte se reelaboró en términos de un justo
sacrificio que los ennoblecía y elevaba a una dimensión sobrehumana
de heroísmo: de muertos pasaron a ser caídos. Nuestro país
tuvo su recuerdo anual para los muertos por causa de Dios y de la
Patria (la Patria española estaba fusionada con el catolicismo) con
el establecimiento de una serie de fiestas como el Día de los Caídos
(29 de octubre). El 20 de noviembre, el fusilamiento de José Antonio
Primo de Rivera. Todas estas inscripciones acabaron encabezadas con
el nombre de Jose Antonio (Caídos por Dios y por España.
¡Presentes!), nombre del más
importante caído de la guerra, Jose Antonio Primo de Rivera, en
sagrada fusión de los muertos por causa política y religiosa,
“mártires de la Cruzada todos ellos”.
El
15 de Agosto de 1977, siendo Alcalde Don César Rodríguez Docampo,
se cambiaron las lápidas a los caídos. Todo el proceso de ese
cambio, lo explica Don César en el capítulo décimo de su libro de
memorias LA TRANSICIÓN EN CAMPILLOS (MÁLAGA), TRAS LA
MUERTE DE FRANCO.
He
aquí el contenido íntegro de dicho capítulo:
CAPÍTULO
DÉCIMO:
LAS
LÁPIDAS DE LOS CAÍDOS
Altar
de los Caídos en la plaza Cardenal Spínola de Campillos
1.
Apología de la guerra:
A
Heráclito de Éfeso le llamaban el “filósofo llorón”. De
familia aristocrática, altanero y desdeñoso, al final de sus días
se retiró del mundo y vivió en los montes. Siempre utilizaba la
misma metáfora para expresar las leyes que rigen el mundo: La
discordia y la guerra.
Nos
decía, en griego: Pólemos pater pantom; kai pantom, pólemos"
(La Guerra es el padre de todas las cosas; y, de todas las cosas, la
Guerra).
Dos
mil y pico de años después, nacía Hegel en Stuttgart, un 24 de
Agosto de 1770. Se educó en el Seminario teológico de Tubinga y fue
amigo del poeta Hölderlin. En Hegel, aunque sus ideas reposan sobre
el suelo vital de una visión religiosa del mundo, subyace en todas
ellas una solapada apología de la guerra. En la batalla de Jena
contra el invasor Napoleón, murió un hermano suyo y él perdió su
cátedra. Sin embargo el testarudo Hegel afirmaba: “He visto al
Emperador a caballo, he visto la Razón a caballo”.
En
la conciencia de Hegel habitaba un elemento pasional heredado de
Baruch Spinoza, al que tenemos que sumarle el conocimiento de aquella
hermosa jungla de vivencias e ideas que Balzac había expuesto con
extraordinaria lucidez en “Las Ilusiones perdidas”, una parte de
“La Comedia Humana”.
“Hegel
es el álgebra de la revolución”, gritó una vez Alejandro Herzen.
Y lo fue. Porque Hegel es el abuelo del fascismo italiano, del
nacionalsocialismo alemán y del marxismo ruso, ideologías culpables
de más de cien millones de muertos en guerras. Y esas tres
ideologías alimentaron nuestra guerra civil. Siempre las
revoluciones, las discordias y las guerras han configurado la vida,
pasión y muerte de nuestra humanidad. Desde los mitos a nivel
alegórico como es la “Gigantomaquia” o batalla de Zeus contra
los Gigantes, narrada por Hesíodo en su Teogonía, podríamos
detenernos en miles de historias bélicas, todas crueles. La famosa
estela de cuarzo de la época de Nectánebo II que lleva el nombre de
“Estela de los cuervos”, nos ofrece una de tantas incursiones de
aquel rey de Asiria, Asurbanipal, retirándose de los campos de
batalla, pisando sobre los cadáveres destrozados de los soldados
enemigos muertos en combate, bajo una nube de cuervos que ya
revolotean para lanzarse a la carroña. La
guerra de los 30 años (1618-1648), una guerra religiosa de
protestantes contra católicos, de católicos contra protestantes, y
de todos contra los mandamientos de Dios, tuvo nueve millones de
muertos, tantos como en la primera guerra mundial.
De
las guerras mundiales y sus holocaustos mejor es no hablar. Aconsejo
la lectura de la obra de James Petras, “Modernidad y Holocaustos
del s. XX”, sobre la construcción imperialista y el asesinato
masivo.
En
1970 Pol Pot y sus Jemeres rojos, apoyados por el gobierno de Hô Chi
Minh, fieles al maoísmo y al comunismo internacional, iniciaron en
Camboya una Guerra Civil. Entre 1975 y 1979 torturaron y asesinaron a
dos millones de personas. Los Campos de Extermino se convirtieron en
un Infierno de extrema crueldad. Más crueles todavía que los
alemanes. Y el resto del mundo sin enterarse. No había muertos, esa
palabra era tabú. Sólo había desaparecidos. Los cadáveres
descuartizados eran utilizados como abono.
Las
guerras de Nigeria, la destrucción de Biafra y las matanzas de Ibos,
en resumidas cuentas no fueron más que sangre por petróleo.
El
Infierno de Ruanda y Burundi fueron carnicerías entre hutus y
tutsis, con la vista gorda de los gendarmes americanos.
Y
en medio de todo esto, ¿dónde situamos a Dios? Padre nuestro (¡de
todos, eh!), providente, omnisciente, omnipotente… que -según se
dice en alguna parte- no se nos cae ni un cabello sin su
consentimiento. ¿Qué hace Dios nuestro Padre, a dónde mira, por
qué no sale en ayuda de los débiles, de los perdedores?
Dijo
una vez Napoleón: “Dios sólo ayuda a quien tiene los cañones”.
Es decir: La fuerza es la virtud suprema; la debilidad el único
pecado. Los problemas casi siempre se han resuelto no con votos ni
retórica, sino a sangre y fuego. Como hizo Bismark que dominó a
Austria, humilló a Francia y fundó un Imperio.
En
el mapa bélico del siglo XX, la Guerra Civil española, a nivel
planetario, fue una guerra más. Una guerra que todavía se nos
cuenta en dos versiones. Pienso que debiéramos sumar las dos y
sentir vergüenza.
2.
CAMPILLOS: Las lápidas de los Caídos, antes y después del 15 de
Agosto de 1977.
2.1.
El acuerdo:
Copia
del Acta del Pleno (27-06-1977):
“En
Campillos, a veintisiete de Junio de mil novecientos setenta y siete.
En el Salón de Sesiones de esta Casa Consistorial, bajo la
Presidencia del Sr. Alcalde Don César Rodríguez Docampo, con la
asistencia de los Srs. Concejales que al margen se expresan; presente
el Sr. Secretario-Interventor; se reúne el Excmo. Ayuntamiento Pleno
en sesión ordinaria de segunda convocatoria, la que es declarada
abierta a las veinte horas del día de la fecha.
El
Punto E) del orden del día dice: “PROPUESTA DEL CONCEJAL D.
FRANCISCO LOZANO ESCRIBANO:
Por
la Presidencia se concede la palabra al Concejal Sr. Lozano
Escribano, pidiendo quede constancia en Acta de la satisfacción de
la Corporación como consecuencia de haber recuperado el pueblo
español su soberanía democrática: Que dado que hasta la fecha el
único Diputado al Congreso en la persona de D. Benito Luna Anoria,
era hijo de Campillos, por motivos históricos propone que su
fotografía sea expuesta en el Salón de Sesiones: Que en gestiones
llevadas personalmente por él a instancia de la Alcaldía, acerca de
familiares de caídos en la Guerra de la Liberación y con el parecer
unánime favorable de los mismos por la acertada propuesta; dado que
desde el 15 del actual, en que el pueblo recobró su soberanía
Nacional, al implantarse la democracia y para dar una prueba de
verdadera reconciliación local, propone que el Monumento a los
Caídos con los nombres de uno de los Frentes de la Guerra pasada,
sean suprimidos y se fije una inscripción cuyo texto sea: CAMPILLOS,
A TODOS SUS MUERTOS DE LA GUERRA DE 1936”, quedando por tanto un
Monumento de todos los caídos por ambos bandos.
La
Corporación dada la finalidad perseguida con las propuestas del
Concejal Sr. Lozano Escribano, acuerda aceptarlas en todos sus
extremos.
Estaban
Presentes:
El
Sr. Alcalde Presidente, D. César R. Docampo
Señores
Concejales:
D.
Juan Garceso Gómez
D.
Domingo Carrión Valencia
D.
José Macías García
D.
Francisco Lozano Escribano
D.
Salvador Morillo Padilla
D.
Juan Segura Gallardo
Faltan
con excusa:
D.
Vicente Navas Mesa
D.
Francisco Caballero Mesa
Falta
sin excusa:
D.
Agustín Aragón Lozano
Fotos del Libro de Actas del Ayuntamiento de Campillos de 1977. Este Libro de Actas se custodia en el Archivo Histórico Municipal de Campillos, cuya ubicación actual está en la segunda planta de la Biblioteca Municipal Jose Mª Hinojosa Lasarte.
D.
Francisco Lozano Escribano, Concejal del Ayuntamiento de Campillos. Su
propuesta sobre el cambio de las Lápidas a los Caídos fue presentada
ante el Pleno y aprobada, por unanimidad, el 27 de Junio de 1977.
2.2.
Pasos previos:
El
acuerdo plenario tiene fecha del lunes 27 de Junio de 1977. Las
lápidas se cambiaron el día 15 de Agosto de 1977. Entre una y otra
fecha hubo un tiempo y unas gestiones, entre ellas la visita al
Gobernador Civil D. Enrique Riverola Pelayo. Le
fui a ver al día siguiente, que era martes, con una copia del Acta
en la mano.
Don
Enrique Riverola ya conocía el acuerdo tomado en Pleno el día
anterior. Alguien, por conducto no oficial, había filtrado la
información. El Gobernador me recibió con toda naturalidad. Muy
tranquilo, muy atento, muy receptivo. Le entregué copia del Acta.
La leyó y me dijo: Vamos a ver, César; a esto mismo tienen que
llegar todos los pueblos de España. El problema está en saber
hacerlo a su tiempo y bien, porque no en todas partes pasó lo mismo.
Me hizo ver que la argumentación del Sr. Lozano Escribano era
razonable, iba en la línea correcta, pero todavía España no era un
Estado democrático, hasta que no se aprobara una nueva Constitución.
Y añadió: “Campillos vais muy avanzados”. Y mirándome
fijamente, me preguntó: ¿Cuáles son los argumentos del Alcalde?
Entonces, poco más o menos, le dije lo siguiente: “-Vamos a ver,
don Enrique: Mis argumentos se sustentan en vivencias. Yo no nací en
Campillos. Llegué a
Campillos a finales de 1964, después de pasar un año en Mora de
Toledo, escribiendo un guión de cine sobre la Guerra Civil, después
de aprobar el ingreso en la Escuela Oficial de Cine, para cursar
Dirección cinematográfica en Montesquinza, número 2 de Madrid.
(Más adelante he de explicar esta historia). Con esto, quiero decir
que tengo vivencias desde muchos planos y lugares de España:
Orense,
Pontevedra, Palencia, Comillas, Salamanca, Madrid (Tielmes), Mora de
Toledo, Sevilla y ahora Campillos. A mis vivencias personales le sumo
las ajenas, en este caso las de todas las gentes que componen el
pueblo de Campillos. Todas ellas juntas me invitan a reflexionar.
Reflexionar para acertar a construir una forma de coexistencia
apaciguada entre todos los que vivimos en un pueblo, llamado
CAMPILLOS.
El
Gobernador me escuchaba con atención, con la cabeza ligeramente
reclinada sobre el puño de su mano izquierda. Después de referirme
a la Iglesia Católica que nos estaba alentando hacia una
confraternización, argumentando que todos éramos hermanos, todos
hijos de Dios, todos víctimas de un mismo odio, continué diciendo:
-Mire
usted, don Enrique; aquí, pienso yo, no se trata de fruslerías, no
estamos pesando capachos de carbón. Se trata de los muertos, mejor
dicho de “nuestros muertos”. Mi Corporación y el pueblo de
Campillos saben que el Gobierno de Suárez ha aplicado amnistía a
muchos españoles que están vivos, en varios tiempos, con bastante
generosidad. ¿Y los muertos de nuestra Guerra Civil? ¿Qué hacemos
con ellos? ¿Por qué unos en un altar y los otros en el olvido?
¿Quiénes somos nosotros para entabicarlos: ¡tú aquí y tú fuera
de aquí! En una palabra, don Enrique: ¿Dónde acaba el odio y
empieza el perdón?, me pregunto. Lo que sí tengo muy claro es que,
ante casos como éste, un alcalde no puede bajar los párpados.
Estábamos
ante una decisión de bastante más calado que cuando las banderas.
Don Enrique Riverola, después de haberme escuchado con atención, no
me dijo ¡adelante!, pero tampoco me dijo que No. Me dio a entender
que él no se oponía a que realizáramos aquello que, en conciencia,
estaba bien hacerlo, además de dimanar de un acuerdo Municipal
después de que el Sr. Lozano Escribano había conectado con los
familiares. Y yo también me había reunido, en el salón de Plenos,
con los familiares de algunos mártires, de lo que pueden dar fe,
que recuerde yo, por ejemplo, después de tantos años…; Juanita
Gómez Recio (q.e.p.d.), Francisca Sanmartín Campos, y alguien más.
De
manera que regresé de Málaga en la seguridad de que el Gobernador
apoyaba y ratificaba lo que estábamos haciendo.
D. Enrique Riverola Pelayo, Gobernador de Málaga en 1977.
2.3.
Ejecución:
Y,
con todo el respeto que se merecían los mártires de uno y otro
frente, he aquí lo que se cambió y cómo se hizo.
LAS
LÁPIDAS ASÍ ESTABAN ANTES:
PRIMERA
LÁPIDA:
CAÍDOS
POR DIOS Y POR LA PATRIA
¡PRESENTES!
JOSÉ
ANTONIO PRIMO DE RIVERA. Ramón García Ruiz (Presbítero). Cecilio
Sánchez Molina (Presbítero). Diego Campos Moreno. Francisco
Hinojosa Lacárcel. Diego Moreno Casasola. Juan Casasola Lasarte.
Pedro Casasola Lasarte. Juan Campos Giles. Juan Gallegos Cuéllar.
Rafael Núñez Núñez. José Sanchez Molina. Francisco Avilés
Casasola. Manuel Mesa Rodríguez. Juan Ramón Alés Palop. Alfonso
Alés Palop. Benito Avilés Casasola. Pedro Campos Pérez. Antonio
Campos Pérez. Vicente Campos Giles. Carmen Casasola Lasarte.
María Casasola Lasarte. Pedro Cañamero Vargas. Félix Enríquez
Molina. Juan Gallardo Rueda. Juan García García. José Jordán
Villavicencio. Antonio Mesa Rebollo. María Morgado Morillo.
Alfonso Padilla Pérez. Pedro Padilla Ruiz. Francisco Padilla
Santacruz. Cosme Padilla Santacruz.
SEGUNDA
LÁPIDA:
CAÍDOS
POR DIOS Y POR LA PATRIA
¡PRESENTES!
Francisco
Sanmartín Moreno. Salvador Hinojosa Carvajal. José Mª. Hinojosa
Lasarte. José Casasola Casasola. Antonio Casasola Casasola.
Alfonso Casasola Casasola. Diego Núñez Núñez. Francisco Espinal
Bermudo. Juan Gallardo Escribano. Pedro Gómez Fontalva. Francisco
Gómez Fontalva. Juan Salguero Morales. Andrés Guerrero Martín.
Manuel Fuentes Escobar. Miguel Manzano Jiménez. Francisco Espinosa
Morales. Diego Moreno Layna. Eduardo Martín
Torres.
Antonio Gallegos Rebollo. Pedro Linero Berdún. Pedro Delgado
Palacios. Jerónimo Mora Morgado. Fernando Rueda Pérez. Leonardo
Ferreiro Romero. Juan Salguero Infantes. José Peral Molina. Benito
Avilés Romero. Francisco Mora Anoria. Ildefonso Campos Gallegos.
Cayetano Espinosa Chinchurreta. Pedro Bermudo Delgado. Blas
Florido Olmo. Juan Muñoz Carballo. Antonio Royán García.
Y
ASÍ QUEDARON DESPUÉS:
Así
las pusimos. Primero, a la izquierda, el texto básico (CAMPILLOS A
TODOS SUS MUERTOS EN LA GUERRA CIVIL DE 1936-1939), y en la lápida a
nuestra derecha los textos de Miguel Hernández y José María
Hinojosa. Lógico, porque, en castellano leemos de izquierda a
derecha:
Primera
lápida:
CAMPILLOS
A TODOS SUS MUERTOS EN
LA
GUERRA DE 1936-39”
15
Agosto 1977.
Segunda
lápida:
“No
hay extensión más grande que mi herida. Lloro mi desventura y sus
conjuntos. Y siento más tu muerte que mi vida.”
M.
Hernández.
“Por
que evitó tu mano unirse con mi mano. Y por que en nuestros labios
no cuajaron panales…Cuando en mi cuerpo ardían los muros de mi
cárcel, y ahora mi cuerpo es fuente por los cuatro costados, de
donde brota el agua y manan libertades.”
José
Mª. Hinojosa.
Sin
embargo, cuando el gobierno socialista traslada las lápidas al
cementerio, las coloca malamente al revés:
2.4.
Explicaciones:
El
texto que ahora aparece en la primera lápida es el que aprobó el
Pleno Municipal. En cuanto a los versos de Miguel Hernández y José
Mª. Hinojosa que pueden leerse en la segunda lápida, ésta es la
historia: Cuando se decidió el cambio de las lápidas, me puse en
contacto con la fábrica de extracción y tratamiento del mármol en
Gilena, ese bonito pueblo más allá de Pedrera y al Sur de Estepa.
Vinieron a tomar las medidas y quedamos en que yo les llevaría los
textos que se iban a esculpir. Aquel mismo día por la tarde nos
vimos Paco Caballero Mesa, su hermano Andrés y yo para escoger los
versos. Estaba claro que teniendo Campillos un poeta de fama
internacional, asesinado además en esa guerra, era obligado que su
pensamiento estuviera allí:
“Por
que evitó tu mano unirse con mi mano.
Y
por que en nuestros labios no cuajaron panales…
Cuando
en mi cuerpo ardían los muros de mi cárcel, y ahora mi cuerpo es
fuente por los cuatro costados,
De
donde brota el agua y manan libertades”.
(
José Mª. Hinojosa)
También
Miguel Hernández había sido un mártir de la Guerra Civil Española.
Por haberlo sido, pero más por la fuerza de su verso, optamos por
él, seleccionando estos tres cortos versos:
“No
hay extensión más grande que mi herida.
Lloro
mi desventura y sus conjuntos.
Y
siento más tu muerte que mi vida”
(Miguel
Hernández)
Recuerdo
que, no hace mucho, TVE nos ofreció la vida y la muerte de Miguel
Hernández donde, como síntesis final de su vida y su verso, los
guionistas habían coincidido con nosotros, subsumiendo su biografía
en esos tres mismos versos.
Esta
elección, repito, se llevó a cabo por Andrés Caballero Mesa,
Francisco Caballero Mesa y yo. Una tarde, en la acera de la Calle San
Sebastián, estando los tres de pie frente a la fachada de la iglesia
parroquial. Andrés Caballero Mesa tenía en sus manos uno o dos
libros de poemas, uno de los cuales creo recordar de la “Editorial
Losada” (Buenos Aires). Han pasado casi 40 años. El caso es que
la elección de esas dos estrofas (pienso yo que afortunada) se os
debe a vosotros. Yo me limité a apuntar la letra de los versos y, al
día siguiente correr a Gilena, para que todo estuviera listo el día
15 de Agosto de 1977, justo cuarenta y un años después de una de
las “matanzas” más inhumanas acontecida en Campillos.
Ese
mismo día 15 de Agosto de 1977, D. Federico Manzano Sancho, que
había sido Alcalde de Campillos (desde el 1-IV-1939 hasta el
24-I-1940, sustituyendo a D. Eulogio Monteagudo Garrido, cesante por
enfermedad) escribía su juicio y su valoración sobre lo que
nosotros habíamos llevado a cabo. D.
Federico Manzano Sancho
es quien había dirigido la construcción del altar a los caídos y
había colocado las lápidas con los nombres que en ellas figuraban.
Pues bien; don Federico Manzano Sancho, que por entonces vivía en
Antequera, enterado del canje o variación que el Ayuntamiento de
Campillos había efectuado en su obra, esa misma noche escribió en
su Diario Personal (editado con el título de “Nuestro
Tiempo”, página
306), lo que sigue:
1977.-
15 de Agosto:
El
Ayuntamiento de Campillos cambia las lápidas que yo puse en la Cruz
de los Caídos con los nombres de los muertos, en el Parque de la
Plaza del Cardenal Spínola, por otras dos blancas en las que se
dice: “Campillos a todos los muertos en la Guerra 1936 a 1.939”,
y en la otra, una poesía de Miguel Hernández, Pastor poeta de
Orihuela, y otra del hijo de Campillos José Mª. Hinojosa Lasarte.
Apruebo y me agrada este acuerdo, así como el día en que lo
realizan, que contribuye a la paz y concordia entre todos.
Nuestro
Tiempo. Federico Manzano Sancho:
-----------------------------------------
D. Bartolomé Soto, en una de los escritos de su blog CRÓNICAS DEL VIENTO SOLANO, titulado INTRODUCCIÓN A LA CRÓNICA SOBRE LA GUERRA CIVIL EN CAMPILLOS , se refiere al cambio de las lápidas, citando a D. Diego Moreno Jordán:
"DIEGO MORENO JORDAN
(1927), era hijo de D. Diego Moreno Casasola, abogado y Juez Municipal
de Campillos. Era el mayor de tres hermanos. Su padre fue asesinado el
26 de julio de 1936 cerca de Gobantes, a los 42 años de edad. Diego
tenía nueve años cuando mataron a su padre.
El siguiente escrito fue publicado en el periódico DIARIO 16,
el día 22 de octubre de 1983, con el título «A MI PADRE, NO». En el
prólogo, del libro de Alfonso Ruiz, solo reproduje un extracto del
artículo. Aquí lo expongo íntegramente. Agradezco a Noelia Rodríguez el
haberme proporcionado dicho artículo.
«El día 16 de agosto de 1976, la Cruz de los Caídos
de mi pueblo —Campillos— fue objeto de una «reconversión»: las dos
lápidas en que estaban escritos los nombres de los «caídos» en uno solo
de los bandos de la guerra civil fueron sustituidas por otras dos; en
las que constaba una leyenda —«Campillos, a todos los muertos en la
guerra»— y campeaban unos versos de José María Hinojosa, poeta campillero de la generación del 27, fusilado por los «rojos», y otros de Miguel Hernández, cuyo nombre no reclama mayor precisión.
Lápidas
La
decisión fue tomada por un Ayuntamiento, aún no democrático, pero si
compuesto por personas racionales, sensibles y generosas, y contó con la
aprobación de todos, salvas las excepciones de rigor. Bueno, pues en
las lápidas desterradas estaban escritos los nombres de mi padre y de
hasta 23 parientes míos, en mayor o menor grado. Ni qué decir tiene que
la decisión municipal contó con mi aplauso.
Mi
padre fue fusilado por los «rojos». Naturalmente, yo no puedo
justificarlo, porque pienso que la muerte no debe darse ni al más
consumado criminal; porque mi padre no la merecía y porque no la sufrió
en cumplimiento de sentencia: fue simplemente «paseado». También otros
fueron pasados por las armas, no precisamente por los «rojos», ni todos
tras un juicio.
Siempre
he pensado que, si bien la muerte de una persona no se justifica nunca,
en ocasiones la actitud de alguna clase que se produce de manera
injusta, frívola o provocadora, determina irracionalidad en la clase a
quien toca el papel de víctima, hasta el extremo de llevarla a vengar en
los individuos de aquélla las culpas, negligencias o errores de su
colectivo, creador de una situación injusta. Nadie personalmente me
parece culpable. Todos, si no se aplican a cortar la espiral de la
venganza. Por eso, a mí no me costó ningún trabajo perdonar —y hasta
comprender— a los que mataron a mi padre. Por eso y, porque en mi niñez,
pude observar cómo los criadas de mi casa o las de mis amigos eran
obligadas a ir a misa, a aprender el Ripalda y a prescindir del
maquillaje, pero no supe de ninguna que hubiera sido enseñada a leer.
Ahora
quieren beatificar a los «mártires de la Cruzada». Por Dios, a mi
padre, no. Como su hijo y heredero pido formalmente que nadie sea osado
de tomar su nombre como signo de división entre un español y otro
español. Que ya está bien de muertos, compañeros. Y de santos. Tengo
para mí que, si en el martirologio constituyen mayoría los clérigos,
monjes, frailes, religiosos y grandes de este mundo, acaso porque sus
amigos tuvieron medios para conseguir su canonización, en la vecindad de
Dios tienen mejor sitio los pobres, los trabajadores, los pacíficos
—ellos verán a Dios—, las madres de familia, los que padecieron
persecución por la justicia... Y que más de un poderoso habrá escuchado o
tendrá que escuchar: «Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes
durante la vida y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado
y tú atormentado.» Estoy persuadido —y no quiero ser temerario ni
faltar a la caridad— que acaso más santos haya entre las víctimas de los
nacionales que entre los «mártires de la Cruzada», acaso porque, entre
éstos, no demasiados merecieran escuchar el «ven, bendito de mi Padre,
porque tuve hambre y me diste de comer, anduve desnudo y me vestiste,
estuve en la cárcel y me viniste a visitar…»
Perdonar
En
cuanto a mí, espero que mi padre —y yo en su día—, si no entre los
ciento cuarenta y cuatro mil sellados, si tengamos un lugar entre la
«gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y
lengua», que en Patmos vio San Juan «en pie, delante del trono de Dios y
del Cordero». Por ello no quiero que ni su memoria, ni mi palabra, ni
mis actos, ni, en cuanto pueda, los de mis hijos sirvan, siquiera sea
por negligencia o error, para dividir aún más a los españoles, a cuya
división no contribuyeron en poca medida quienes más obligados estaban a
recordar el deber de perdonar hasta setenta veces siete, y a no olvidar
que el juicio pertenece a Dios»."
*****
"A mi padre, no". D. Diego Moreno. Diario 16. 22 de octubre de 1983.
"Para finalizar esta
Crónica, quiero hacer una serie de consideraciones sobre las dos
lápidas que había a la espalda de la Cruz de los Caídos, a las que se
refiere Diego Moreno Jordán en su artículo «A MI PADRE, NO».

En estas lápidas, como dice Diego Moreno, «estaban
escritos los nombres de los «caídos» en uno solo de los bandos de la
guerra civil fueron sustituidas por otras dos; en las que constaba una
leyenda —«Campillos, a todos los muertos en la guerra»— y campeaban unos
versos de José María Hinojosa, poeta campillero de la generación del
27, fusilado por los «rojos», y otros de Miguel Hernández, cuyo nombre
no reclama mayor precisión».
Estas lápidas fueron sustituidas el 15 de agosto de 1977, por dos nuevas.
La leyenda de una de las nuevas lápidas ponía: «CAMPILLOS A TODOS SUS MUERTOS EN LA GUERRA DE 1936 – 39» «15 DE AGOSTO DE 1977»
Los versos que se reproducían en la otra lápida, eran uno de Miguel Hernández, perteneciente a la «Elegía por Ramón Sijé»:
No hay extensión más grande que mi herida.
Lloro mi desventura y sus conjuntos.
Y siento más tu muerte que mi vida
Y otro de José María Hinojosa, del poemario «La sangre en libertad»:
Por qué evitó tu mano unirse con mi mano
y por qué en nuestros labios no cuajaron panales…
Cuando en mi cuerpo ardían los muros de mi cárcel,
y ahora mi cuerpo es fuente por sus cuatro costados,
de donde brota el agua y manan libertades
Continúa diciendo Diego Moreno Jordán: «La
decisión fue tomada por un Ayuntamiento, aún no democrático, pero si
compuesto por personas racionales, sensibles y generosas, y contó con la
aprobación de todos, salvas las excepciones de rigor».
Dicho Ayuntamiento “aún no democrático”,
según lo denomina Diego Moreno, estaba presidido por D. César Rodríguez
Docampo, alcalde de Campillos desde el 25 de enero de 1976, dos meses
después de la muerte de Franco.
La elección de César R. Docampo, fue todo lo democrática que, en aquellos momentos tan difíciles, podía ser.
El
día anterior a la muerte de Franco, se había aprobado en las Cortes la
Ley 41/1975, de Bases del Estatuto de Régimen Local. Ley con la que se
quería reformar el funcionamiento de los municipios, dando un impulso a
la participación ciudadana, y que, en su Base Quinta, hablaba de cómo
debía realizarse la elección del Alcalde:
1. El Alcalde será
elegido mediante votación, secreta efectuada por los concejales del
Ayuntamiento. Serán proclamados candidatos los vecinos de la localidad
que lo soliciten de la Junta Municipal del Censo y reúnan alguna de las
condiciones siguientes:
1ª. Ser o haber sido Alcalde o Concejal del propio Ayuntamiento.
2ª.
Ser propuesto por vecinos incluidos en el censo electoral del
respectivo Municipio en número no inferior a mil o al 1 por ciento del
total de electores.
3ª. Ser propuesto por cuatro Consejeros locales del respectivo Consejo Local del Movimiento.
Con
esta nueva Ley de Bases, el 10 de Diciembre de 1975, Fraga Iribarne,
ministro de Gobernación, convoca elecciones a todas las alcaldías de
España para el día 25 de enero de 1976. De esa forma daría comienzo la
Transición en todos los pueblos de España. Ahora está de moda desmontar
la Transición, entre los que no lo vivieron entonces. No conocieron lo
difícil que era aquello y la buena voluntad de todos porque todo
funcionara.
César R. Docampo, pudo salir elegido como alcalde de
Campillos, gracias a la ayuda decisiva de dos personas. Por una parte
Paco Ruiz Padilla, que consiguió las firmas de los cuatro Consejeros del
Consejo Local del Movimiento necesarias para poder presentarse, y por
otra parte de Francisco Caballero Mesa, que convenció a siete de los
nueve concejales que formaban la Corporación municipal para que le
votaran.
A los pocos días de ser nombrado alcalde, una de las
primeras decisiones que tomó, fue retirar la placa en mármol, que había
en antiguo edificio del Ayuntamiento, sobre la pared que daba a la calle
Santa Ana, que conmemoraba la entrada de las tropas del general Varela,
el 13 de septiembre de 1936, en Campillos.
El
acuerdo del pleno en el que acordó el cambio de las lápidas tiene fecha
del lunes 27 de junio de 1977. Hubo un gran consenso para ello, incluso
con el visto bueno de D. Federico Manzano Sancho, que era el alcalde
que erigió la Cruz y las lápidas.
“Apruebo y me agrada este acuerdo, así como el día en que lo realizan, que contribuye a la paz y concordia entre todos”
Las lápidas antiguas se cambiaron por las nuevas el día 15 de Agosto de 1977.
Posteriormente,
durante la etapa de D. Pedro Benítez como alcalde, el monumento de la
Cruz fue derribado, las nuevas lápidas fueron desmontadas y trasladadas
al Cementerio Municipal, donde hoy se ubican.
CÉSAR RODRÍGUEZ DOCAMPO
César
R. Docampo, con atrevimiento y valentía asumió importantes retos para
sacar a Campillos de la sombra de la dictadura, y liderar en el pueblo
un cambio que ya avanzaba por todo el país.
Con estos actos
simbólicos de retirar la placa de la calle Santa Ana, y de cambio de
lápidas en la Cruz de los Caídos, Campillos comenzó a recorrer el
difícil camino de la reconciliación y la democracia."
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Tras
la Festividad de Todos los Santos de este año 2025, me acerqué por
nuestro Cementerio y pude comprobar que había una corona de flores
en las Lápidas en memoria a todos los muertos de Campillos en la
guerra, puestas por el Ayuntamiento de Campillos el 15 de Agosto de
1977. Una sola corona había allí, del Partido Popular de Campillos,
con flores de los colores de la bandera de España. A escasos metros,
en el lugar donde recientemente se abrió una de las fosas comunes,
había colocada otra corona, ésta de Izquierda Unida. Al lado de
ésta, en un pequeño monolito de piedra cuya inscripción reza
“Mártires Anónimos”, estaba colocada una tercera corona de
flores, del Partido Socialista Obrero Español.
Han
pasado 48 años desde que el Ayuntamiento de Campillos, en un
ejercicio de valentía y humanidad, decidió dignificar a todas las
víctimas y muertos de la guerra en nuestro pueblo (a todos los
muertos, no sólo a los caídos en el frente, también a todos los
asesinados en la retaguardia, por ambos bandos) y resulta del todo
incomprensible ver y comprobar la división que existe hoy
(representada por las coronas de flores) entre los partidos políticos
y la ausencia de flores del Ayuntamiento y del resto de los partidos
políticos en el único monumento de Campillos que recuerda y
dignifica a todos los muertos por igual. Este tipo de gestos
evidentes, el de las coronas de flores, no hace sino confirmar que
hubo más humanidad y sentido democrático, con respecto a los
muertos de la guerra, en los años de la Transición que en los
tiempos que vivimos ahora. Dado que ahora sí estamos en un Estado
democrático, cobra más sentido el deber jurídico y moral de honrar
a todos los muertos y no dividirlos según ideologías ni bandos
buenos y malos. Un Ayuntamiento verdaderamente conciliador y justo no
puede organizar unas Jornadas de Memoria Histórica en las que se
silencien e ignoren (como si no hubieran existido) los asesinatos de
más de sesenta civiles (ejecutados y cuyos restos fueron quemados)
como si esas víctimas no fueran dignas de ser reconocidas por las
autoridades actuales del pueblo en que nacieron y murieron. Este tipo
de gestos no contribuye en nada al desarrollo de las libertades ni a
la verdadera historia de nuestro pueblo.


Alguien
dijo: “Allí donde la toques, la memoria duele”. Se trata de los
muertos, mejor dicho de “nuestros muertos”. Ni unos pueden ser
los únicos elegidos para ser elevados a los altares ni otros han de
caer en el olvido por parte del pueblo que los vio nacer y morir. Si
algo tiene de verdad esta maldita memoria es que ha ocasionado
muchísimo dolor en todas las familias españolas. Dentro de un año
se cumplirán noventa años del inicio de la guerra civil. Nuestro
deber, como seres humanos, es y será cubrir de rosas a todos y cada
uno de los muertos, honrar sus memorias y desear, desde lo más hondo
de nuestros corazones, que cualquier atisbo y palabra de odio sean
convertidos, urgentemente, en sentimientos de paz y serenidad.
Nuestra sociedad y las generaciones venideras lo agradecerán y
aplaudirán.
Noelia Rodríguez-Docampo Padilla.-